La impunidad de los Zetas en primera página: El hombre sin cabeza, de Sergio González Rodríguez

Foto: EFE

Me ha sorprendido ver en la primera página de los principales periódicos esta imagen –una serie de jóvenes ejecutados, los cuerpos colgando de un puente– y que no haya provocado reacciones a la altura del escándalo que supone semejante alarde de impunidad en un país como México. Reacciones por parte de las firmas-de-referencia de periódicos o en los blogs, como si estos hechos solamente interesasen desde el momento en que se pueden utilizar para hacer carrera, universitaria o literaria. Como si no fuesen un revulsivo y un síntoma de dónde nos encontramos saber cuántos periodistas están siendo asesinados en México y lo que significa para la imagen de un país vecino de Estados Unidos.

Se diría que la fotografía de los hombres colgados es la antítesis de las famosas fotografías de Enrique Metinides. Mientras éste mostraba el azar fatal que creaba un accidente y, a la vez, una imagen impresionante, los cuerpos de los sicarios colgados o decapitados simbolizan la zona oscura del poder. Debería bastar para plantear el debate serio sobre la legalización de las drogas. ¿O no?

Mientras las editoriales españolas con gran volumen de negocio están publicando novelitas con ingredientes de ciencia-ficción, intrascendentes en lo político y, a qué negarlo, en lo estético y literario, pasan desapercibidos títulos publicados en colecciones secundarias, o en editoriales pequeñas, como el que el periodista y narrador Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950) dedicó a las ejecuciones que los narcos de su país practicaban, dentro del capítulo de la larga guerra por el poder, contra miembros insignificantes de los cárteles adversarios. Se trata de El hombre sin cabeza (Crónicas, Anagrama, 2009).

Sergio González es el autor de Huesos en el desierto, una crónica de referencia sobre los crímenes de Juárez.  Aunque este trabajo nutrió “la parte de las muertes” en la última novela de Bolaño, 2666, el reconocimiento obtenido por el periodista con su extraordinario trabajo debía de haberse amortiguado cuando sacó El hombre sin cabeza, que creo ha de entenderse como su continuación natural. En este libro analiza la imagen como parte de una iconografía establecida ya en la pintura clásica. No se trata tanto de elaborar un texto sofisticado digerible en contextos europeos como de señalar que la sorpresa o el escándalo que en un principio suscitaron las fotos y videos de las decapitaciones oculta la familiaridad con ellos. Por un lado, la cultura de la muerte mexicana crea unas “rutas” naturales de expresión, así desde las cabezas cortadas en la cultura maya y la figura contemporánea y real del Decapitador -un profesional que deja chico al ejecutor interpretado por Javier Bardem en No es país para viejos, de  la novela de Cormac McCarthy.

Y que esa familiaridad –pues ya hay decapitaciones en la pintura clásica, con San Juan, y el invento de la guillotina es otro hito “revolucionario”, o las decapitaciones ante la cámara con que los talibanes (el caso del periodista Pearl) pretenden amedrentar a Occidente– está plenamente integrada en nuestra cultura, lo mismo que el contenido de la amenaza relativo a la exhibición de los cadáveres en escenarios urbanos. Cuando menciona al fotógrafo Joel-Peter Witkin y a sus famosas tomas realizadas en una morgue mexicana, que tienen su continuación en el trabajo de Andrés Serrano, imágenes que se mueven en circuitos de arte y que son “enfriadas” dentro de ese circuito de sofisticación y estilización conceptual, Sergio González muestra precisamente cómo se desplaza el impacto, cómo se reprime su significado.

Una de las reflexiones más interesantes dentro de este ensayo-crónica es la que, con un carácter curiosamente coincidente con lo que Bolaño relató en Los detectives salvajes y sobre todo en 2666, refiere que el alarde de violencia y las amenazas abiertas contra las autoridades que los narcos propagaron desde 2008 señalaron el último paso hasta la frontera que conduce a una “cultura pánica”. Escribe el cronista:

«Pan quiere decir todo. El índice de saturación absoluta. La palabra pánico tiene una fuente  mitológica en Occidente: el dios Pan de los paganos, el dios de la naturaleza. Y con mayor exactitud, el de la violación, la errancia, los instintos, el extravío momentáneo, la ninfolepsia, la locura instalada, las pulsiones masturbatorias, el miedo profundo. El íncubo que infesta el ámbito privado de las personas. James Hilman ha propuesto que es la deidad de la fantasía, de la imaginación […] En suma, la época actual incluiría una categoría emergente: lo pánico. A partir de ésta, podremos descifrar no sólo el carácter verdadero de la creatividad y de los productos artísticos hoy proliferantes, sino que también permite comprender la fuerza compleja de la barbarie que encubre la cultura y la civilización contemporáneas, y que habita en fenómenos distintos como la pornografía, la esclavitud laboral, las matanzas del crimen organizado, la prostitución forzada, el abuso de niños y menores, la brujería sacrificial, los homicidios en serie, las mutilaciones, las decapitaciones. Lo pánico: la potencia depredadora que retorna.» pp. 103-104.

Siguiendo estas palabras del periodista mexicano, resulta más evidente  el peligroso reaccionarismo que entraña la insistencia de algunos profesores universitarios y teóricos de la imagen en desprestigiar el fotoperiodismo en zonas de conflicto y en desalentar el periodismo de investigación. Y también denuncia la ingenuidad, más bien falsa, de quienes hablan de la crisis económica actual como un simple fenómeno resultante de la codicia de los mercados.

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