Un arte espectral. Reflexiones sobre la escritura, de Norman Mailer, en Numerocero

Me cuesta encontrar una forma de recomendar esta recopilación de artículos, ‘Un arte  espectral: reflexiones sobre la escritura‘, que Norman Mailer (Nueva Jersey, 1923 – Nueva York, 2007)  llevó a cabo –con la ayuda del editor Michael J. Lennon–, con ochenta años cumplidos, sin señalar que es a la vez un antídoto contra esa cursilería que en España embadurna los elogios dedicados a grandes escritores –ejemplos recientes son Philip Roth y J.M. Coetzee— y su autor un precursor de los indignados, incluidos los de Occupy Wall Street. 

Hace unos días intentaba yo explicarle a un amigo, que vive en África y ha sido ocasional traductor de Coetzee al francés, cómo se lee por aquí al escritor sudafricano: como un patrón de moralidad elegante para personas acomodadas. Allí –en Sudáfrica, y en el área anglosajona o francófona–, a Coetzee lo entienden en la tradición de la crítica poscolonial, que analiza las relaciones de jerarquía, el discurso del subalterno, los conflictos post-apartheid, etc. Philip Roth o Don de Lillo forman parte del abanico de los grandes de la novela norteamericana contemporánea y no solo tienen ya escrupulosos imitadores entre los escritores españoles, sino que críticos y escritores serios adoptan, al hablar de ellos el mismo tono devoto y experto con que los curas suelen hablar en público del papa.

Por suerte o por desgracia, ha pasado la época en que bastaba con tener opiniones sofisticadas sobre política y derechos sociales porque la crisis financiera ha lanzado a la calle a protestar hasta a los abuelos. Cuando hierve de indignación porque peligran sus ingresos presentes y futuros y quisiera liarse a puñetazos con los responsables de un caos tan calculado como el que vivimos, el lector siente que la superioridad moral de Roth, Coetzee y De Lillo no le acompañan como sí lo hace Mailer. Del mismo modo, un joven escritor que lucha contra el pánico escénico después de una primera novela de éxito encuentra más respuestas en las reflexiones y consejos de Mailer cuando aspira a ofrecer algunas páginas imperfectas pero con vida suficiente para soportar el paso de los años. El lector puede sentir que a los canonizados Roth, Coetzee y De Lillo debe mirarlos desde abajo, abrumado por la maestría de sus novelas y por la impecable perspicacia moral de sus tramas. Mailer, al contrario, parece disfrutar recibiendo y esquivando insultos y poniéndose en duda a sí mismo y no sólo a la sociedad americana. Los otros son como ese profesor distante de literatura en la facultad (Coetzee), o el amante de tu madre al que ves de refilón cuando se marcha temprano por la mañana (Roth), o como ese vecino demasiado normal que resulta que trabaja para el Cesid (De Lillo)… Mailer, no: es como el padre o el abuelo que siempre tienen tiempo para enseñarte a no ser blando en los deportes ni con el sexo contrario y a tener opiniones contundentes sobre la vida y la política exterior del país.

Mailer se hizo famoso con su primera novela, Los desnudos y los muertos (1948), inspirada en su experiencia en la guerra. Aunque siempre le gustó presentarse como personaje incorrecto –se negaba a colaborar con el Newyorker porque no le permitirían utilizar la palabra “mierda”–, había estudiado en Harvard y sus ideas sobre el oficio de escribir o sobre “gigantes” de la literatura, como Tolstoi o Mark Twain o Faulkner, resultan estimulantes en su originalidad, complejas y nada académicas.

Mailer habla con admiración de Tolstoi y Faulkner, con respeto de Toni Morrison y de Roth, es verdad, pero donde más sorprende es al analizar, con todos sus prejuicios por delante –sus opiniones sobre la masturbación y sobre la homosexualidad no son aptas para la exportación–, la película El último tango en París‘ de Bernardo Bertolucci, la figura de Hemingway o la modernidad de su admirado Henry Miller.

No menos interesantes resultan sus planteamientos acerca de la actitud del escritor, sobre todo del aún primerizo, frente a sus experiencias, incluidas las que debe cultivar a favor de su estilo y escritura. A Mailer le gustan las comparaciones con el boxeo, no porque quede macho, sino porque las reglas del juego y la suciedad de este deporte pegan bien con los triunfos y derrotas que ofrece la literatura. En este sentido, Mailer habla con su lector como un coach, dando las claves para el máximo rendimiento.

El suyo no fue pequeño: en Los ejércitos de la noche, donde el periodismo y la novela convergen, Mailer cuenta la marcha sobre el Pentágono del 21 de octubre de 1967, en que miles de jóvenes protestaron contra la guerra de Vietnam quemando las cartillas de reclutamiento. Son lúcidas las digresiones del narrador Mailer acerca de sus compañeros en la marcha y sus cáusticos razonamientos sobre cuánto más peligroso para el ejército americano sería que, en vez de quemar sus cartillas, esos cientos de hippies pacifistas se infiltraran en las fuerzas armadas para no abandonarlas en manos de patriotas fascistoides. Se presenta a sí mismo como un “héroe cómico”, incapaz de identificarse con sus compañeros en la protesta, “personas demasiado rectas, con demasiados principios”, una especie de tercos boyscouts. Al leer esta crónica-ficción, el lector puede sentir sus propios recelos ante movimientos como el 15-M y la íntima necesidad de no ser tan inofensivos. Aunque se presenta borracho, con resaca, haciendo el indio delante de un público que lo aclama y abuchea, con un estilo que quiere ser desordenado, Mailer salpica su relato de descripciones y retratos que delatan lo bien que leyó a Proust, dando a entender así que, de haber vivido en los años sesenta del siglo XX, las frases del escritor francés también serían espasmódicas para reflejar, como Mailer y sus contemporáneos, lo que significaba vivir bajo la amenaza de la guerra atómica.

Cuando en Manhattan (1979), Woody Allen pone en boca de un par de snobs –Diane Keaton y Michael Murphy— el nombre de Mailer dentro de su Academia de Artistas Sobrevalorados, éste estaba en la cresta de la ola:  La canción del verdugo (1979) le supuso otro premio Pulitzer y un patinazo que nunca cometerían Coetzee, Roth o Truman Capote: abogó por la libertad de un asesino que, una vez en libertad, tardó solo unas semanas en cargarse a otra persona.

Es probable que este tipo de excesos del ego, sus opiniones y trifulcas ensombrezcan su fama, pero se le pueden aplicar las palabras que él dedica a Henry Miller: “en el mundo literario, su reputación sobrevive en un vacío. No se trata de que carezca de influencia. Su vida es antipática a la idea misma de leyenda”.

Publicado en Numerocero.es, agosto 2012

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