Philip Roth contra el “vandalismo cultural sensacionalista” en Sale el espectro

En Sale el espectro, Roth arremete contra las nuevas tendencias, que arrancan en los años ochenta, con los Reagan y compañía, falsamente moralistas que priman en EE UU. (tendencia que yo definí como “marujeo psicológico”) a la hora de abordar y considerar los hechos biográficos de figuras célebres, y especialmente de escritores consagrados. En una sociedad proclive a escandalizarse de lo pequeño (la vida sexual) y no de lo grande (lo político). Son temas que Roth trata con frecuencia en su obra, y de modo sobresaliente en su obra maestra, La mancha humana.

Habla la anciana con un tumor cancerígeno en la cabeza, Amy Bellette:

«Cualquier biografía que escriba será el gran auto de resentimiento de una persona inferior. La profecía nietzscheana cumplida: el arte aniquilado por el resentimiento. Antes de que yo supiera que tenía un tumor, me hizo una visita. Fue poco después del fiasco de la biblioteca. Ya hablaba por los codos. Le serví té, y él era tan formal, y a mi tumor le parecía que hablaba con tanta inteligencia de los relatos de Manny… A mi tumor le parecía un ser puramente literario, un joven serio y educado en Harvard que no quería más que restaurar la reputación de Manny. A mi tumor, Kliman le pareció un hombre cautivador.»(…)

La misma mujer escribe al Times:

«Hubo un tiempo en que las personas inteligentes utilizaban la literatura para pensar. Esa época está llegando a su fin. Durante las décadas de la Guerra Fría, en la Unión Soviética y sus satélites europeos se expulsaba a los escritores serios dela literatura; ahora, en Estados Unidos, es la literatura a la que se expulsa como una seria influencia sobre la manera de percibir la vida. Los usos predominantes que se dan ahora a la literatura en las páginas culturales de los periódicos progresistas y en las facultades universitarias de lengua y literatura inglesas están tan destructivamente en desacuerdo con los objetivos de la escritura imaginativa, así como con las recompensas que la literatura otorga al lector de mente abierta, que sería mejor que ya no se diera a la literatura ningún uso público.

»Respecto al periodismo cultural de su periódico, cuanto más lo cultivan peor se vuelve. En cuanto se entra en las simplificaciones ideológicas y el reductivismo biográfico del periodismo cultural, se pierde la esencia del artefacto. Su periodismo cultural es chismorreo de publicación sensacionalista disfrazado de interés “por las artes”, y todo cuanto toca se contrae y reduce a aquello que no es. ¿Quién es la celebridad, cuál es el precio, cuál es el escándalo? ¿Qué transgresión ha cometido el escritor, y no contra las exigencias de la estética literaria, sino contra su hija, hijo, madre, padre, cónyuge, amante, amigo, editor o mascota? Sin la menor idea de lo que es innatamente transgresor en la imaginación literaria, el periodismo cultural siempre tiene en cuenta los falsos problemas éticos: “¿Tiene el escritor derecho a bla, bla, bla?”. Se muestra hipersensible a la invasión de la intimidad perpetrada por la literatura  a lo largo de milenios, mientras se dedica maníacamente a exponer en letra de molde, sin transformarlos en ficción, a aquellos cuya intimidad ha sido invadida y de qué manera. A una le sorprende la consideración que los periodistas culturales tienen hacia las barreras de la intimidad cuando se trata de la novela.

»Hemingway situó sus primeros relatos en la Península Superior de Michigan, así que su periodista cultural viaja allá y averigua los nombres de los lugareños de quienes se dice que fueron los modelos de los personajes de esos relatos. La gran sorpresa es que ellos o sus descendientes creen que Ernest Hemingway no los trató bien en su obra. Estos sentimientos, por injustificados, infantiles o absolutamente imaginarios que puedan ser, se toman más en serio que la ficción, porque a su periodista cultural le resulta más fácil hablar de ellos que de la ficción. Jamás se pone en tela de juicio la identidad del informador del periodista, sino tan solo la integridad del escritor. Este trabaja a solas durante años y años, se lo juega todo enla escritura, revisa cada frase sesenta y dos veces y, sin embargo, carece de cualquier clase de conciencia, comprensión y objetivo literario primordiales. Todo cuanto el escritor construye, meticulosamente, frase a frase y detalle a detalle, es una artimaña y una mentira. El escritor carece de motivo literario. Su interés por representar la realidad es nulo. Los motivos que orientan al escritor son siempre personales y, en general, ruines.

»Y este conocimiento es consuelo, pues resulta que esos escritores no solo no son superiores al resto de nosotros, como fingen serlo, sino que son peores que el resto de nosotros. ¡Esos terribles genios!

»La manera en que la narrativa seria elude la paráfrasis y la descripción, obligando así a recurrir al pensamiento, es una molestia para su periodista cultural. Solo deben tomarse en serio sus fuentes imaginadas, solo esa clase de ficción, la ficción del periodista perezoso. La naturaleza original de la imaginación en esos primeros relatos de Hemingway (una imaginación que en un puñado de páginas transformó el relato breve y la prosa estadounidense) resulta incomprensible para su periodista cultural, cuya propia escritura transforma nuestros honrados vocablos ingleses en sandeces. Si le dijeras a un peridista cultural: “Fíjate solo en el interior del relato”, no sabría qué decir. ¿Imaginación? La imaginación no existe. ¿Literatura? La literatura no existe. Todas las partes exquisitas, e incluso las que no lo son tanto, desaparecen, y no quedan más que esas personas con los sentimientos heridos a causa de lo que Hemingway les hizo. ¿Tenía Hemingway el derecho a…? ¿Tiene cualquier autor el derecho a…? Vandalismo cultural sensacionalista enmascarado como una responsable dedicación del periódico a “las artes”.

»Si yo tuviera un poder como el de Stalin, no lo dilapidaría en silenciar a los escritores imaginativos. Silenciaría a quienes escriben acerca de los escritores imaginativos. Prohibiría todo debate público sobre literatura en periódicos, revistas y publicaciones académicas. Prohibiría la enseñanza de la literatura en las escuelas, los institutos, los colegios mayores y las universidades de todo el país. Declararía ilegales los grupos de lectura y los foros sobre libros en internet, y sometería a control policial las librerías para asegurarme de que ningún empleado hablara jamás con un cliente sobre un libro y de que los clientes no osaran hablar entre ellos. Dejaría a los lectores a solas con los libros, para abordarlos como les pareciese por sí mismos. Haría esto durante tantos siglos como si fuese necesario para desintoxicar a la sociedad de sus venenosas majaderías.» AMY BELLETTE”. Pp. 163-5.
Traducción española de J. Fibla.

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