El intelectual melancólico, de Jordi Gracia o el estropicio de la crítica literaria (made in Catalonia)

Con impresionante rapidez de reflejos, Jordi Gracia (1965) publica un ” panfleto” en la colección Argumentos de Anagrama titulado El intelectual melancólico. Hablo de reflejos porque se trata de una respuesta breve a Adéu a la universitat, las memorias que Jordi Llovet (1947) publicó meses atrás en Galaxia Gutenberg –donde, según las notas de prensa que me envía la editorial, interviene como jurado en su premio anual de Ensayo, el cual (no extrañará a nadie) suele recaer en sujetos perfectamente desconocidos, circunstancia de la que ha de deducir el periodista la seriedad y rigor del fallo. Gracia no menciona a la diana principal de su diatriba contra la “melancolía narcisista” del profesor que solo encuentra en el presente la piltrafa de un pasado de sólido humanismo, pero la pintura que hace de él y las alusiones a sus tótems, iconos y otros hitos no se presta a equívocos.

Así (p. 20):

“Se siente protagonista de un final prematuro, como si la sorpresa de la edad hubiese entrado en casa para desarmarlo y descoyuntarlo sin fuerzas para rebelarse. Se le pone la mirada vidriosa y patética de Aschenbach encarnado en Dirck Bogarde cuando sigue con la vista en la línea del mar los movimientos pueriles y huecos del Tadzio asexuado de Muerte en Venecia. Venecia o París, o Viena o Berlín son una secreta memoria fabulosa porque en ella leyeron el artificio de la melancolía cuando todavía no eran melancólicos, cuando disfrutaban la melancolía como fábrica ajena y no como mortificación biográfica.”

Ambos son catedráticos de universidad y ambos son catalanes. Gracia ha logrado la cátedra de Literatura Española a una edad más temprana que Llovet logró la suya en Teoría Literaria (detalle que bastaría para explicar el balance optimista de Gracia). Sospecho que el panfleto de Jordi G. tendrá tan poca repercusión y suscitará tan escaso debate como las memorias de Jordi Ll.

Es más que probable que cada uno coseche las palmadas y aprecios que tenían ganados de antemano. El panfleto de Gracia no se ciñe exclusivamente a Llovet, aunque él, probablemente con Argullol, conforma el modelo de intelectual que se siente defraudado por el signo de “los tiempos”, el presente declive y la escalada de vulgaridad en que estamos anegados según describe aquí.  Sin ser una respuesta punto por punto a las críticas que Llovet hacía a… todo en realidad, incluidos los temas elegidos por los estudiantes para elaborar sus tesis, Gracia responde con una defensa del presente y se burla de la curiosa coincidencia entre el surgimiento de la melancolía en el intelectual humanista y el ocaso de su “edad fecunda”, que puede ir pareja con la hora de su jubilación.

“Hay una parte de verdad que es vieja como la misma noción de actividad intelectual; lo deplorable es utilizar una parte de la verdad para enunciar una verdad entera que se hace doblemente falsa. Entre las rutinas más cómicas y celebradas del intelectual melancólico está el inventario de los temas de estudio de los universitarios actuales”. (p. 72)

Apenas estos apuntes ya dan idea del contenido del panfleto. De un lado, hay una clara intención polémica y, llamando la atención sobre el carácter reaccionario, narcisista, de las críticas realizadas por el “intelectual melancólico”, pretende aglutinar a una mayoría de lectores mejor o peor instruidos en literatura y estudios culturales, y también más o menos sensibles a la urgencia de definir el calado que han de tener, o mantener, los programas universitarios de Humanidades.  La intención no es objetable, al menos para mí, y cuando descubre sus accesos de melancolía porque se pregunta para qué sirve su trabajo, puede ser ingenuo apresurarse a simpatizar con el “pobre” profesor universitario que se obliga a leer el presente como punto inserto en un caudal infinito de irrefutable progreso . Así:

“El melancólico incurre entonces en un injustísimo y rencoroso reaccionarismo porque se vuelve incapaz de evaluar el progreso real y social, masivo, de la población de Occidente”.  Y, como respuesta directa a la burla que Llovet no deja de hacer sobre la especialización en literatura ¡de mujeres! –donde tan bien puede caer la boutade lacaniana “la mujer no existe”–, Gracia añade:  “Olvidan que la conquista social más importante de los últimos doscientos años tiene que ver con una emancipación masiva primero de clase […] y después de género, porque sólo en el último medio siglo en Occidente las mujeres habitan bajo las mismas condiciones civiles que los hombres”.

Digo que puede ser ingenuo porque, incluso cuando Gracia realiza un recuento amplísimo de tendencias culturales de hoy, según él plenamente defendibles –que, por supuesto, promueven tantos colegas suyos que, como él, se prodigan en diarios, revistas, programas de televisión, de radio, seminarios y antologías–, y subraya que el tipo de crítica con que el melancólico reaccionario machaca este presente que lo ignora es el síntoma de un enfrentamiento de clases disfrazado de todo lo demás –todo eso con que Llovet adereza sus memorias o Argullol*** o Marías sus artículos o aquel otro sus conferencias…–, carece de esa valentía o de la temeridad del que no tiene otro lugar de batalla ni otro refugio que su palabra.

Este panfleto no tiene la profundidad de ideas, ni la complejidad ni el riesgo que pudiera acallar definitivamente el plañido del intelectual aristocrático y reaccionario. Sí muestra la sensatez de constatar el progreso social “a grosso modo”, pero no le quita la razón a lo único en que Llovet tiene razón (o Argullol) cuando acusan la devaluación de los fines de la universidad en su compromiso con la “alta cultura”. ¿Por dónde falla la respuesta de Gracia?

Falla al situarse en ese lugar intermedio de la “ética” del profesor comprometido con los logros de la España de la Transición, la España en la que ha madurado y conseguido su puesto de catedrático. Contrapone su origen de clase media con las veleidades aristocráticas de los intelectuales melancólicos, que parecen moverse en un circuito cerrado de instituciones culturales ajenos al torbellino de la calle. Naturalmente, es falso que los melancólicos circulen solo en ese perímetro de arquitecturas consagradas por la cultura (museos, universidades, teatros) y ahí falla la argumentación de Gracia.

El estropicio que se ha hecho en la crítica literaria española resulta de ser una pelea falsa sobre elementos falsos. Ya se vio con el caso Echevarría y su extraño discurrir a fecha de hoy, donde IE se presenta como el último superviviente de una civilización extinguida. La discusión entre melancólicos y entusiastas está planteada por los dos “bandos” sobre elementos que yo llamaría diurnos, sobre aspectos que parecen estar a la vista: conflicto de clases, de género, de ideología. Aspectos que han sido sobradamente analizados y bien definidos –Eagleton , muy cáustico en La función de la crítica al describir la amable marginalidad que la alta cultura tolera como lugar propio, dentro del “capitalismo tardío”, subraya su papel de “excedente”, de “residuo propiamente marginal que marca el límite donde esa sociedad encuentra y destierra sus propias ausencias neutralizadoras”.

La frase, escrita en jerigonza teórica, significa lo que desde sus trincheras respectivas han escenificado con tanta convicción Llovet y Gracia: que el tipo de angustia que la realidad social exuda –ya que no siempre manifiesta abiertamente–  como síntoma de unas carencias y unos conflictos reprimidos, encuentra en los discursos humanistas –y el de los dos catedráticos catalanes lo son por igual– un desahogo, pero no una solución. En la práctica, el panfleto de Gracia sirve para confortar la posible angustia que provocaría el lamento de Llovet sobre el lugar vacante de la alta cultura. Viene a tranquilizar a la sociedad sobre un relevo generacional, que además es masivo. La tranquiliza, además, sobre la naturaleza democrática de este relevo al contraponerlo con la naturaleza y voluntad autoritarias y excluyentes de las premisas de un Llovet.

En este sentido, y en definitiva, es de lo más curioso lo complacientes que son ambos discursos, el canto crepuscular de Llovet y el aria al sol del mediodía de Gracia. Deleueze –no soy experta, que conste– habla de umbrales de tolerancia, de cruces de líneas, de flujos, habla de sexualidad y de deseo de la persona, y anima a desprenderse de toda “sublimación idealizante”, y ése es justo el defecto y el escollo donde embarrancan los dos.  Los dos, petrificados como estatuas en la “sublimación idealizante” de su condición de catedráticos de universidad, eluden ir a la raíz de la melancolía.

***No hay que decir que yo no considero a Rafael Argullol un reaccionario melancólico ni pierdo mi tiempo incluyéndolo en ninguna categoría caricaturesca.

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