La fama robada y los sonidos del silencio

THE SOUNDS OF SILENCE
 Hello darkness, my old friend, I’ve come to talk with you again…

La otra noche mantuve una larga conversación telefónica con un diseñador, que también es galerista y creador polifacético, sobre el plagio, los estragos de la crisis económica, etc. Presentó él hace años una demanda por un tema del que no he de hablar aquí, un embrollo tras el cual  más que probablemente se le reconocerán sus derechos como autor original. Su mujer, escritora,  que murió hace algo más de cinco años, se encontró con la sorpresa de reconocer detalles sustanciales de una voluminosa novela suya en otra más breve de un autor de cierto renombre, gracias antes a sus apellidos que a su muy mediocre obra literaria.

El galerista y yo estuvimos comentando qué significa el plagio y la adaptación no literal –que, contra lo que muchos creen, también está reconocida como infracción a la ley de propiedad intelectual y legalmente castigada– de una obra. Le puse al corriente del escándalo protagonizado por Sealtiel Alatriste, editor en Alfaguara México, y de cómo los autores originales de las obras plagiadas (o “adaptados” por autores tan reconocidos como el Nobel Saramago o, quién lo iba a decir, Aguilar Camín, o en otra órbita el inefable Pérez-Reverte), de los libros o de los infinitos artículos copiados por el propio Sealtiel, lograron la caída de este personaje, al cabo de lo que llegó a ser un clamor entre decenas de intelectuales mexicanos, que protestaron en periódicos, revistas, páginas web o blogs. Una actitud muy distinta la de la élite intelectual de México de la actitud generalizada aquí en España, donde la escritora plagiada por Camilo José Cela tuvo que soportar infinito desprecio aunque, seguramente solo porque su hijo es abogado y llevó el caso hasta el final, logró demostrarse la “distracción” que propulsó su libro hasta la mesa de Cela. Cela, ese personaje bigger than life.

Le comenté con cuánto sarcasmo suele hablarse de esos autores oscuros a los que un autor famoso hace el favor de “copiar”. Él hizo entonces un interesante comentario sobre la fama robada. Por su galería pasa mucha gente con nombre o con ganas de hacerse un nombre, y él mismo no carece de ambición al respecto. Me habló de cierto artista que le presumió de lo que la fama había traído a su vida: unos cuantos polvos con mujeres mucho más jóvenes, que tras los jadeos y gemidos de rigor le susurran cómo sus vidas han quedado transformadas (embellecidas, mejoradas) por su aureolada presencia. Me puse a imaginar qué sería si al oscuro escritor se le hubiesen dado las oportunidades que se le dieron al que terminó copiándole.

Sin su fama, tal artista o tal escritor puede que sea solo un esfuerzo, unos apuros, una felicidad al retarse a sí mismo y al encontrar; pero si otro se apropia de su esfuerzo, si se lo roban, le están robando además la vida que no va a vivir, es decir, todo lo que lleva el reconocimiento (polvos con mujeres u hombres que te besarán los pies y el culo incluidos).
Sin el reconocimiento, tal creador quizá sólo sea un heroinómano rehabilitado; sin el reconocimiento, tal fotorreportero es solo un tío que se adentra en la boca del lobo y se pierde. Sin el reconocimiento, tal escritor es solo un negro que cobra tanto por página. Sin el reconocimiento, un crítico literario es solo un mandado de la publicación que edita su reseña. Sin el reconocimiento, un estudiante al que le copian tesis o artículos de investigación es un eterno becario. Todos unos losers.

Cierta retórica periodística pretende que estos creadores son románticos malditos, pero si eso fuese verdad esos mismos periodistas, o editores deberían renunciar a su sueldo y vivir una experiencia tan interesante.

La Universidad de Granada ha puesto en marcha una campaña contra el plagio entre los estudiantes

Si a lo largo de los años se acumulan los abusos sin que las asociaciones de traductores, de escritores -si las hay-, de críticos, de periodistas, respondan como es de esperar, la frustración terminará perjudicando al trabajo creativo, ya que queda un runrún en la cabeza de impotencia y de sospecha generalizada.

Hace ya años que me cuesta tomar en serio a la profesión literaria. En fotografía, como se ha visto hace poco con el premio concedido a Javier Arcenillas, si se detecta un fraude en una fotografía –retoque exagerado de la imagen, eliminación de personas o detalles dentro de la foto, todo lo que signifique alterar el contenido del fotograma y corregir más allá de lo obvio– los profesionales se quejan. Continuamente hay demandas por uso fraudulento de imágenes que son propiedad de otros fotógrafos, y se pagan cantidades elevadas por infringir las leyes (especialmente en Estados Unidos). 

En España la trampa es continua. Tal editora de una gran editorial barcelonesa se presentó a unos Juegos Florales de poesía en catalán. Enterada de que un amigo suyo era miembro del jurado, lo llamó y le dijo que había presentado su poemario. En esa edición ella se llevó el segundo premio, consistente en medio millón de pesetas. Me lo contó ella misma. Por supuesto, siempre habrá quien, amigo de los chanchullos y del ventajismo, diga que hay que tener escrito el “poemario”. Si no es que lo tramas a tiempo de presentarte a los juegos florales donde casualmente es jurado tu amigo! (Esta mujer no ha continuado ni como editora ni como poeta. Enorme vocación la suya). El escándalo es que es de buen tono no escandalizarse por el fraude cotidiano.

Es habitual que una persona se ocupe de designar los títulos para sugerir su traducción a idiomas extranjeros –pero que paga el ministerio español– y que sugiera, entre algunos nombres famosos indiscutibles pero de su simpatía, el de algún amigo al que nadie lee dentro del país y nadie leerá fuera. Al año siguiente, el amigo traducido designará a la amiga que amablemente lo señaló como candidato. Y así gira la rueda de las traducciones internacionales, los viajes con el Instituto Cervantes a las sedes más glamourosas, que pagamos con nuestros impuestos, y la fama robada. Si esta es tu manera de medrar, estás en tu salsa, pero si esperas que el texto cuente con independencia de tu cara o de tu relevancia social, te has equivocado de profesión y de país.

El quid de la fama robada, de la usurpación del trabajo ajeno, es que en los autores que saben que nunca serán reconocidos se gesta un silencio profundo. Uno queda en diálogo con sus demonios. La vida que uno no puede o no pudo llevar porque su trabajo no sale a la superficie no tiene que ver con la fama de los periódicos y de los premios sino con dejar de vivir invisible y de rodillas delante de los que trafican con nuestra fama (*), y descentrado respecto a uno mismo. Tiene que ver con mantener un cierto control sobre tu vida. Porque cuando aceptamos que “las cosas son así” o que, como le gustaba decir a Gimferrer, “el que resiste gana”, nos encontramos pura y simplemente en el terreno del pensamiento mágico y de la superstición.

(*)  Fama según la DRAE: fama: (Del lat. fama).1. f. Noticia o voz común de algo. 2. f. Opinión que las gentes tienen de alguien. 3. f. Opinión que la gente tiene de la excelencia de alguien en su profesión o arte. Predicador de fama.

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