Las solidaridades misteriosas, de Pascal Quignard

Pascal Quignard

Hubo un momento en que creí que no podría defender esta novela, si tomaba en cuenta la situación económica y política española: la trama me resultaba demasiado escapista y la protagonista uno de esos personajes anclados en la narrativa francesa de los años setenta:: una mujer culta, intensa, excesivamente parca, que parece no querer nada más que su desesperación; en definitiva, un personaje literario dibujado superficialmente por un escritor con oficio…  Algo que Marguerite Duras hacía de manera impecable –el diálogo entre el silencio de los personajes y la descripción del paisaje, para formular otro tipo de elocuencia, como en Moderato Cantabile, tal vez también en El amante–. Por suerte, a medida que Quignard va incorporando personajes y voces, toma un derrotero distinto y le basta un solo capítulo hacia el final de la novela para contar la avidez y formular de otra manera ese personaje tópico de “la loca del lugar”, que encontramos en tantas narraciones románticas.

Aquí sigue la breve reseña que publicó Culturas.

ENTRE EL AMOUR FOU Y LA POSESIÓN DEL PAISAJE

Cierto escritor norteamericano comentaba con desdén y admiración que hasta no hace mucho (hasta la llegada de Houellebecq) solo de un autor francés podía esperarse que escribiera toda una novela sobre una historia de amor. Durante la larga primera parte de Las solidaridades misteriosas da la impresión de que Pascal Quignard (Verneuil, Francia, 1948) es ese escritor. Claire Methuen es una traductora y lingüista de 47 años que regresa a la Bretaña, abandonando su exitoso trabajo, para quedarse donde vive Simon Quelen, el que fuera su amor de infancia y juventud, ahora farmacéutico, alcalde de pueblo, casado y padre de un niño con problemas. Al poco de su llegada, Claire reencuentra a la señora Ladon, anciana profesora de música, que no tardará en cederle una granja abandonada e insistirá en adoptarla como hija suya a fin de legarle el resto de sus bienes. En contraste con la locuaz señora Ladon, Claire es, pese a los quince idiomas que se nos dice que domina, parca en palabras y huraña. El silencio de esta mujer políglota –más extraño a poco que conozcamos a un traductor real— se explica dentro del mundo Quignard con la frase de Aristóteles recogida en El nombre en la punta de la lengua: “la palabra es un lujo sin el cual la vida es posible”.

 A Claire el tiempo se le va en largas caminatas y en redescubrir el paisaje de la landa, las orillas del mar, en extraviarse y en acechar la presencia de Simon. Cuando por fin se reencuentren, será por poco tiempo y el desenlace de ese amor fou e imposible recuerda a la película de François Truffaut La mujer de al lado, salvo que Quignard añade facetas a la trama incorporando las voces de distintos personajes, todos ligados estrechamente al pasado de Claire: su hermano menor Paul, su hija Juliette, a la que abandonó recién nacida, las amigas del pueblo, un primo muy escéptico y de ojos abiertos y el cura que oficia en varios pueblos de la costa.

De tal modo que, aun reclamando un esfuerzo de imaginación visual al lector, pues narra la tragedia de Claire y Paul como un episodio secundario en comparación a la descripción detalladísima del paisaje y de la progresiva comunión con él de Claire, las circunstancias del presente –la crisis financiera, la Iglesia católica y el celibato, el ecologismo, los estragos del turismo y la codicia— no solo comparecen en el relato sino que determinan su desarrollo de la mejor manera.  

Publicado en Culturas/La Vanguardia, 31/10/2012
LAS SOLIDARIDADES MISTERIOSAS, Pascal Quignard, novela,
202 págs., trad. Ignacio Vidal-Folch, Galaxia-Gutenberg, 2012
crédito foto:

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