El lumpenproletariado de la “crítica literaria”

Meses sin conexión a internet dan para desintoxicarse, de modo que cuando días atrás entré en El Cultural y tropecé con el ya famoso artículo dedicado a poner a caer de un burro a Vicente Luis Mora, constaté que las cosas en temas de cultura, y sobre todo de crítica literaria, van de mal en peor. Si cuando apagué el blog de Ocean Drive ’99 había un estado de crispación como nunca había visto, ahora nos encontramos, parece, en plena Operación Sicario.
Arranca un suplemento de alcance nacional introduciendo en sus páginas notas sobre polémicas protagonizadas por bloggueros con obra publicada, el cotarro se aviva o incluso se incendia por las esquinas. En esta fase seguimos lejos del periodismo clásico y, por supuesto, de la crítica literaria strictu-sensu, pero aún hay quien la invoca. Es amarillismo. Es la adaptación del formato Sálvame o La Noria: cuanto peor mejor. En la siguiente fase, se reseñan los libros, de poesía, narrativa, memorias, de las jóvenes figuras. Jovencísimos. Jovencísimos imitadores de la seriedad y ambiciones adultas del sector seudo-izquierdista. Es decir, imitan y perfeccionan las mejores poses de sus padres. Es una idealización. Son conmovedores, en realidad. Pero sus libros son reseñados por la plebe crítica o por veteranos y algo adormilados académicos y profesores, que cumplen su tarea con docilidad no menos conmovedora. No se van a despeinar al final de su carrera por unos cuantos libros pésimos escritos en un estilo a lo maldito homologado. A unos se les da leña suave y a otros se les adula sin prometer a ninguno un futuro esplendoroso. En el patio de la cárcel –ergo, en los blogs- los ánimos se caldean mucho más. Pero aún no arde nada. Respuestas ácidas de los autores desacreditando a los reseñistas, se señala que la modernidad no está en esos parajes –es lo más cierto de todo, hay que buscar otras revistas y otros suplementos; qué sentido tiene que comente tu libro una maruja amable o un profesor bienintencionado y gagá–.

Luego viene otra fase en que críticos de renombre y profesores universitarios que están aún lejos de la jubilación arremeten con crudeza contra esos emergentes narradores o ensayistas que resultan ser también profesores  de universidad… o directores de algún centro Cervantes en el culo del mundo. Arremeten con vehemencia pero sin argumentos críticos. Es una descarga… libidinal, que diría aquel. Somos latinos: la daga al cinto y el clavel en la boca.

Para entonces, varias cosas han quedado claras. Lo que nadie quería ver y de lo que no se quiere hablar: que el mundillo literario de izquierdas es una casta impermeable que no admite la controversia. Por mucho que diga otra cosa. A pesar de que serviría para dejar con el culo al aire a algún ensayista y a algún escritor posposmoderno. Un verdadero debate daría para mucho, y va siendo necesario. Pero sigue siendo más importante mantener la propia posición. Y seguramente, aparte de afirmar que la crítica está en decadencia, no sé si saben cuál ha de ser el núcleo duro del debate.

En esta fase, los autores emergentes han sido vapuleados y abochornados para regocijo de quienes envidiaron esa fama incipiente. Los mismos que no se sintieron abochornados por que durante toda la década de los noventa se diese bola a pésimos escritores –de ambos sexos- que ni siquiera tenían bagaje literario para hablar de su obra y lo atribuían todo a un visceralismo sentimental. Y se expresaban como si estuviesen bajo los efectos de alguna droga idiotizante.

Y por fin hay que rematar la faena. Aquí surge el sicario. Un pobre tipo que solo existe a la sombra de los jefes. Que se pavonea por las calles del barrio pues ya todos saben que está a las órdenes del mafias. Hay candidatos a patadas para cumplir la faena: darle una paliza al chulito ese que se ha creído que va a controlar la zona. Ese Vicentito de Góngora. Ese Carrión descarriado. (Nadie crea que estamos ante una polémica a lo Góngora y Lope de Vega: o solo en lo elemental, la exquisitez contra lo popular) se va a enterar. Delante de todos se lo voy a decir. Delante de todos le voy a romper los morros. Y todos van a saber quién soy yo. Un tonto que ni siquiera cobra, de eso se da cuenta todo el mundo. Un mamporrero que sale a hablar de poesía. Un lumpenproleta de la crítica literaria. Un analfabeto funcional de la crítica literaria. Uno de los enanitos que salían vestidos de torero en las antiguas charlotadas.

Al describir lo que le sucedía al hombre de letras del XIX, el crítico T. Eagleton define muy bien la actual situación, con esta intrusión de personas con título universitario  que sueltan majaderías en suplementos de tirada nacional. Escribe en La función de la crítica, p. 59.

Lo que en este momento es más problemático no es el analfabetismo, que es después de todo una condición absoluta y determinable, sino quienes, aunque pueden leer perfectamente, no son capaces de ‘leer’; quienes, aunque son capaces de leer en un sentido fisiológico y psicológico pero no en un sentido culturalmente valorado, amenazan con deconstruir la rígida oposición entre ‘personas influyentes’ y ‘multitud’. Lo que más debilita ideológicamente es una educación que no es educación, una forma de leer que traspasa la frontera entre la ceguera y el entendimiento, toda una nación que lee pero no en nuestro sentido de leer y que por lo tanto no es del todo culta ni es analfabeta, ni pertenece decisivamente a nuestras categorías ni se encuadra con toda propiedad en las demás. Es en este punto desconstructivo [sic], en esta aporía de la lectura, donde el crítico se encuentra dirigiéndose a un público que es y no es su igual.”

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