“Despiadadamente personal”… el verano

Marisa Berenson por Slim Aarons, del blog de Garance Doré

Ayer me desperté con ánimo de aniversario sin saber muy bien por qué, hasta que caí en la cuenta de que se cumplían quince años del día que conocí al único hombre al que ha valido la pena conocer (por el momento). Coincidió con los días en torno a la presentación a la prensa de la novela con Mondadori y fue gracias a este hombre como soporté y digerí mucho de lo que sucedió luego, y especialmente todo lo ocurrido en torno a ese libro, que fue una vejación personal y literaria, esa sí despiadada. Fue como parir un niño muerto y esa sensación es la que me ha quedado fija. Suerte que apareció él. No es necesario que determinadas situaciones duren, basta con que ocurran.

Ayer también andaba dándole vueltas a la expresión que Ignacio Echevarría usa en su última entrega de El cultural, y que encabeza este post. Me dije que por lo general la posibilidad de ser despiadadamente personal en un terreno público solo le cabe a los que están arriba con respecto a los que están abajo. Digamos que siempre se escupe hacia abajo. De otro lado, que ser despiadadamente personal cuando durante años has estado doblando la cerviz es toda una tarea de desprogramación mental y hasta física. No veo capaz de conseguirlo a muchos de los que me rodean. Y no hablo nada más de los artistas y editores que viven de subvenciones de los gobiernos.

Mentalmente sí repasé de la manera más despiadadamente personal lo que pienso de todos los que me humillaron. Me acordé de diversas escenas, de otras que sufrieron distintos amigos, y me dije que ser despiadadamente fiel a uno mismo supone en nuestra escena literaria un suicidio social. Todos pecan de esto: mucho clasismo y poca clase.

Hace unos días se acercó a este blog alguien poniendo mi nombre al lado de “gopegui” y otra persona -si no la misma– mi nombre al lado de Gonzalo Torné. Lo que yo opino de ellos es algo que me vale a mí, claro, no son opiniones para la exportación. Creo que hacen una literatura que nos hace más niños no más adultos ni más lúcidos -salvo que realmente el lector viva completamente al margen de la civilización o sea muy joven–. También pienso que si a todos los escritores treintañeros con buenas críticas iniciales nos lo hubiesen puesto tan fácil como a Gopegui y a Torné, probablemente el panorama de la literatura española sería muy distinto. Por separado: de Gopegui no me creo nada. De Torné pienso lo que se dice de cantantes con talento: tiene muy buena voz pero no tiene repertorio propio. Pienso que ninguno de los dos escribe para mí: no me parece grave.

Al cabo de quince años, el balance es que la escena literaria y editorial sigue exactamente igual. Siguen moviendo los hilos los mismos y en la misma dirección. Ha cambiado algo el perfil del escritor: son más niñatos, más escolares, más librescos todo post-70 y menos vividos. Psssá. Prefiero los hombres hechos y derechos.

Mientras andaba en estas disquisiciones no paraba quieta, y así estuve pintando ventanas, terminando un toldo muy fresco para la terraza, decidiendo qué plantas cambiaba de sitio y etc etc:  todo de lo que es capaz una persona hiperactiva, y que disfruta de este hándicap.

Toreando el caos. Ser despiadadamente personal implica a menudo estar en otro lugar.

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