Filmoteca para una crisis, 8: la crisis de la pornografía, Shame, de Steve McQueen

El director Steve McQueen dirigiendo a Michael Fassbender en “Shame”

Solo apuntar ideas sobre una película que me gustó, y por lo mismo que me gustó Drive. Si se echa un vistazo a reseñas publicadas fuera de España, el lector tiene acceso a interpretaciones nada obvias sobre lo que cuenta Steve McQueen. En el NYTimes, por ejemplo, se ofrece la clave del título: el primer verso del soneto 129 de Shakespeare (la traducción española está en la red)

En The Guardian, de Inglaterra, el crítico ya señalaba la función de la lentitud en la película –como en Drive, la suspensión del tiempo–, indicando que la música que escucha Brandon en su casa es una versión especialmente lenta de las Variaciones Goldberg; está, además, la versión lentísima que Sissy, hermana de B., canta de New York New York. Está la frase en que el protagonista le pide a la prostituta negra que acude a su casa que se desnude “lentamente”. La lentitud busca retrasar la melancolía.
Si no se entiende que la película muestra el mundo de la adicción como una versión del mundo de la depresión, es difícil encontrar sentido a tantas cosas que muestra Shame. Como escribe Adam Philips en La fuga de Houdini: «La transgresión es el intento de averiguar qué es aquello de lo que parece imposible escapar». O también esta lúcida paradoja: «El pornógrafo comercia con el interés que la gente siente por la muerte». Los dos hermanos se han repartido los papeles en relación a un hecho que no se relata, que queda fuera de campo, aunque se revela en las palabras, en los silencios y en la vida que llevan. Después de todo es cine: se trata de ver más allá de las palabras. La hipótesis más plausible es el incesto como respuesta a una situación familiar de abusos. Me imaginé que Brandon interpreta al padre y su hermana a la madre. La adicción sexual de Brandon es una forma de autoafirmación contra un pasado de abuso, de ruptura de distancias y roles dentro de la familia. De ahí la violencia con que saca a su hermana de la cama. Al contrario de los que interpretan que la presencia de Sissy rompe su estructura y lo lleva a conectar con su “vacío emocional”, más bien creo que ella induce una regresión y que las escenas, al final de la película, en que él pasa del ménage-à-trois (qué divertida es esta expresión) con dos mujeres a un local gay -o al revés–, o la provocación a la chica del billar que concluye con la paliza que le propina su novio (su propietario), no son “la bajada al infierno” sino el regreso a su antigua personalidad –la de ese “venimos de un mal lugar” al que se refiere su hermana por teléfono–.

La depresión es un bucle en torno al elemento clave, la pista que desentrañaría el misterio. Por eso, toda la película se organiza como secuencias de bucles: el estupendo principio, como videoinstalación casi -las voces de mujeres al teléfono y las que pasan por la cama del protagonista-, la escena del metro, la navegación por internet, las salidas con los colegas de la oficina. Todo parece bajo control y a la vez todo está distanciado. La adicción gira sobre el vacío y recrea el vacío.

La gente tiende a entender que la hermana es el elemento débil cuando es la ventajista del juego: conduce sus relaciones para llevarlas hasta ese punto de fracaso en que ella puede sacar a la luz su drama, el reclamo de una fusión, que contradice su imagen de mujer moderna y deshinbida. La repetición de la escena con hombres distintos muestra que el otro funciona como pared para exponer un drama y un reclamo que pertenece a un tiempo ya pasado. El rollo de los intentos de suicidio forma parte de su chantaje emocional, y la víctima principal es su hermano. La frialdad emocional de él se explica por el desgaste emotivo que impone una mujer como Sussy. La conversación que mantienen frente al televisor -emiten dibujos animados, sugiriendo el posible origen del drama que comparten– es reveladora, mientras ella cree borrar los estragos que provoca con un católico “lo siento”, él le reprocha el daño.  En justo pago por la pedagogía de la madurez que le inflige Brandon, Sissy realiza un intento de suicidio para mantener el lastre y, en la cama del hospital, celebra su triunfo llamándolo “hijo de puta”.

Los dos son depresivos de manual, un verdadero catálogo de síntomas de angustia. El acierto del director consiste en mostrar como lo hace las defensas de Brandon y lo que podría entenderse como llamadas de auxilio. Claramente, el ordenador infectado de la oficina es una llamada de auxilio: pide ser descubierto. Su jefe es el perfecto canalla que aborda a mujeres no para conquistarlas sino –en sentido contrario a Sussy- -para volver a casa como el zorro que visita todos los gallineros de la zona. No seduce a sus conquistas, las humilla con su torpeza, también su fin último es hacerles saber que no está disponible. Solo es una variante exitosa de Brandon porque sabe manejar el dentro y fuera social. Él sí es eso que se define estúpidamente como “la quintaesencia del capitalismo tardío”: un cínico; si se liga a la hermana de Brandon es para cobrarse su fiasco con la guapa del bar de copas, que terminó prefiriendo a su subordinado. En su propia casa y en su propia cama. El hecho que Brandon permita que se descubra el contenido del disco duro de su ordenador –la metáfora de su cerebro– y la frase que le suelta su jefe también descubre la necesidad emocional de Brandon en relación a aquel, la búsqueda de una autoridad exterior, ¿el padre ausente? Cualquier traducción de estas acciones lleva al discurso de la normalidad burguesa que deja intactos los juegos de poder y las resistencias.  Es un desciframiento que solo descifra lo ajeno. Cualquier traducción pone en ridículo al traductor (a mí ahora) pues lo que cuenta McQueen se entiende de sobras. Al mostrarlo sin explicar por qué, lo que importa es el lenguaje del cine, el ritmo, las elipsis, y la importancia del cuerpo como escenario.

Creo que los de Cahiers du cinéma hablan de “seriedad risible”. Todo lo risible que es no querer divertir al espectador.

No creo que la película refleje el sistema de relaciones del “capitalismo tardío” sino quizá cómo la gran ciudad ofrece un conjunto de sofisticados sucedáneos a necesidades elementales. Shame es una evocación de los tiempos del sida sin sida. La ambientación neoyorquina edulcora una historia ingrata, pero en una historia de soledad los escenarios y los objetos son el lugar de la pasión, aunque sea una pasión fría. La propia película es el respiradero de lo que cuenta.

William Shakespeare – Sonnet #129

The expense of spirit in a waste of shame
Is lust in action; and till action, lust
Is perjured, murderous, bloody, full of blame,
Savage, extreme, rude, cruel, not to trust;
Enjoy'd no sooner but despised straight;
Past reason hunted; and no sooner had,
Past reason hated, as a swallowed bait,
On purpose laid to make the taker mad:
Mad in pursuit, and in possession so;
Had, having, and in quest to have, extreme;
A bliss in proof, and proved, a very woe;
Before, a joy proposed; behind, a dream.
All this the world well knows; yet none knows well
To shun the heaven that leads men to this hell.
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