Gordon Lish, perdido y hallado en Numerocero

Publicado el 03.12.12

Hay probablemente dos maneras de llegar a Gordon Lish (Hewlett, USA,1934): la típica, a partir de su leyenda como editor emblemático de los años sesenta-ochenta en vanguardistas revistas literarias tanto de la costa Oeste como de Nueva York, como el editor-carnicero de los relatos de Raymond Carver, al que aupó a la fama en los 80, como hizo también con un buen número de novelistas y narradores, que se sometieron gustosos a su despiadado escalpelo en los cursos de escritura que impartió o como editor: Richard Ford, Don DeLillo, David Leavitt, etc., etc.

O se puede llegar por casualidad. Acababa de ver en vídeo la película ‘Mr. and Mrs. Smith’, que trata de la incomunicación en los matrimonios desde una perspectiva como poco radical. Su trama engancha porque es fácil identificarse con los protagonistas. Los señores Smith son, como tú y como yo, asesinos a sueldo. Ambos llevan vidas muy intensas, salvo que, ay, a espaldas del otro. Tras varios años de fachada perfecta, se aburren juntos así que acuden a un asesor matrimonial. Entretanto, órdenes superiores deciden que hay que eliminar a X, y los Smith se encuentran arrojándose el uno al otro cuchillos, bombas, ascensores en caída libre, derrapando utilitarios, con tanta saña que ni el Correcaminos saldría ileso… hasta que deciden unir fuerzas y enfrentarse a sus jefes para salvar su redescubierto amor. Sigue un festival de violencia donde Brad Pitt y Angelina Jolie exhiben una sincronía envidiable en el manejo de las armas acompañados por un ritmo de tango. La película excita la adrenalina con su humor subversivo, pues ¿quién no ha querido redecorar a balazos el departamento de artículos de regalo de El Corte Inglés? Se nos deja admirar las destrezas de los Smith: tiro al blanco, programación informática avanzada, escalada, conducción deportiva, lanzamiento de cuchillos, manejo de explosivos, bailes de salón, etc., etc. En resumen, parece imposible embarcarse en una actividad que apague la sensación de estar despiertos y vivos.

smith-film

Doug Liman director

Y en ésas caí sobre ‘Epígrafe’, que lleva en su cubierta una fotografía de unos hombres trajeados portando, bajo una lluvia de otoño, un lujoso ataúd en un cementerio típicamente americano con césped nuevo y tilos viejos. Esa lluvia parece estar ahí solo para incordiar a los que pretenden cumplir con elegancia el rito fúnebre. Después de unas frases de la siempre enigmática Julia Kristeva y una cita desconcertante –“Sí, claro, F.W. Lish”—, tan típica de la novela posmoderna, irrumpe  un tal Gordon Lish enviando una sucesión de misivas a varios destinatarios a los que comunica el fallecimiento de su esposa, Barbara. Agradece a unos su dedicación durante su larga enfermedad –forman una congregación de Personas Misericordiosas—, o reclama cáusticamente a un funcionario de la Corte que desista de solicitar que su difunta esposa “forme parte de un jurado”, algo que tampoco le habría sido posible en vida por hallarse durante años incapacitada en una cama adaptada y comunicándose únicamente mediante un tablero en el que deletreaba sus palabras. De carta en carta –a dos damas a las que corteja y a otras a las que no, a los miembros de tal o cual congregación, al funcionario de la Corte, y a distintos personajes ligados a su memoria–, Gordon Lish recorre los estados de ánimo propios de una persona que acaba de perder a un ser querido tras una larga enfermedad. Con humor genial, en los adjetivos que elige, en sus despedidas –“Hasta la vista y tal” “un patriota”– en sus obsesiones, manías y vehemencia, Lish muestra la batalla de un hombre mayor que ha gastado una parte importante de sus años junto al lecho de una impedida y no quiere zozobrar del lado de la muerte. Oscila entre el desprecio lleno de dignidad, el desafío a esos hipócritas que le han ensuciado la casa, y la obsesión por los objetos relacionados con la enferma. Eros y Tánatos siempre van juntos; a su apetito de vivir le acompaña cierta obsesión erótica, atravesada por un sentimiento de culpa, se defiende, se justifica, vuelve a ser niño. Todo lo dice Lish –el autor y el personaje— con un estilo de una elegancia y humor corrosivos que nos pone de parte del afligido viudo y una se pregunta, con admiración, dónde andaba perdido tantos años.

Y tras averiguar algo de la trayectoria de Gordon Lish, traducido por primera vez en España por iniciativa de la editorial Periférica, importa menos si recortó mucho o demasiado al Carver original que la clave oculta en una frase suya muy citada: “La sinceridad es la muerte de la escritura”.

Entonces, ‘Perú‘, donde Gordon Lish narra cómo a los seis años Gordon Lish mató a Steven Adinoff, de su misma edad, ¿no es una historia autobiográfica? La narración es perturbadora porque un hombre cincuentón relata, después de ver por televisión unas imágenes de un motín en una cárcel de Perú, cómo le quitó la vida a otro niño y se trata de un relato estallado, construido mediante imágenes y sensaciones rescatadas por una memoria que no se expresa racionalmente ni se disculpa, sino que exhibe la falta de sentido de todo lo que ocurre, y de lo que ocurrió cuando iba a jugar a casa de un amiguito rico y delicado que tiene niñera y un hombre negro que limpia el gran coche de la familia. El calor, la diferencia de clases, los sentimientos o impulsos de un niño antes de “la edad de la razón”. Es un relato magistralmente controlado porque es imposible no preguntarse cómo a los 50 años alguien puede ser tan tonto para explicar nada como lo está haciendo Gordon Lish. Es difícil saber si el autor está retando al que lee narrándole algo tan horrible como el estado en que queda el cuerpo de Steven y acusándole entre líneas: quieres sentirte inocente y contemplar hasta el final su muerte.

Las sensaciones de desasosiego, morbo y poesía que provoca leerlo emparentan a Lish con el universo de David Lynch y sus perversos inocentes.

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