Renacida, de Susan Sontag


DEL SABER Y DEL DOLOR EN BRUTO

El morbo que acompaña a la publicación todo diario íntimo está ligado a la revelación de algún secreto; un rasgo oculto, y por fuerza vergonzante, de la personalidad de una figura pública es un botín al que ningún editor puede renunciar. Susan Sontag (1933-2004), siendo una respetada y sesuda ensayista, icono de la izquierda comprometida de los años 60, podría quedar a salvo de esta curiosidad. Pero en los años 90, la autora de Contra la interpretación y La enfermedad y sus metáforas volvió a primera línea de visibilidad con su activa denuncia del cerco a Sarajevo durante la guerra de los Balcanes; su punzante reflexión acerca de la fotografía de guerra en Ante el dolor de los demás tuvo un colofón en las imágenes que su pareja, Annie Levobitz, tomó de la agonía de la escritora, afectada por un cáncer sanguíneo. En una discutida –aunque comercial por su emotividad— decisión, es David Rieff, hijo de Sontag y del sociólogo Philip Rieff, quien propone una primera intervención en los profusos diarios de su madre. Sontag no dejó instrucciones, pero ya había vendido sus archivos a la Universidad de California, de donde deduce Rieff que debe adelantarse a otras ediciones, quizá más arbitrarias o despiadadas.

Sin embargo, cuando Rieff advierte con tino que “la confianza en uno mismo es una constante en la conciencia de quienes destacan en el mundo, pero las formas que adopta esa confianza están determinadas culturalmente y varían de un período a otro”, y atribuye a Sontag un conciencia decimonónica: ensimismamiento, falta de ironía, y una condición de juzgadora inagotable, plantea unas coordenadas de lectura plausibles y sesgadas.

Arranca con notas de sus 14 años, donde, con la explosiva arrogancia de las inteligencias precoces, declara no creer que haya vida tras la muerte. Se cierra en 1964 con un aforismo que plantea la equivalencia entre su avidez intelectual y su avidez sexual. En medio, la exploración de su homosexualidad, pletórica de adolescente y con tintes masoquistas en sus veintitantos, con las castigadoras Harriet e Irene, el fracasado matrimonio y la maternidad, todo no narrado sino destilado en aforismos, reflexiones, sentencias, listas de cosas por hacer y libros por leer. Un buen diario ha de ser potente, excesivo, poliédrico y contener imágenes de su época, también –nadie que apueste por la sinceridad será autoindulgente– debe conmover. Estos diarios tempranos tienen todo eso.

RENACIDA, Diarios tempranos, Susan Sontag, 1947-1964, trad. Aurelio Major, Mondadori, 2011 [hasta aquí, publicado en Culturas-La Vanguardia, 17/08/2011]

El diario de Sontag es, como cabe esperar, varios diarios de varias vidas simultáneas. Casi cualquier vía de exploración daría frutos interesantes, como ficción de la escritora… que se vería contradicha por otra selección paralela de acontecimientos. Hay, desde luego, la ficción de la escritora lesbiana, de la que pueden hablar mejor que yo otros lectores,como cuando ya en 1958 escribe:

«Mi deseo [SS primero escribió “necesidad”, lo tachó después] de escribir está relacionado con mi homosexualidad. Necesito la identidad como un arma, para igualarla al arma con la que la sociedad me amenaza.» p.217

pero como un caparazón por encima de esa ficción está la novela de la mujer casada. La que en enero del 51 arranca con una nota que nada sola en la página… y que es, quién lo duda, un énfasis del editor-hijo más que de Sontag:

«Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción.»

En el 58 anota los frutos del fracaso matrimonial:  «Además, aprendí muchos hábitos empobrecedores de Philip. He aprendido a ser indecisa. He aprendido a hablar con redundancia… […] me persuadió de su idea del amor –que alguien puede poseer a otra persona, que yo podría ser una extensión de su personalidad y él de la mía, como David lo sería de ambos. El amor que incorpora, que devora a la otra persona, que corta los tendones de la voluntad. El amor como inmolación de la identidad.» p.202

Dos detalles son interesantes aquí: cómo culpabiliza al marido de su propia decisión de aceptar el matrimonio. El otro, el grado de sumisión a la época y a la imagen de la mujer casada de los años cincuenta… tan presente como reacción en los años setenta, y que caracteriza bien Michael Cunningham en Las horas, en el papel que interpreta en el cine Julianne Moore. Ese protofeminismo desesperado que aún no ha tomado cuerpo en teoría política y se manifiesta en acciones dispersas: cierta cantidad de mujeres casadas escapan de sus casas.

Está la novela de la erudita, de la madre, de la psicoanalizada enmadrada…

Y aun otro libro posible, que brota al paso del lector: un libro de poemas casuales elaborado con listas. Como:

«Encontrar, construir un fortín.

Sidney Lidz («el sr. Lidz») y su cara torcida.

El tío Ben con traje marrón.

El sótano del manicomio de Verona [Nueva Jersey]. El olor de la orina.

Dormir con una Biblia bajo mi almohada de pelo de caballo…»

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