Perder los estribos o la hemorragia de dolor

Aunque se trata de una película muy valorada por la crítica, el personaje de Moretti, que representa a un psicoanalista que no puede acudir en ayuda de su hijo porque está agobiado por un paciente al que él mantiene en una posición de dependencia enfermiza, muestra el lado peor de este tipo de relación. Al principio, Moretti muestra primeros planos de sus pacientes a los que él responde con los tópicos de la profesión, incluido el inefable “¿Cuándo nos volvemos a ver?” -que parece erotizar la relación médico-paciente, creando un simulacro de necesidad recíproca–. Cuando muere el hijo, pese a ser el momento en que podría corresponder al dolor de sus pacientes,  con reflexiones nacidas de su propia experiencia, el psicoanalista opta por romper con todo e inicia una narcisista huida para proteger la crisálida familiar. Inmoral como pocas, aplaudida como casi la que más entre las películas de Moretti.

La semana pasada el Culturas dedicaba su tema central a los estragos que la crisis provoca en forma de estrés. No leí el artículo cuando vi quién lo firmaba, el mismo (supuesto) especialista lacaniano al que acudí cuando hacía cerca de un año del suicidio de mi madre.

Ahora termino una novela que trata del duelo tras una muerte súbita. Hablaré de ella. Por mi parte, me prometí no escribir nada de ficción  sobre ese periodo posterior a la muerte de mi madre en que me descubrí rodeada de desaprensivos. Nada de ficcionalizar ni darles un protagonismo.

A veces me cruzo con ellos, vuelvo la cara y ya no saludo o no les devuelvo el saludo. Mientras esperaba antes de sentarme a enviar correos, pensaba en cuántas personas hay como yo, incluso en esta sola ciudad, con partes enteras de sus emociones muertas, o bloqueadas, o congeladas quizá para que nunca vuelvan a revivir. Cientos, miles, quizá decenas de miles. Y pienso en los especialistas que los recibieron o  los reciben en sus despachos y atienden según una fórmula obsoleta desde hace mucho tiempo, pero tan rentable. Durante 15 minutos, el especialista decide cuánto tiempo dedica al doliente –aunque el eufemismo es llamarlo paciente, para ser nada más que un cliente sin derechos–, responde con balbuceos o frases estereotipadas. No hace un diagnóstico ni prescribe otra terapia que la de “seguir viéndonos”, como si se tratara de un acuerdo de placer y voluntad libres, pero durante la sesión interrumpe  más de una vez para atender al teléfono (no gasta en secretarias que filtren y den hora). Al que llama le hará saber que está ocupado, mientras al paciente que ha de pagarle 5.000 pesetas -ésa era la tarifa hace quince años por sesión; ahora, me comentaron que es de 65 euros– le está haciendo saber que existe el mundo ahí afuera. En definitiva, el que va a pagar se encuentra con una atención tan descuidada como la que ya encuentra en la calle. Recuerdo que el mío sólo llegó a pronunciar dos frases (casi) largas. Una, cuando yo protesté porque no veía mejoría en mi estado. Dijo: “No sé hacerlo mejor”. Curioso fue cómo el día que conocí a D.A. en dos conversaciones de cuatro horas, con un coste de un par de cortados por cabeza,  todo quedó dicho y resituado. Supongo que alguien que tiene más vida que la que ofrecen los libros y los despachos y ningún estatus establecido tiene palabras no estreñidas.

Pero ese especialista que interpreta de forma tan aguda la pérdida de identidad y, con ella, la pérdida de sentido vital que acarrea no llevar las riendas de tu experiencia, escribirá en los periódicos, publicará libros, se jactará de su autoridad moral y atribuirá la angustia que padecen los habitantes de las metrópolis del capitalismo ultraliberal a los sospechosos habituales.

Trasnochados y tristes y sobre todo inútiles.

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