Adversarios admirables –Eagleton vs. Hitchens — o El agente doble cultural

Tiburones o algo así — DAS PASTORAS

La pasada semana, Radar publicaba en anexo al comentario a las memorias de Christopher Hitchens la “reseña ferocísima” que el crítico Terry Eagleton dispensaba a su antiguo amigo y colega .

Las dos caras de Hitchens nos descubre que se trata de un ejemplar que abundó en los años sesenta y setenta en el orbe occidental –entiéndase: Europa y América–: la de los chicos de familias bien que quedaron seducidos por el discurso progresista y revolucionario y emprendieron la conquista del Olimpo izquierdoso con las maneras propias de su clase. Educados para ocupar los altos cargos de la élite conservadora, decidieron, aquejados de un Edipo de las dimensiones de su vanidad, ser las figuras renombradas de los partidos socialistas, comunistas, etc. Personas que conforme pasan los años olvidan sus veleidades radicales y regresan al redil aristócrata y que, en su regreso, descubren a los ingenuos que siempre estuvieron trabajando para su clase. Llamarlo “agente doble” es lúcido.

El texto de Eagleton es tan brillante y el retrato tan preciso que deja de  importar la fidelidad al modelo. Parece sacado de una buena novela inglesa de la época y, desde cualquier punto de vista, es una estocada firme. Desde las veredas de la realidad, se comprende la amargura que irriga las palabras de Eagleton, quien parece decir que él no puede dejar de ser sino lo que es: un miembro de la clase trabajadora que ha podido llegar a Oxford. En el fondo, sugiere, un izquierdoso de raíz no tendrá más cielo que el único que ha sabido imaginar la clase trabajadora y siempre quedará deslumbrado por los vastos horizontes de poder que los ricos crean para sí.

Aquí el contundente arranque con que Eagleton se dispone a despellejar a su antiguo amigo:

«Los hijos edípicos del establishment siempre han probado ser útiles para la izquierda. Estos renegados de la clase dominante tienen el coraje, el nervio, el conocimiento desde adentro, la seguridad, el estilo y la conciencia de su contexto social, pero pueden transformar estas virtudes patricias en fines radicales. El único problema es que se dan vuelta cuando crecen y también cuando los tiempos políticos se ladean. Aquellos que, como Christopher Hitchens, detestan los clisés terminan convirtiéndose en el peor de todos: el revolucionario de cabeza caliente que aprende a dejar de preocuparse por el imperialismo y a amar a Paul Wolfowitz.

»Que Hitchens representa una pérdida penosa para la izquierda está fuera de duda. Es un escritor soberbio, superior en ingenio y elegancia a su ídolo George Orwell y una voz elocuente. Tiene una curiosidad insaciable por el mundo moderno y un conocimiento enciclopédico de él, así como una inclaudicable fascinación consigo mismo. A través de saber conocer a la gente adecuada, un instinto que tiene tan incorporado como su páncreas, puede recomendar sin un instante de duda quién es la persona ideal para consultar en Rabat sobre la política educativa en las montañas Atlas. El mismo instinto lo lleva a almuerzos amistosos con Bill Deeddes y Peregrine Worsthorne. En su juventud, no era contrario a comer con repulsivos peces gordos mientras les entregaba piezas de su pensamiento político. Hoy, uno se imagina, solamente come con repulsivos peces gordos.»

Al leer a Eagleton, que en otros libros sabe ser irónico sin dejar de ser risueño, no he podido dejar de recordar la andanada, vulgar, poco argumentada y peor escrita, que el sargento Pepper de la Patrulla de Salvación le dedica a Zambra, a Pron y a toditos los narradores españoles de las dos últimas décadas en su blog.

Lo discutible no es que éste o aquél escriban lo que les salga del culo –porque para escribir lo que les saliera de los cojones tendrían que tenerlos y presentarse a cara descubierta–. Lo discutible es que este tipo de blogs, de escritores iracundos, plagados de insultos y afirmaciones no probadas, más o menos gamberros, son enseguida aburridos, porque toda intervención –los iracundos, sargentos, etc., y los comentarios discrepantes– revela que la discusión que en estos años tiene lugar posee una energía centrípeta.  El tema de discusión real es el canon, qué nombres lo conforman y qué tramas y argumentos.  Discusiones más enconadas que bien establecidas y que reflejan la necesidad de fijar las coordenadas, de mantener con fuerza las riendas de la escena literaria. Esta energía controlada también tiene sus puntos de fuga. Son muchos: esa fuga es la realidad misma.

Discusiones que excluyen tantas tramas que, por eso, distraen y suplantan a los debates que ya deberían estar planteados y discutiéndose, en blogs que no son lo que deberían ser, es decir, un lugar demasiado real para un Hitchens y demasiado iconoclasta para un Terry Eagleton.

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