Enseñándole crítica literaria a mi gato, capítulo 27 o XXVII: Los vagabundos del Dharma

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El bicho insiste y yo le digo que no, que es tarea ímproba -no entiende la palabra, y por esa razón la uso yo–, que no da pasta y que los amigos que uno hace en el medio literario son falsos e interesados como empleados de un banco. Pretendo para ti mejor destino que el mío, declamo yo, heroica e insolvente. Pero el cookie ha salido respondón y quiere ser “crítico literario como todo el mundo”  y “ecuménico como ya nadie”. Pobre alma estrafalaria, pretende caerle bien a todo el mundo, con la ilusión fantástica de comer de todas las manos, así que para que no me lo despellejen en dos tardes consiento en proporcionarle algunas armas. Nos encontramos por ahora en los rudimentos, y yo batallo por que entienda la diferencia entre “crítica literaria” y “opinión personal”. No es fácil, caramba, digo joder (uy, nunca me acuerdo de utilizar el vocabulario acorde a mi condición de sans-pedigree mais avec culotte), porque ya prácticamente nadie, y casi nadie de los que firman reseñas y artículos, sabe distinguir entre un concepto y el otro.

Estuvimos analizando un fragmento de Los vagabundos del Dharma, de Jack Kerouac. Es la primera edición de Losada, la de 1960, con traducción (divertídisima, supongo que sin querer), de Miguel de Hernani. Este ejemplar vale ahora un porrón de dólares en el mercado libre. Este fragmento:

“Entre tanto, docenas de personas permanecían de pie en la galería a oscuras, tratando de oír todas las palabras de aquella asombrosa lectura de poesía. Y yo andaba de grupo en grupo, invitando a todos a tomar un trago del garrafón, o regresaba para sentarme en el extremo derecho del escenario y lanzar breves exclamaciones de aprobación y hasta frases enteras de comentario, sin que nadie me invitara a ello, pero sin que nadie se molestara tampoco en aquella alegría general. El delicado Francis DaPavia leyó, en delicadas páginas amarillas –¿o eran rosadas?– de papel cebolla, unas páginas que volvía cuidadosamente con sus largos y blancos dedos, poemas de su fallecido amigo íntimo Altman, quien había injerido demasiado peyote en Chihuahua (¿o murió de polio?); fue esto en sí mismo una encantadora elegía a la memoria del extinto joven poeta, una elegía capaz de arrancar lágrimas al Cervantes del Capítulo Siete. Francis leyó los poemas con una delicada voz muy inglesa que me hizo llorar de risa interior, aunque después conocí mejor a este hombre y llegó a gustarme.» (p. 18)

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Pregunto yo si el párrafo expresa una opinión personal o cabe considerarla formalmente crítica literaria. Según el bicho, se trata de crítica literaria, pues El Kerouac escribe que la delicada voz del poeta le hizo “llorar de risa interior”, “o sea que” si consiguió reprimir “las ganas de cachondeo” al presenciar la escena genuinamente cursi (moña, dice el gato) del recital, demuestra tener “una personalidad madura y un tremendo autocontrol”.

“Tremendo” repito yo.
“Tremendo autocontrol” repite el gato.
“Y el daño que hace ‘llorar de risa interior’.”
“Te mata por dentro” dice el bicho (que acaba de nacer).
“Como el cáncer.”
“De próstata” apostilla el gato con truculencia; acaba de leerse Sale el espectro, de Philip Roth.
“Ni Santa Teresa de Jesús lo habría expresado mejor” medito yo.
Esté callando o hablando, Haga fruto o no le haga, Muéstreme la Ley mi llaga...” recita el gato.
“Cookie, ¿no habrás ido a visitar a la señôa Ceci?” inquiero en el tono de sospecha de la madre que escruta las retinas de su hijo drogadicto (la señôa Ceci es muy muy religiosa).
Muéstreme la Ley mi llaga, Goce de Evangelio blando; Esté penando o gozando, Sólo Vos en mí viví” prosigue, en trance.
“¡Te prohibo que visites a la vecina! ¡Te está sorbiendo el coco!”
Dadme riqueza o pobreza, Dad consuelo o desconsuelo, Dadme alegría o tristeza, Dadme infierno, o dadme cielo, Vida dulce, sol sin velo, Pues del todo me rendí. ¿Qué queréis hacer de mí?” prosigue para mi horror, como un zombie. Los ojillos, bizcos, las patas delanteras cruzadas delante del pecho.
“Ay, ¡que lo perdí! ¡Loquísimo ha quedado!” gimo.

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“¡No, tonta! La señôa Ceci me da la merienda y yo le sigo el cuento. Soy un crítico pobre que quiere comer seis veces al día”.
“…”
” ¿?¡!!”
“… … …”
“¿?¡¡¡!!!”
“… … … ….”
“¿Qué pasa, jefaa? ¿Te ha comido la lengua el gato?”
(Ocurre que en medio de la declamación he leído el artículo de la Fallarás sobre los suicidios y los desahucios en el nuevo diariotontolaba Eldiario.es y, como siempre que leo algo suyo, me he puesto de mal humor. Lloro de rabia interior. Lloro. De rabia. Interior. Hay personas que están siempre detenidas en el mismo pensamiento. Si el lerrouxismo no estuviese ya inventado, esa mujer lo habría hecho, me desconsuelo.)

“Ná, que ando preocupada. Que vivo sin vivir en mí” respondo circunspecta (por conservar alguna autoridad delante del bicho).
Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, la paciencia todo lo alcanza“.
“Te has saltado un verso ¿no?” pregunto; vivo sin vivir en mí, pero aún acierto a contar sílabas.
“Psí. El que dice ‘quien a Dios tiene nada le falta’. Es que habla del Papa y la señôa Ceci es protestante.”

Yo, a mi bola:
“Creo que aborrezco ya a demasiada gente en Barcelona.”
“Toda la gente es buena” responde lentamente el bicho, ecuménico y antidarwínico.
“¡No me digas! digo ¡no jodas!” (nunca me acuerdo de sonar choni, que es como tenemos que hablar los que no somos de la gauche divine solo gauche a secas).
Dadme, pues, sabiduría, O por amor, ignorancia, Dadme años de abundancia… ¿Qué mandáis hacer de mí?
Yo, a mi bola melancólica. Con la voz del ángel Rutger Hauer en Blade Runner:
“He visto morir la momia de un caudillo y descongelar a una monarquía. He visto volver del exilio a un presidente catalán, y le he visto gritar en una plaza llena Ja sóc aquí!, he visto el ascenso y la caída de presidentes de gobierno de aquí y de allá, he visto el auge y el declive de cientos de modas, pero lo que nunca he visto es ‘Una gran noche, una noche histórica en más de un sentido… Estaban allí de pie o sentados y yo advertí que Japhy era el único que no parecía un poeta, aunque lo era de verdad. Los otros poetas eran o intelectuales de gafas de concha y pelo negro enmarañado, o vates delicados, pálidos y bellos, o italianos del Renacimiento o antiguos anarquistas o grandullones de gafas, callados y apacibles… Y andaban por allí todos los prometedores poetas, con diversos atuendos’*”
“Tenemos que ir a San Francisco. ¡A vivir noches históricas!” asume mi gato con aires de victoria: ha reconocido las palabras de ElKerouac.
“A injerir demasiado peyote o a morir de polio.”
“A llorar y llorar de risa… exterior”.

*p.17. Los vagabundos del Dharma

© de los textos: María José Furió & Jack Kerouac & Teresa de Ávila
© de las fotos: sus dueños

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