Mi rescate – soltar lastres

 

Muchos años sin volver a Calaceite y me decidí de improviso un fin de semana de 3 días.

Me gustó comprobar que el pueblo no se ha estropeado demasiado -por no decir casi nada–, aunque lo que más me gustó es verlo libre del fantasma del director de la Fundación Noesis. Hasta finales de los 90, Calaceite reunía a un grupo de conocidos artistas, traductores, escritores, y además estaba la Fundación, que becaba a artistas plásticos y a escritores de España y Francia. No me apetece hablar de ese individuo, un tipo con un poderoso instinto de destrucción –no acertaría a contar la mésaventure  ahora con mejores palabras que las del diario que yo llevaba entonces–, y sí que me alegró saber que tuvo que marcharse del pueblo.

La peripecia, en que al final me tocó trabajar con él para sacar adelante tres libros, nos dejó a los implicados tan mal sabor de boca que enguarró las impresiones de unas semanas en que conocí a gente –francófonos todos– de  lo más interesante. Sin dejar de lado las inevitables historias sobre la guerra civil, o las noches iluminadas por la raya de fuego sobre el perfil de las montañas en pueblos próximos.

Al atardecer solía salir yo a estirar las piernas, a desconectar de tanta extroversión, y me iba cámara Nikon FE en ristre a fotografiar olivos.

El filósofo

Me gustaba especialmente un olivo al que yo llamaba El hombre humillado, no sé dónde guardo una copia. Tengo por aquí El filósofo y El penitente, que hice con una 6×6.

El que ríe, Calaceite, 2012

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