Las dos tentaciones de Habemus Papam

 

Seminaristas jugando a fútbol - Ramón Masats

Vi la película de Nanni Moretti Habemus papam, y pensé que encerraba dos tentaciones de las que había sabido guardarse. Una, según veía deambular  a Piccoli por Roma, un final buenista a lo Capra, o a lo Vacaciones en Roma: el papa, como la princesa Audrey Hepburn, asume su responsabilidad después de tomar el pulso de la calle y conocer a sus feligreses.  Por suerte, Moretti se  decide por un final audaz y más profundo.

Aunque hay quien se ha quejado de lo larga que es la peripecia futbolera de los papabile, me gustó y me pareció que tenía sentido. Durante la trama todos cambian sus roles,  como actores de una función que son. La segunda tentación, una vez se somete a los ancianos curas a un ejercicio físico tonificante que los obliga a redescubrir pasiones terrenales –y  a vengarse del encierro manejándolos como a niños- era escenificar la famosísima fotografía de Masats.

Curas en el  Vaticano

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