La comedia de Foster Wallace y Jonathan Franzen o Por una (mejor) teoría de cuerdas

Cuenta una directora de cásting en un libro muy distraído que leo estos días —La aventura de dirigir un cásting— un chiste típicamente británico que celebra el sentido del humor inglés. Un viejo actor de teatro, que agoniza en la cama, recibe la visita de un pariente joven: “Ha de resultar muy duro morirse”, se compadece el chico. “No –le corrige el anciano–. Morirse es fácil.  Lo que es duro es la comedia.”
Bien, sí: ahí está Jonathan Franzen dentro de la nueva comedia “El suicidio de mi mejor amigo”,  que forma parte del género “Con amigos como éstos quién necesita enemigos.” Admito que el título es dudoso, puede que sirva mejor el titular del artículo de El Mundo de hoy: Franzen cuenta el último viaje de Foster Wallace. Los lectores modernos entienden el guiño y el sentido oculto de la palabra “viaje”. No quedará insatisfecho con la dosis de morbo al gusto de nuestros tiempos. Es lo magnífico de la estupidización: que se pueden repetir las mismas frases sin transmitir una sola idea. Relatar una y otra vez que Foster Wallace se quitó la vida y subrayar exclusivamente los detalles que atizan la emoción. Tal vez sea una emoción impostada, convincente apenas. Qué más da. Lo fundamental es permanecer en el terreno de la ficción. No llegar nunca, en ningún momento, al terreno del saber. Eso significa que existe un saber  –un saber acerca de los fundamentos y raíces del suicidio, de la violencia, del sexo infantil, de los tabús de cada época–  que permanece cautivo. Tú sabes quién retiene el conocimiento. Yo lo sé.

David Foster Wallace

Lo fácil es, pues, morirse. Lo difícil es mantener el nivel de la comedia. Veamos ésta:

Tenemos un momento de impacto emocional –la muerte inesperada del héroe– que ha dejado un resto de hambre de él en sus lectores más fieles. Pese a lo mastodóntico de su obra literaria, quieren más. Ya se sabe lo fastidioso que es no saber que el último bocado era el útimo. Necesitamos vivo a Foster Wallace, por lo tanto; pero, cooooño, ¡resulta que se mató! Fase 1: se desentierran todos sus inéditos. Eso incluye cuadernos escolares. Un genio es un genio. Su mamá lo supo desde que arrancó a gatear. Los lectores al asomarse a sus cuadernos infantiles. Pero, hélas, ya sus escritos póstumos y sus escritos con-dientes-de-leche han sido consumidos.
¡El hambre! ¡El hambre! ¿no hay nada más que devorar de Foster Wallace?
Devoremos entonces su cadáver.
Por suerte, ahí está su gran buen-mal amigo, que, oh fortuna, es otro gran escritor americano. ¡Tate, que tenemos la suerte de cara! Resulta que Franzen, el escritor más aburrido del planeta, –o eso me parecieron Zona fría y Zona templada— era amigo del puto genio americano. Reinaba entre ellos una sana competencia. Vamos, que competían por el título de gran escritor americano en la multisecular marathon. Dicho está que no hay mejor guionista que Dios. Al muy jodido no siempre se le entiende la trama –“los designios del Señor son inescrutables”–, pero a fe mía que domina el arte del entretenimiento. Tenemos pues al protagonista, que está fiambre desde que arranca esta comedia. Y al antagonista, que será el narrador. (Atentos que la noticia de El Mundo es el tráiler. No se me distraigan.)

Como es costumbre, las notas culturales de los diarios españoles no tienen desperdicio cuando pretenden ser vibrantes y el cronista aspira a transmitir una rica gama de emociones sin desviarse del abecé del nuevo periodismo:

«Ahora Jonathan Franzen rompe el aislamiento al que lo condenó la desaparición de “la mente más brillante de su generación”, como se suele citar a Foster Wallace en referencia al Aullido de Allen Ginsberg, y se enfrenta a su postergado luto con ‘Más afuera’. Un implacable ajuste de cuentas a su amigo fallecido con el que desahoga todo el cabreo acumulado que le provocó su “último gran golpe”. Salamadra publicará la obra, con traducción de Isabel Ferrer, el 8 de noviembre.
>>Continuando las tres primeras entregas realizadas en la edición impresa esta semana, ELMUNDO.es le ofrece éstas en versión online y, a partir de hoy y en exclusiva, las siguientes cuatro partes que completan el largo capítulo que da título al libro. Sobre él giran, como si de un punto ciego se tratara, los 21 textos que lo componen, entre ensayos, artículos y conferencias.»

El artículo-tráiler lo firma Matías Néspolo, a quien tenía yo  por persona más inteligente. Pero el morbo para indies y modernos tiene claves propias. Lo esencial es que la información no esclarezca sino que proporcione el tipo de emoción estupefaciente que desencadenará una adicción particular. Se trata, por supuesto, de sugerir la serie de emociones masculinas homologables en estas primeras décadas del siglo XXI de tal modo que los chicos sepan, gracias a Franzen, no qué deben sentir sino qué sentimientos deben manifestar. Así:

Franzen sintió dolor por la muerte de Foster Wallace, pero también se cabreó. Tuvo una reacción típicamente masculina, que haría las delicias de John Wayne: se aisló del mundanal ruido y se encerró en su dolor. Oh, sí, ¿quién no siente con dolor la sorpresa de una pérdida temprana?
La reacción clásicamente masculina de cultivar un poético mutismo y digerir en productiva soledad su dolor –en tanto irrumpe la rubia de turno– tropieza aquí con un obstáculo morrocotudo: el suicidio de Foster ¡es un temazo!  No se entiende bien qué significa “se enfrenta a su postergado luto” cuando probablemente quiere decir “duelo”… pero el lector puede tranquilizarse, ya que Franzen, pese a su cara de perfecto niño insípido de clase media americana, tiene buena merca que ofrecer: no sólo cabreo, sino venganza: desahogo, ajuste de cuentas. Implacable.
Y ¡joder, joder, joder!: ¡NOVEDADES!

¿que te creías que Foster Wallace cogió la cuerda y se colgó porque padecía una depresión de caballo? NANAY: se mató ¡¡¡PORQUE SE ABURRÍA!!!

Mecachis, la de veces que nos hemos aburrido y nos hemos ido al cine o a la playa o a la cama (solos o en compañía de otros).

INTERMEDIO ERUDITO-EXISTENCIALISTA: ESPERANDO A GODOT, de Samuel Beckett

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Vladimiro. —Y ahora ¿qué hacemos?
Estragón. – Esperamos.
Vladimiro. –Sí, pero mientras esperamos.
Estragón. — ¿Si nos ahorcásemos?
Vladimiro. –Sería un modo de entrar en erección.
Estragón (excitado). –¿Entramos en erección?
Vladimiro. –Con todo lo que sigue. Allí donde eso cae crecen mandrágoras. Por eso gritan cuando las arrancan. ¿No lo sabías?
Estragón. –Ahorquémonos ahora mismo.*

Fin del Intermedio Erudito-Existencialista.

Y ADEMÁS, OJO, como dirían nuestros modernos radicales: espóiler espóiler espóiler (sí, ya sé…):

¡¡¡FOSTER WALLACE SE MATÓ POR SOLIPSISMO  PATOLÓGICO!!!!

–No has entendido nada, ¿verdad?
–¡Ni flores!
–¿Que qué coño es Solipsismo patológico? ¡No lo sé!
–Yo conozco a un par de neuróticos, un agorafóbico, una vegetariana y cien adictos al sexo, ¡pero no conozco a ningún solipsista patológico! ¡No puedo preguntar a nadie!

Acudamos entonces al vademécum de los filólogos, la RAE. Que nos define así la palabrota / palabrita /palabreja:
«solipsismo.  (Del lat. solus ipse, uno mismo solo).

1. m. Fil. Forma radical de subjetivismo según la cual solo existe o solo puede ser conocido el propio yo.
firmado: Real Academia Española © Todos los derechos reservados
».

Dicho en plata: que según Franzen, su amado amigo Foster Wallace era un egocéntrico que tenía el ombligo más grande que el núcleo terrestre (2.440 kilómetros) . Y no menos incandescente.
Variable humanista no contemplada por los modelnos: que se sentía o estaba más solo que la una, que no se aguantaba a sí ipse.

Lo cierto que, llegados a este punto del tráiler, el lector-espectador (;-) ) se encuentra algo humillado y con cierta predisposición –harto natural– a despreciar a quien le humilla –al cronista Néspolo por enrevesado, a Franzen por insultarle con una terminología que le obliga a consultar el diccionario y a Foster Wallace por solipsista–. Forzoso es suministrarle una nueva -y más cargada– dosis de adulación si se pretende que compre de una vez el maldito libro Más afuera.

Tarea ardua: se lo van a tener que regalar. Se lo van a tener que llevar hasta las puertas de su casa. Se lo van a tener que poner acostadito en el felpudo con una carta de disculpa. Porque, a estas alturas, el lector responde a la humillación mediante una acelerada producción de adrenalina y ha  empezado a elaborar una lista de todo lo que cuando uno se  aburre a morir puede hacer con una cuerda sin ahorcarse.

por ejemplo:

saltar a la comba

jugar a pasar por debajo de la cuerda o a tirar de la cuerda o a tirar el trompo

hacer figuras de cuerdas o string-figures.

aprender a hacer nudos marineros

Reflexionar detenidamente en el significado del nudo borromeo de Jacques Lacan. Que, como bien se sabe, resume desde los seminarios de 1973 el interés de Lacan por definir “el anudamiento del nudo, en particular del simbólico al imaginario, y del imaginario al real”.

estudiar la teoría de nudos

inventar la teoría de cuerdas… o tratar de entenderla: es más divertida que Franzen y tiene aplicaciones más sugestivas.

Y al final de la comedia, queda el hecho, ¿no es cierto?

Queda un hombre aún joven y una cuerda alrededor de su cuello. Queda el silencio. Queda que sí sabemos el por qué además del cómo. Aunque no hablemos de lo que sabemos, aunque no se permita hablar de ese saber, lo sabemos.

* Esperando a Godot, de Samuel Beckett, traducción de Pablo Palant, pág. 34

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