Filmoteca para una crisis, 4: Mi cena con André, de Louis Malle (à la fin!)

Louis Malle

Es una película poco complaciente con el espectador, que tiene que contentarse con el juego de dos personajes que conversan sentados a la mesa de un restaurante de lujo. No se trata de una conversación mundana, ni siquiera profesional. Los protagonistas actúan en su propio nombre, el director Andre Gregory y el actor  Wallace Shawn, famoso por su gracioso y breve papel en Manhattan, el famoso Jeremías, ex marido y profesor de Diane Keaton, anticlímax del relato de virtuosismo sexual con que supuestamente la mantuvo dominada durante su matrimonio… También aparece durante apenas unos minutos en All that jazz, en calidad de contable tecleando compulsivamente una calculadora. Es el antigalán por antonomasia. Por eso retenemos su cara. (Es, sin embargo, para el público aficionado al teatro una figura respetada: aún en los 2000 continúa subiendo a escena en Nueva York).

En Mi cena… Shawn interpreta el papel de actor en periodo de crisis; para pagar facturas, su mujer se ve obligada a trabajar en un restaurante de noche. Residen en Nueva York, en los mismos barrios donde transcurrió su infancia. Se dirige a una cita con un viejo amigo, famoso director de teatro al que no ve desde hace mucho y de quien le han contado inquietantes anécdotas que ponen en duda su equilibrio mental.

Es difícil calcular con exactitud la edad de ambos. Podrían estar al final de la treintena y de los 40 el otro, lo cual equivale, en términos tanto de aspecto como psicológicos, a los 40 y 50 años respectivamente de hoy.

Se trata en definitiva de un encuentro entre Don Quijote y Sancho Panza. La figura larga, hidalgueña, la elegancia y la elaborada sensibilidad del director de teatro Gregory se ponen en contraste con la figura rechoncha, materialista, cercana, simpática, y la posición económica del actor. El director relata una crisis personal y creativa que le lleva a experimentar una sucesión de emociones en distintos escenarios, ligados tanto a montajes teatrales sin texto –en las condiciones que entroncan con el teatro vanguardista de los años setenta, tal vez también hijas de los 20 y 30, conectado con las primeras vanguardias y el surrealismo–, bien guiadas por él como a otras experiencias iniciáticas derivadas con más o menos rigor del chamanismo y culturas primitivas diversas. Se dice que son experiencia autobiográficas; personalmente, el detalle me es indiferente. Sí es relevante que el guión es obra de los dos intérpretes.

La conversación –es interesante el momento en que Gregory conecta con lo que su interlocutor narra y la película entra en velocidad de crucero; el escepticismo del actor nos representa- se interrumpe solo cuando el camarero interviene para ofrecer la carta, traer y retirar platos… Una figura de anciano, seria, amable y experta, parece cumplir una función mítica: mide el tiempo; el detalle es importante dado que el tema de la conversación subraya una suerte de antipresencia del individuo –el director en crisis— de la realidad cotidiana. Recorre varios países, desde Polonia a África, participa en performances, se lanza de cabeza.

Por otra parte, el restaurante de lujo, donde el director de teatro invita al actor en paro, contribuye a sugerir que este patricio que es el director se regala experiencias sensoriales no ordinarias. Trae a su terreno al actor, pero una vez allí –Shawn escoge un menú poco arriesgado— le muestra cómo hostiga su insatisfacción de hombre que lo tiene todo, y en qué grado esa exigencia no es trivial sino que determina la profundidad de sus propuestas (sobre todo escénicas).

En cierto momento, mediada la película, me dije, bueno, ya basta, qué más quieres, es la vida o nada. Y dado que ésa era la idea que el director Malle pretendía sugerir, a continuación el protagonista narra una experiencia próxima a la muerte, absolutamente terrorífica, que le lleva a reaccionar aferrándose a la vida, sacudiéndose la vanidad de sus exigencias, su distinción, su desapego urbano.

El teatro del que se habla aquí probablemente tiene que ver con el teatro pánico de Jodorowsky, de Grotowski, y de Arrabal, con las técnicas que llegaron a poner de moda entre la clase media los cursos de “expresión corporal” –una forma diluida de búsqueda del yo, típicamente devaluación middle-class de las experiencias de vanguardia–, con la constelación de ideas de los setenta que pretendieron romper con la dictadura y la mística del texto y sentir –el método Staniskavsky popularizado por Strasberg–, con la ruptura de las jerarquías actor/público. En época de guerra e imperialismo norteamericano rampante –primeros años ochenta, cuando la derecha americana recoge sus frutos–, surgen estas formas de escapar del yo concebido según los patrones de la posguerra, formas de solidaridad con los movimientos emancipadores de los setenta, coartadas quizá.

El grado de exigencia del personaje está condicionado también por el horizonte de su posible satisfacción. El actor modesto de Mi cena con André seguramente tiene pocas ocasiones de disfrutar de un escenario como el restaurante donde se reúne con su viejo amigo. El placer estético y sensual de la comida es para él elevado y seguramente le predispone a escuchar amigablemente lo que, sentado en un Macdonalds ante una hamburguesa BigMac con patatas y una cocacola supergrande, tomaría como una chaladura pretenciosa de un muerto de hambre (su igual).

Las experiencias de tensión sobre su propia resistencia –mental y emocional- que se autoimpone el director dan fe del rigor y la seriedad de su trabajo como artista, tanto como las respuestas que obtiene de las personas con las que entra en relación durante esas pruebas. Pero es fácil pensar también que su condición de doblemente privilegiado –social, profesional— le predispone a manifestar esa forma de inautenticidad que implica buscar algo distinto en una época en que buscar lo auténtico y distinto está a la moda.

Sin embargo, lo que viene a decir es que cualquier viaje, no importa qué lo motiva, siempre genera un cambio.

Una de las frases más interesantes de la película es aquella en que refiere una conversación con un anciano acerca de Nueva York. Los neoyorquinos, dice aquél, han convertido la ciudad en su propio campo de concentración, dicen que quieren escapar de NY pero nunca lo hacen. Presos y guardianes a la vez en un territorio que de ningún modo es autosuficiente. Todas estas simbologías ocultas son las que trata de desenmascarar nuestro Quijote, en un viaje de varias dimensiones.

 

En contraste, pero coherente con la trama, la tensión y el experimento que propone Louis Malle es una forma de anti-cine: una conversación, la palabra con la acción reducida al mínimo, la música ambiental, una cámara que no alardea de nada. La promesa de aburrirnos.

No obstante, el guión deja una puerta abierta, no a la frivolidad sino a encararse con la plácida experiencia de lo cotidiano, de lo que siempre es igual a sí mismo. De vuelta a casa tras la cena, el actor circula por las calles que conoce desde su infancia. Resulta extraño pensar en un Nueva York para niños, es decir con el tipo de decorado donde ancla su memoria un chaval, siendo como es, desde hace tanto (como sucesivamente lo han sido París, India, Tokio, Berlín), el lugar donde ocurren las cosas interesantes, el escenario de fantasía para el éxito de miles de jóvenes adultos y de burgueses maduros puerilizados.

 El Sancho de la película se deleita en sus deseos y satisfacciones elementales, aunque seguramente ha comprendido o intuido que esa forma de persistente seudofracaso profesional que es su vida es una experiencia-límite que él mismo se ha impuesto y, en cierto modo, simétrica a las aparentemente sofisticadas de su amigo André, el hombre que abrazaba árboles y llegó a dejar que lo enterraran vivo antes de poder reunirse con sus semejantes.

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