Los sordos, de Rodrigo Rey Rosa

Rodrigo Rey Rosa

Los sordos es una novela con vocación de película, sin que esta afirmación entrañe una nota negativa, pues no supone una claudicación de Rey Rosa frente a sus mejores novelas para lograr un “producto” más comercial. Por situar a los seguidores del escritor guatemalteco, cabría decir que es una versión aumentada y mejorada de El cojo bueno y hasta un resarcimiento tras el (muy) fallido thriller Caballeriza. Es decir, combina los elementos de una intriga de investigación en torno al supuesto secuestro de Clara, una mujer de la clase alta del país –hija del banquero don Claudio—, pero esta vez no se detiene en la irresolución para subrayar el fracaso de la justicia ni esconde pudorosamente la violencia. Las novelas y películas de frontera –a lo Cormack MacCarthy— han influido en este argumento, para mostrarnos aquí cómo la actual Guatemala, pese al nuevo marco democrático, continúa sometida a clanes que pugnan  por el control de los flujos de negocio, lícitos o no.

            La historia arranca con la desaparición tras un accidente viario de un niño sordo kiché –indio- que iba con su abuela a vender recuerdos para los turistas  en San Miguel Nagualapán, mientras en la capital el banquero Claudio Casares teme por la vida de su hija mayor, Clara, a la que convence para contratar a un guardaespaldas. Será el veinteañero Cayetano, leal y de excelente puntería, quien cuide de su seguridad, por recomendación de su tío, el veterano Chepe. Desde la perspectiva de este grupo profesional, Rey Rosa puede describir con distancia irónica y detalle fiel a la clase pudiente, incapaz de conectar con las necesidades del país –y mucho menos resolverlas– en vista a mitigar las brutales diferencias económicas que favorecen al narcotráfico, los secuestros, asesinatos, el puterío y otros negocios derivados. Otros personajes, como Javier Picofino, el turbio amante de Clara, y sus negocios ligados a la investigación puntera en neurología y en el uso dosificado de drogas para controlar el comportamiento tienen su contrapeso en la irrupción del ancestral Derecho indígena para impartir justicia.

Con una factura en apariencia simple, Rey Rosa trama una amena narración de aprendizaje y azares bien aprovechados y consigue que la violencia y el sexo –que no faltan– no se conviertan en la golosina barata de esta acertada novela.

Reseña publicada en Numerocero.es

Alfaguara, 2012,
copy foto de RRR: Lisbet Salas
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