En busca del tiempo … perdido presente

 

Roma, Plaza de España

Mientras envío imágenes de peso, tarea que se alarga durante más de 4 horas, navego por la red y me entero de que Josep Ramoneda, el dire del CCCB, ha sido cesado o va a ser cesado y se rumorea que alguien ligado al Grupo Godó podría sustituirle. No soporto el discurso nacionalista de Ramoneda –se adivina lo que me gustará el del relevo–, que me parece estropea esa voluntad suya de jugar las cartas de analista independiente.  Días atrás pensaba yo que no tenemos, o no sé yo que abunden, el tipo de pensadores a la francesa, aunque sin duda Ramoneda responde al modelo, también en su atuendo -camisa desabrochada a lo Bernard Henry-Lévi, chaquetas sueltas y andares largos–. Pensamiento de ideas para los hombres, más que para los partidos, un pensamiento más agitador que el que, creo yo, viene poniendo en circulación el CCCB, que es pensamiento que ha alcanzado una estabilidad, una consideración y puede presentarse como pieza, inevitable, de museo, ya elaborada, ya presentable, exportable.  El tipo de experiencia es interesante, hace que alguien que viva en barcelona no se sienta desligado de las corrientes que circulan por aquí y por allá –aunque sea para descubrir que en Berlín, Shangai y Cochabamba se ven las mismas expos y se admira a las mismas celebrities de la cultura–, pero nunca me ha parecido perturbadora, o desasosegante o inquietante. Falta ese movimiento secreto, el vértigo o la grieta. Como todo lo que ha hecho el psc desde la época Maragall, tiene ese tufo de élite, de diseño y plancha, a sueldo alto con pluses, ese tufo a universidad de prestigio y máster en inglés, y sobre todo, a esa constante celebración del riesgo y la provocación como mito y pasado…

Entretanto, he estado releyendo títulos con vocación de clásicos, y otros  que se han pegado a la espalda de un clásico como esos chavales que salen de juerga con  los bolsillos vacíos y sin perder de vista al que paga  las copas, para encontrarme interesantes reescrituras de En busca del tiempo perdido. Lo sé,  lo sé, es el huevo de Colón, y las gallinas ponen huevos a docenas, pero… Cabrera Infante fagocitando a Proust en Tres tristes tigres,  o las muchachas en flor del burdel de El pasado  recreado por Pauls, y el más alegre e irreverente, chaval con los bolsillos vacíos en fiesta  de ilustres encorbatados, con música de telefonino y amenaza islamista, el  Justo Navarro de Finalmusik.

 

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