Filmoteca para una crisis 2 – La crisis de la página en blanco: Rich and Famous, de Cukor

La última película de Georges Cukor, de 1981, cuando el director contaba ya 84 años, con Jackie Bisset y Candice Bergen (mujer del director francés Louis Malle) cuenta más de lo que pareciera en un primer visionado. Una vez superada la tentación de decantarse por una versión de escritora, la que interpreta Bisset –la intelectual bohemia, respetada y exigente, que tiene amantes jóvenes, apasionados y ocasionales, o sale con otros escritores neuróticos e indecisos, bebedora empedernida– o la de Candice Bergen –una grafómana autora de best-sellers repletos de chismorreos,  trapos sucios sobre el mundillo del cine o la familia y condimentada con los valores tradicionales del Sur americano–, se abre otra vía de interpretación: la de ver a Candice Bergen como la sombra, según lo define Jung, de Bisset. La mujer casada con un apuesto centífico que reside en Malibu pero que secretamente ambiciona ser una escritora famosa, y tan interesante como su mejor amiga, hace estallar los esquemas de la amistad que habían mantenido las dos mujeres desde los años de universidad –la película arranca así, cuando se despiden, con 20 años, de noche porque Bergen abandona la fac de letras para unirse a su prometedor científico–.

Durante su viaje a Malibu, para conocer la maravillosa vida de su amiga, aprovechando una conferencia en UCLA, vemos que Liz, la escritora neoyorquina, ha convertido su bloqueo literario –se hizo famosa a los 20 años con su primera novela, al estilo de una Clarice Lispector, pero se ha estancado en su segunda pieza– en un coqueteo histérico, en un bucle insano, que podría eternizarse de no ser porque Merry, la amiga casada, aparece con un novelón dedicado a narrar las andanzas y secretos de la fauna del cine, sus vecinos; novelón que ha escrito en las pausas que le deja el cuidado de su familia. La súbita competencia de su amiga dispara resortes de alarma en Liz.

A Liz le “revuelve las tripas” la historia que su amiga le lee a lo largo de la madrugada. Mantienen la primera de sus muchas y antológicas discusiones, que vertebran la trama y equilibran un argumento con considerables dosis de ironía, de comedia romántica y sátira social.

Entendiéndolo a la manera junguiana, el éxito de Merry con una novela de sentimientos vulgares y morbo barato localizado en un ambiente chic, pone en evidencia los puntos débiles de la estructura que la sostiene, bien sea el matrimonio con el científico o su amistad con la exquisita e inestable Liz. Ocurre a menudo descubrir que el entorno se resiente de cualquier amago de ampliar el propio radio de acción, y que empleará toda clase de argumentos, incluso los más rastreros, para conseguir que nada cambie, especialmente si el elemento rebelde funcionaba como cómodo hombro o paño de lágrimas.

El éxito arrollador de Merry, que es el personaje secundario de Ricas y famosas, dentro de un argumento volcado en la figura de la Bisset, descubre, por su irrupción imprevista, rincones oscuros y plantea un desafío.

Resulta más fascinante si se entiende a Merry como la cara oscura de Liz, como su propia imagen reprimida: los sentimientos facilones, el egoísmo instintivo, los valores tradicionales del matriarcado de los estados del Sur, el deseo de conquistar a un público mayoritario, la conformidad con el main-stream, con la economía sexual de la pareja estable. Porque Merry, entre los trastos y ocupaciones como ejemplar ama de casa, encuentra tiempo para escribir, ganada por el deseo imperativo de revelar lo que la gente normal ignora de los dioses del cine, envuelto en los algodones de la condescendencia característica de la personas (que creen ser) poco complicadas.

Por su parte, Merry ha de “conquistar al público masivo” antes de, como ganadora compulsiva, domar a la crítica literaria para descubrir, una vez ésta se le rinde con un premio compartido con… una autora negra, que su ambición se nutre (y la corrige) de la más auténtica ambición literaria de Liz. La aparente facilidad de su inspiración también se beneficia de la “tortura intelectual” de su amiga, con el  paradójico resultado de que, conforme se interna en el quehacer literario, la literatura se convierte en un instrumento de análisis que la fuerza a pulir la vulgaridad de su mirada sobre el mundo.

Por aquí y por allá pueden leerse afirmaciones completamente falsas sobre el film:

* Cukor estudia un caso de ninfomanía –las aventuras de la bohemia Liz– .

* trata de una amistad entrañable entre dos escritoras.

El guión que Cukor dirigió cuenta, de hecho, los estertores de la gran oleada de ruptura progresista de los años 70 –simbolizada en la figura de Liz y en sus escarceos amorosos anticonvencionales– y el advenimiento de la época conservadora y puritana presidida en Estados Unidos por Reagan (llegó al cargo en 1981, año de estreno de la película).

Si pensáramos por un momento que la película va destinada exclusivamente a los escritores y que éstos han de verla desde su condición de escritor, olvidado el momento cine y palomitas, mitomanía en sala oscura, etc., no sería difícil concluir que Ricas y famosas habla de la ardua lucha de una  escritora para ser auténticamente moderna. Que la exteriorización de una tentación o una fantasía que amarga a todos los (verdaderos) escritores, encarnada en Merry: la celebridad y los miles de dólares, el hit-parade de ventas gracias a ingredientes estereotipados —TRASH! TRASH!, le espeta el marido a Merry, sobre sus novelas–, subraya las concesiones que debe hacer una autora experimental que se siente parte de la gran tradición: hace que suene snob, pero lo significa todo: “como dijo mi amigo Yeats”, marcando así una interlocución íntima y en clave.

El tópico del escritor alcoholizado tiene aquí ribetes cómicos, pero ofrece un lado más interesante, como reverso a las adicciones socialmente censuradas. La fragilidad de la mujer, que ha de recurrir al biberón, para escribir y para soltar lastre en las discusiones con su alter-ego. La lucha por ser moderna significa hallar la propia voz inequívoca, intransigente; como en los ritos chamánicos, abrir unas puertas obliga a cerrar otras. Drogas, alcohol o sexo son tópicos occidentales y, como me dijo una vez un amigo, uno escoge entre lo que tiene a mano (no siempre hay grifa afgana, por resumir) pero, rebasado el consumo lúdico, supone la persecución de una elocuencia o una presencia pura –pura en el sentido juanramoniano, misteriosa en su simpleza, como la del chaval que la seduce en la calle, — procurando no quedar atrapado en el medio utilizado. (No vale hacerse heroinómana, cocainómana, pastillera, alcohólica o misántropa y olvidar qué se buscaba.) La tendencia de Liz a traicionarse  queda patente en la torpeza con que estropea su relación con el joven periodista del Rolling Stone, que es quien le había hecho ver hasta qué punto había logrado como novelista –tras por fin su segundo libro– interesar a un público progresivamente fascinado por la imagen … Precisamente el episodio en que entra la nueva generación, con Meg Ryan como adolescente hija de Candice Bergen, con su impagable novio portorriqueño y sus performances de atracos a licorerías, está orquestado como la típica comedia de enredo con personajes imprevistos entrando y saliendo, donde la novelista asume con paciencia infinita las exigencias del género literario en que está inscrita su vida.

Claro está, no creo que Cukor hable aquí de ninfomanía. Habla de las ambigüedades de la liberación sexual, del precio a pagar en la cultura de clase media americana, abocada al cinismo yuppie. El final –cuando la desengañada Liz planea viajar a las islas griegas y seducir a viriles pescadores que no hablen inglés ante la escandalizada Merry, que se apunta al plan– repite da capo el tema de la película, la búsqueda del ser esencial como exigencia última del escritor. No por nada sueña con viajar a la cuna de la civilización europea.

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