Cadáveres exquisitos o de la estricta corrección política (de Esther Tusquets y Carmen Martín-Gaite a Zadie Smith)

Carmen Martín-Gaite

No iban a salir del tópico. Murió Esther Tusquets de manera repentina y en prensa se han publicado los comentarios y evocaciones esperados. Como formaba parte de los pioneros de la modernización del mundo editorial barcelonés y llevó las riendas de Lumen, como ella misma publicó memorias y reproches sobre el devenir de esa modernidad que no ha resultado como se esperaba, como quien más quien menos tiene leídas sus primeras novelas –clásicas novelas de educación sentimental–, el obituario era pan comido.

Esther Tusquets

Llevo más tiempo del que debiera pensando en las diferencias en la recepción de los textos literarios conforme el autor es español o norteamericano –o francés, italiano, griego, alemán, nórdico, etc.-, nacido en los años 70 o en cualquier otra década, macho o hembra, de extracción burguesa o de clase media-baja. De modo que tengo un mapa mental con previsiones de lo que va a ocurrir y que suelen cumplirse  –por ejemplo, un acierto del 100 % sobre quién podía ganar el Alfaguara de novela hace un par de años con solo captar el sosiego casi místico que envolvía a mi candidato mientras participaba en una conversación informal entre colegas–. Lo bueno de elaborar estos mapas es que dan una formidable independencia y son un antídoto contra las modas. Pero también inducen una cierta melancolía, pues veo cómo discurre por debajo de los esquemas de respuesta establecidos una variedad de estímulos más revulsivos, que desordenan y alegran las neuronas. Ay.

y entonces se da la paradoja de que, aunque la queja es constante acerca de la crisis de la industria editorial, todo pasa por la industria. Aquí es donde entra el obituario de Tusquets, que me llevó a pensar en el lapso de tiempo comprendido entre sus primeras novelas, renovadoras e inteligentes, publicadas a finales de los 70, y el ocaso de su figura como novelista. No he leído lo último suyo –salvo extractos y reseñas– porque Tusquets fue una escritora de adolescencia, años de lecturas bulímicas, así que no me meteré en ningún jardín exótico hablando de lo que desconozco. (De otro lado, no me interesa la gente que se cree con derecho a reprender al prójimo.) Me llamó la atención, sí, el tono en que se comentaron esos libros de su última etapa, subrayando el lujo de su extravagancia, que venía a ser una excrecencia más de su singular condición social: era jugadora, qué pícara; le cantaba las cuarenta a esta sociedad nuestra tan grosera que solo conoce el tuteo, y emprendedora hasta el final. Había vendido Lumen y le hicieron –como suelen los tiburones– la pirula, pero ella quedó defendida por ser –también dentro del tópico– la impulsora de un sello de literatura femenina (que no de mujer, que sería otra cosa).

En fin, parece que los yayos se retiran de la escena pública a la manera clásica: lanzando truenos contra los muy jóvenes y los menos jóvenes, renegando de lo que queda, viendo echada a perder su aportación en este perpetuo apocalipsis que es el estado de la cultura (española y no).

Llegué a tratar muy muy fugazmente a Esther Tusquets porque hice una lectura para la editorial hace muchos años y se trataba de un mamotreto destinado a pugnar por algún premio femenino. Escrito por una de esas autoras que cantan las delicias de ser mujer, que me horrorizan por el tono lírico risueño con que se proponen reivindicar no sé qué superioridad sensorial (que no sensual) nuestra, presentado elogiosamente en un tono no menos cantarín por la agente, no conseguí terminarlo y nunca más he visto el nombre de la escritora. Estaba E.T. sentada ante la mesa de su despacho, quieta como una esfinge y me pareció -debía de ser el año 98– como fuera de la vida. La acompañaba una mujer joven, en tareas de secretaria supongo, y a sus pies descansaba un perro, creo que un golder retriever, adulto, que miraba vivazmente, lo cual era un alivio dentro de aquella cápsula de feminidad estereotipada que para mí era el catálogo de Lumen.

Elsa Morante

En medio de los artículos convencionales de recuerdo tras su fallecimiento me acordé de otra escritora que también me había gustado mucho en la adolescencia y a la que no pude seguir más en su madurez, Carmen Martín-Gaite. De ésta no me podía creer en sus últimos años que se diera por satisfecha con algo tan hueco y tan cantarín como Nubosidad variable. Veía por la tele las colas de lectores en el Retiro para que les firmase sus novelas, libros de poesía, o ensayos y veía sus coquetas boinas y su pelo canoso y esa alegría impenitente y yo pensaba en lo que supuso Retahílas, en el  tenue y sostenido erotismo que imprimía a las relaciones entre sus personajes, a cómo lograba que lo dijeran todo sin caer en lo que por entonces llamábamos la “obscenidad de la confesión” y me extrañaba ese canturreo, esa decisión de quedarse con el sucedáneo del decir, de la conversación. Yo pensaba que su hija, algo mayor que yo, murió a causa de la heroína en los años ochenta, como estaban muriendo tantos, y estaba convencida de que libros como Nubosidad variable sonaban a hueco precisamente porque Carmen Martín-Gaite no escribía la novela que la rumiaba.

Por último, hace poco vi que en el catálogo de Lumen han incluido a las grandes escritoras italianas de la posguerra, como Elsa Morante. Por supuesto, pensé que no tenemos en España “algo así”. Sé que algunos responderán que cómoqueno. Estuvo Maria Aurèlia Capmany, que murió hace mucho tiempo, y está Matute, batalladoras y resistentes. Pero no creo que haya un bloque de escritoras como las italianas, potentes en el discurso político, en la vitalidad, en la repercusión. Por supuesto, pensé que tanto Esther Tusquets como Martín-Gaite conocían a estas autoras, y sin embargo…

No sé si en algún momento una y otra decidieron no que no eran capaces de escribir LA novela sino que echaron una mirada a su alrededor y se dijeron que no merecía la pena. Que España a partir de los años ochenta y noventa estaba metiéndose a todo trapo en un tipo de modernidad que excluía sus argumentos. Aunque los departamentos de Estudios de género o de Literatura española contemporánea de las universidades -sobre todo norteamericanas, como se ve en el par de enlaces que añado bajo este post– han prestado atención a Tusquets, a Martín-Gaite, y al grueso de las escritoras españolas de los años 50-80, sus conclusiones no parecen haber interesado a la gente que escribe en prensa. La prensa era hasta hace poco clave para la promoción de un autor.

En Vida de un escritorGay Talese incluye esta definición de una joven editora de The New Yorker en los 90, Tina Brown, que define la época hasta hoy: «el escritor y antiguo editor de The New Republic, Andrew Sullivan, creía que Brown vivía fascinada por “el enloquecido culto a la contemporaneidad”, y añadía que era “una mujer de su época, intensamente sincronizada con la delirante ensoñación de los noventa y las vanidades publicitarias que ésta fomenta y de las cuales muchos somos víctimas”.» (p. 339).

Entre esas víctimas sin duda cabe incluir a Carmen Martín-Gaite y a Esther Tusquets. Muy probablemente, me digo, pudieron escribir un texto como Una pena en observación (o Una rabia en observación), pero la falta de interlocución que supone un público lector distraído por esa “delirante ensoñación” y sus “vanidades publicitarias” y la irrupción de unos editores y periodistas frivolones que se creen expertos en the wild side, pero que se derriten por escritoras homologadas por la corrección política del momento (i.e. negras guapetonas que cumplen el ideal de cualquier editor cool cuyos textos no publicarían si los firmara una rubia o una morena cualquiera), las hizo desistir. Prudentemente.

Sobre la obra de Tusquets

Renée Craig-Odders

* Akiko Tsuchiya –  Department of Romance Languages and Literatures
Washington University:
http://rll.wustl.edu/files/rll/people/cv/cvtsuchiya.pdf

Sobre C. Martín Gaite

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/28/actualidad/1367176021_201983.html

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