Una lectura de Joseph Conrad por Philip Roth

LOS “TERNOS” en SALE EL ESPECTRO (EXIT GHOST)

(Terno: conjunto de tres cosas de la misma especie, definición de la RAE)

Philip Roth

 ELLA: “Los ternos de Conrad. ¿Lo has observado? (…) Conseguí un ejemplar de La línea de sombra. Tú lo mencionaste, así que fui a Barnes and Noble y lo compré. El pasaje que me recitaste era exacto. Tienes muy buena memoria.
ÉL: Para los libros, para los libros. Te mueves muy deprisa.

ELLA: Escucha esto. Los ternos, el dramatismo de los ternos. Página 35, acaba de obtener su primer cargo de mando y está extasiado. “Bajé la escalera como si flotara. Crucé el pórtico imponente de la cabina como si flotara. Avancé como si flotara”. Página 47, todavía presa del éxtasis. “Pensé en mi barco desconocido. Era diversión suficiente, tormento suficiente, ocupación suficiente”. Página 53, al describir el mar. “Una inmensidad en la que no quedan huellas, no conserva recuerdo y no hace recuento de vidas.” Lo hace continuamente, y sobre todo hacia el final. Página 131. “Pero le diré, capitán Giles, cómo me siento. Me siento viejo. Y debo de serlo.” Página 130. “Parecía un horrendo y complicado espantapájaros, colocado en la popa de un barco herido de muerte, para alejar a las aves marinas de los cadáveres.” Página 129. “La vida era una dádiva para él, esta precaria y dura vida, y estaba absolutamente preocupado por sí mismo”. Página 125. “El señor Burns se retorció las manos y gritó de repente.” Entonces, uno: “¿Cómo entrará el barco en el puerto, señor, sin hombres que lo manejen?”. Párrafo siguiente, dos: “Y no podía decírselo”. Párrafo siguiente, tres: “Bien… Logró hacerse unas cuarenta horas después”. Luego otra vez lo mismo. Todavía en la página 125: “Jamás olvidaré la última noche, oscura, ventosa y estrellada. Goberné el barco”. El párrafo prosigue. Entonces el siguiente párrafo empieza: “Y goberné…”

ÉL: Léemelo todo.

ELLA: “Y goberné demasiado cansado para la angustia, demasiado cansado para pensar con coherencia. Tenía momentos de formidable júbilo, y entonces me descorazonaba espantosamente al pensar en el castillo de proa al otro extremo de la oscura cubierta, lleno de hombres aquejados de fiebre, algunos de ellos moribundos. Por mi culpa. Pero no importaba. El remordimiento debía esperar. Tenía que gobernar.”

Pp. 199-200. En traducción de Jordi Fibla, Sale el espectro, Mondadori, 2008.

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