Mae West y yo, de Eduardo Mendicutti

Mae West y Cary Grant

A diferencia del año pasado, no he ido a la manifestación convocada para hoy en protesta por el milimetrado desmantelamiento de lo que llamamos “el Estado de bienestar” por parte del gobierno del PP y de los gerifaltes de la Unión Europea. Salir a la calle está bien, pero organizar un programa alternativo me convence más. ¿Dónde está el programa alternativo?

También  ocurre que últimamente me siento menos gregaria que nunca y ,aunque creo en iniciativas como “Parar los deshaucios” o reclamos obvios como defender el nivel de asistencia de sanidad, educación, etc., también creo que hay una reivindicación tanto o más urgente y que nunca se contempla como es la igualdad de oportunidades para mujeres.

Tengo la impresión de que a nivel occidental vivimos un “revival” de los años setenta, con más idealización que afán de llevar las reivindicaciones hasta su extremo natural, que sería el triunfo y la consolidación de un conjunto de derechos. Curiosamente, me parece que el menos amenazado hoy en España sería el derecho de los homosexuales a casarse. Estoy convencida de que, al margen del mero sentido común por el cual todas las personas adultas han de tener los mismo derechos, al margen del tópico “tengo varios amigos gays” en boca de un diputado conservador, el PP habrá hecho sus cálculos económicos y llegado a la conclusión de que resulta más rentable no derogar la ley que permite casarse a personas del mismo sexo. No solo por todo el gasto alrededor del casamiento, enlace o matrimonio (¡ay, las palabras!), incluido el pago a la SGAE, sino por el ahorro en salud: en psiquiatras y, sobre todo, en cuidadores y abogados al final de sus vidas. La gente tiende a idealizar o a despreciar a los homosexuales -me figuro que sobre todo a los hombres–, por lo que, en justa respuesta, los homosexuales responden exacerbando los rasgos que supuestamente escandalizan. La principal ventaja que veo a leyes tolerantes como la que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo o, como la noticia que aparecía hace poco en los periódicos, informando sobre la unión de dos hermanos que no se criaron juntos, es sacar del gheto a personas o a colectivos que sin el “estigma” del apestado pueden llevar vidas tan interesantes o tan gloriosamente aburridas como el el resto de la población.
Luego de estas sensatas cavilaciones, suelo pensar que, de ser yo creyente, beata y bienpensante, si fuese votante del PP o directamente fascista, terminaría de tranquilizar mi conciencia la propuesta de mantener la ley durante tantos años al menos como duraron las leyes que castigaban severamente la homosexualidad, como la famosa ley de fugas con sus ejecuciones por la espalda, los hierros de la Inquisición, los holocaustos, nazis o no, o el fuego de tantos aquelarres.

La idea del gheto y de lo que supondría una regresión a posturas denigrantes e infantilizadoras, impuestas por ley a minorías que han alcanzado una cuota de dignidad durante los gobiernos progresistas, surgió al leer esta novela encantadora y nada cursi de Eduardo Mendicutti, Mae West y yo. Terminada la lectura de Un buen detective no se casa jamás, de Marta Sanz, me quedé rumiando sobre algunos de sus aspectos, pues como novela de detectives es tan sui-géneris que no puede decirse que responda al género. Se trata de un rescate y desvío de Black black black, la novela anterior –que tomaba inspiración de la exitosa novela francesa La elegancia del erizo, pero llevando esa inspiración a un terreno personal con una exposición crítica e inteligente de la situación política de España–, tomando al protagonista, el detective Zarco y trasladándolo a tierras de Valencia, donde ha de resolver un caso. De la novela me interesó sobre todo cómo plantea Marta Sanz el diálogo, la discusión mental entre Zarco –cuarentón de buen ver y gay, en amores con el joven Olmo– y su ex, Paula, la inspectora de Hacienda, cojita y ofendida por las inclinaciones de su ya-no-marido. Paula, que sigue en Madrid, ocupa tanto espacio en la mente de Zarco que no puede entenderse sino como un desdoblamiento del excéntrico detective. Me pregunté si la construcción de una voz gay no implicaba una ventriloquia, con lo que esto suponía de falsete, de no-voz. Voz escudo o voz espejo. Si no era, al mismo tiempo, el detalle más veraz con respecto a la disonancia que un gay debe percibir entre su manera de ser y la distorsión que “impone” un mundo heterosexual, un mundo de certezas y afirmaciones, de convicciones y convenciones identitarias, o, al contrario, si los heterosexuales percibimos cualquier voz de un homosexual como un ventrilocuismo con respecto a su verdadera voz, que no podemos conocer naturalmente.

En un arranque de ¿lucidez? ¿intuición? me pregunté qué podía haber dicho sobre el asunto un escritor homosexual declarado, como por ejemplo Eduardo Mendicutti, del que sabía que era famoso, reconocido autor y del que no había leído nada de nada. Partiendo de la idea de que las novelas hoy se escriben a partir del conjunto de tópicos vigentes en cada momento (razón por la cual es casi imposible imaginar que hoy un buen novelista cree un personaje con la compleja personalidad de un Foucault, que renuncie a ser pedagógico en definitiva), busqué títulos de Mendicutti. Di entonces con Mae West y yo, novela en la que, tachín tachán, el protagonista es… un ventrilocuo amateur. De profesión diplomático, Felipe Bonasera es un gay entrado en años al que diagnostican una grave enfermedad. Decide trasladarse a una urbanización andaluza, lujosa y playera, con intención de descansar y asimilar la inquietante noticia. El personaje distancia su enfermedad atribuyéndole la personalidad de la gran  Mae West, y con ella sostiene coloridas discusiones, mientras sus otros personajes-personalidades -la Dietrich y la Monroe- quedan en Madrid. Mae West y yo se trama también en clave detectivesca con una desaparición, y un interesante juego de voces y de hablas, incluidas las evocaciones del cine clásico americano, por no mencionar que la acción se desarrolla mientras la Roja cosecha triunfos en Europa y anda todo el mundo exaltado. Mendicutti tiene mucho oficio y controla muy bien los tonos para no perderse en un drama sentimentaloide ni una investigación pedestre: es humorístico en la dosis adecuada, distingue las clases sociales mediante la recreación de su lenguaje –la estupenda Carmeli o las señoronas de la urbanización- y crea un espacio donde la ligereza y la gravedad se mezclan bien. Queda la pintura de una cierta soledad y ahí surge el ejercicio de ventrilocuismo como una forma hábil de exorcizar o de sacar a la luz las imágenes y demonios de la escisión íntima del personaje.

 Aquí una amena entrevista al autor andaluz

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s