Filmoteca para una crisis 4. Una (morrocotuda) crisis existencial: Mi cena con André, de Louis Malle (y bonus: En el trineu de Schopenhauer, de Yasmina Reza)

Aparentemente, poco o nada tienen en común la película de Louis Malle –rodada en Nueva York, dentro ya de su época americana– con la pieza teatral de Yasmina Reza. No me detengo ahora en Mi cena con André, maravillosa película que parece imposible hacer hoy, porque es la filmación de una larga conversación entre dos viejos colegas, un actor de cine y un prestigioso director de teatro vanguardista.

Quizá es que lo interesante sea hablar de la cena con André después de pasar por Yasmina Reza. A estas alturas ya quedó claro que si un tema me intriga, no cejo hasta deshacer mentalmente la madeja, por poco que sea. El tema que no deja de intrigarme es el llamado Caso Althusser y la repercusión del hecho entre la “intelligentsia” occidental. Ya he comentado varias veces que cuando he visto alguna referencia en España al crimen cometido por Althusser sobre su esposa, ha sido una nota trivial, probando que un conjunto de nombres funcionan como marcas con los que algunos se visten, y que no dudarán en desprenderse de ellos por poco que quedan manchados de alguna manera, o pase la temporada.

Se supone que lo que hace el filósofo o el escritor es buscar la última verdad –buscarla al menos–, pero más fácil es descalificar al que ha cometido un acto inexplicable.

En el trineu de Schopenhauer –encontré una versión catalana de Ramón Faura–, Yasmina Reza (1959) se detiene justamente en la repercusión que el crimen cometido por Althusser tiene sobre un discípulo suyo y sobre el entorno de éste, paralizado por una profunda crisis.  Este discípulo es Ariel Chipman.

La obra se divide en ocho monólogos, en los que intervienen la mujer de Ariel, Nadine, un par de amigos de nombres rarísimos, y la psiquiatra que atiende al filósofo deprimido. Tengo la impresión de que el éxito de Yasmina Reza tiene que ver con su manera de subrayar en qué medida se vive preso de un orden simbólico más o menos establecido socialmente y ella lo aguijonea y lo sacude probando que se trata menos de un conjunto de creencias supersticiosas cuanto de muletas, sólo  útiles durante cierto tiempo.

Así, en Art, varios amigos pelean por un cuadro… blanco y ponen en solfa el gusto moderno, la función del dinero dentro del grupo, o la misma amistad.

En En el trineo de Schopenhauer, Reza señala con el dedo el ocaso de la gran filosofía francesa de lo sesenta y setenta –si una etiqueta tan ampulosa vale para definir a los revulsivos sucesores de los existencialistas–. Ariel Chipman está destrozado por la locura de su maestro. La locura vendría a ser el agujero negro, el más allá de la inteligencia –aunque, como demostraba la Roudinesco en su ensayo, se trata de un verdadero acá de los hechos para quien acierta a examinarlos con el mejor escalpelo–; el acto contradice su fe en la filosofía, en el orden sobre el mundo, en el mundo de las ideas.

Entonces, naturalmente, el caos se adueña de todo, y así entran en escena tanto la mujer, cansada y alarmada por la reacción del marido, que tiene ganas de coquetear y de sentirse viva, de salir de fiesta, como los amigos, que parecen idiotizados por el consumismo, las prestaciones del nuevo Nissan, pero quizá no lo estén tanto.

El caso Althusser es un pretexto impresionante, pero lo es para decir que la generación post-Lacan, post-Deleuze, post-Foucault, está muy por debajo de los maestros. Son los eternos discípulos o delfines, lo han fiado todo a la fe en sus gurús, acusa Nadine. Están aplastados por la figura y las obras de estos héroes. Son, qué paradoja, hijos de padres estériles. Y no resultaron ejemplares en el punto esencial que la filosofía debiera examinar:  la muerte. Unas muertes tan desastradas –suicidios, como Deleuze, enfermedades sórdidas, como Foucault, accidentes irrisorios, como Barthes y, el no va más, locura y crimen, como Althusser– invitan a preguntarse si, francamente, la filosofía no es una peligrosa afición.

En medio del espanto, se cuelan la vida instintiva, el impulso dinámico de decir “aquí estoy yo”. Todos, incluida la psiquiatra, que cierra con un monólogo estupendo la obra, ofrecen, contra la muerte inexplicable acercándose al galope, la nueva filosofía banal, el hedonismo, las pequeñas satisfacciones que el cuerpo, o la piel, atesoran casi rapazmente: unos zapatos, un flirt, unos colores vivos para alegrar el ánimo, la velocidad de un Nissan fruto de la alianza de dos países punteros. Es decir, una dirección de vida “que dará paso a una moral tolerante, pluralista, con sentido del humor, alegre”.

Y al contrario de los lúgubres y peligrosos discípulos de Lacan, con esos silencios como tumbas abiertas,  la psiquiatra invita a un carpe diem militante (tan difícil de mantener a poco que tropieces con dos adictos a la depresión). Un poco de frivolidad viene bien. El cuerpo no puede esperar, dice. El bonito vestido no puede esperar…

Aunque, ay, es la dejadez la que trae consigo la desgracia. Confieso que nunca esperé ver por escrito lo que siempre he pensado de las batas de andar por casa y que es exactamente esto:

«Per qué portes aquesta bata? Jo t´ho diré, et mostres amb aquesta indumentària sinistra i deixada per pura coqueteria. Perquè vols mostrar-te lleig i calamitós. Fins i tot ara em van venir ganes de riure. No ha sigut fins ara, però, que m´ha semblat veure’ t reafirmat en la teva actitud, com si el teu ser en tingués prou a mostrar-se gelatinós, sense el menor rastre de virilitat ni d´erotisme. Aquesta bata, l´amistat m´obliga a dir-t’ho, t´embrut. T´arrossega cap al no-res com ho fan, d´altra banda, i si em permets l´opinió, totes les bates. Les bates són una bogeria, qualsevol que es posi un bata es xuclat pel no-res, és així. Les bates són dolentes, tant és quina forma tinguin, amb quin teixit estiguin fetes, els colors emprats. Bolonerat es va penjar en bata, Lucien Gross va tenir l´atac en bata, Althusser va matar la seva dona en bata i la mateixa Hélène portava una bata, i així podríem continuar. Si no és que ets en Roger Moore fent de Simon Templar, les bates t´arrosseguen directament a la catàstrofe“.

Ed. Empúries, pp. 62-63.

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