Lecturas en La Habana: en torno a Alan Pauls (El pasado / La historia del llanto / Wasabi / El factor Borges)

Este artículo fue censurado y rechazado por Salvador Clotas, de Letra Internacional, y finalmente publicado por Renacimiento, dirigido por Iwasaki. Mantuve una charla con Alan Pauls en el bar Salambó de Barcelona sobre mis “resistencias” a El pasado, y pareció más divertido que Clotas. Supuse que le gustan las morenas, como a mí los rubios.

Alan Pauls para El Gatopardo

Alan Pauls (Colegiales, Buenos Aires, 1959), la nueva esperanza blanca de la literatura argentina, y de su editor español, Jorge Herralde, es un escritor excelente, con un estilo enérgico y personal. Es un autor de inteligencia profunda que emplea con desenvoltura su formación teórica como cimiento de su narrativa. Posee una mirada sobre el mundo certera, en el sentido de acertar con el tema que reclama la máxima atención si pretendemos captar las claves del presente. Pero las respuestas que ofrece no son certeras y me dejan con una sensación de opacidad cuando me decido a prescindir de la lectura profesional, esta lectura interpretativa que sirve como mediación entre el libro y un lector anónimo que necesita que le acorten la incertidumbre de elegir la novela más interesante en la mesa de novedades.

Si hago una lectura estrictamente personal, concluyo que el fastidio que me provoca el llamado “nuevo boom” (o antiboom, según otros) latinoamericano se explica en que me parece una propuesta puritana más de las que se vienen dando en los últimos diez años, que tiene su equivalente español en la obra narrativa de Belén Gopegui en primer lugar, seguida de un buen número de autores de esta misma generación, habitualmente reunidos en la editorial Anagrama. Decía Walter Benjamin que la moda es una eterna repetición de lo nuevo y que además garantiza que nada cambie en las relaciones sociales. Nunca me ha parecido tan evidente como al referirlo a esta nueva corriente de “literatura imprescindible”. Veo esta imposición de los nuevos nombres claves de la literatura argentina y latinoamericana –desde Ricardo Piglia hasta Roberto Bolaño, pasando por César Aira, Fogwill o Alan Pauls– como contraproducente respecto a sus méritos literarios. En muchos casos, se trata de buenos escritores, algunos incluso excelentes, sin embargo, lo que hace que valga la pena leerlos no tiene nada que ver con los adjetivos casi histéricos que se les endosa y se multiplican en las tapas de sus novelas.

     La lectura necesariamente coincide con momentos personales que intervienen –o interfieren– en la recepción del texto. El pasado, premio Herralde 2004, está ligada para mí a Cuba, a la estupefacción ante la ruina de la isla y las condiciones de vida de los cubanos en ese mismo año. La contradicción entre las aventuras/desventuras a lo largo de seiscientas páginas de un treintañero argentino de clase acomodada que, incapaz de manejar el residuo de una relación amorosa que ha dado por concluida, entra en una espiral de desarticulación de su identidad –una reescritura de sí mismo–, con mucha cocaína por medio y una sucesión de mujeres, se daba de bruces con lo que tenía delante de los ojos. Constantemente me preguntaba cómo podría costearse las cantidades de cocaína en una isla como Cuba y qué reclusión le asfixiaría más, la de no poder salir de la isla o la de no poder zafarse de una Sofía cubana. En todo momento me parecía más interesante, más intrigante, lo que les ocurría a los hombres y mujeres que iba encontrando en estas extrañas vacaciones mías en La Habana. Mi identificación con su aventura de sacar adelante una vida era inmediata y visceral. Gente de todas las edades que se las veía y se las deseaba para organizar algo a lo que pudiera llamarse “vida”, personas a las que su formación cultural la mayoría de veces casi sólo les servía para desesperarse más, considerado el frustrante horizonte de realización (de irrealización) personal que les había deparado la utopía comunista. Entonces, la novela El pasado me pareció la archiconocida coquetería narcisista de un niño bien que durante un tiempo vive en un infierno a su medida, del que resucita, libro autobiográfico bajo el brazo, convertido en autor de culto en el Occidente neoliberal. El libro voló por los aires varias veces en la habitación del hotel que tuve que ocupar de nuevo a la espera de que el huracán arrasara o esquivara la isla porque la familia del apartamento de Nuevo Vedado que me alquilaba una habitación no podía garantizar la integridad del edificio, ni casi de sus vidas, en este trance. Voló por los aires arrojado con un bufido, un: “Vamos, Pauls, dame algo.”

Un mulato casi viejo y escuálido clavaba a buen ritmo varias tablas clausurando con ellas los portones del balcón para evitar que el huracán, que se anunciaba para dos días después, hiciera efecto-chimenea al colarse por algún resquicio y convirtiera todo lo que contenía la coqueta habitación de estilo colonial que alquilé en el Hotel Tejadillo en proyectiles disparados en toda dirección. “Entonces, el único lugar seguro va a ser el baño” dije más que pregunté, lanzando una mirada al cubículo sin ventanas del cuarto de baño. El operario lanzó una mirada sardónica en esa dirección, soltó una risa baja y desdentada, “Eso es”. No me veía refugiada en la bañera mientras a mi alrededor el viento pulverizaba todo lo que encontraba a su paso por las calles de Vieja Habana. Esperaba que Iván fuese clemente y desviara su rumbo. “Véngase a mi casa en la montaña. Allá estará segura. Cásese conmigo” dijo el hombre recogiendo sus bártulos. Me imaginé la choza en algún montículo extraviado y sin nombre donde viviría el viejo guajiro. Vi una habitación oscura, un camastro con una sola manta, suelo de tierra, una ventana tapada por una cortina raída, ya transparente. “Le apuntaré en la lista. Es el séptimo que me lo pide hoy” respondí. Salió de la habitación sonriendo, ufano como un actor de relleno después de recitar sus frases.

  Viendo que el viaje a los ingenios azucareros de Trinidad que yo proyectaba fotografiar se había ido al garete, acabé la novela, menos por aplicación que porque cuando Pauls se olvidaba de su personaje turbio, torturado, convulso, parecía no avergonzarle su cultura y El pasado se remansaba en páginas de inteligencia lo bastante dinámica para despertar mi curiosidad. Ser culto y demostrar que había leído a los clásicos franceses –la novela me parecía un palimpsesto de En busca del tiempo perdido— debía de ser el colmo de la abyección; la misoginia, al contrario, parecía genuina. De alguien con cuarenta años hechos y derechos lo tomé como un alarde de coquetería. Me parecía sincero y muy conocido el esfuerzo (aunque creo que sólo las mujeres perciben sin falsos escándalos ese trabajo) de un hombre guapo para no permitir que su imagen lo suplante. Podía ser incluso una tarea que le ocupara toda la vida.

El fastidio era mi resistencia a la fanfarria que acompañó la entrada en la escena española del escritor argentino. Que Herralde lo presente, con la ironía característica, como el nuevo Terence Stamp, de Teorema, francamente no ayudaba. A fin de cuentas, ¿cuántos Mesías latinoamericanos puede soportar la narrativa española? Después de Bolaño, de Fogwill, de Aira, de Piglia, no parecía caber ninguno más. Cuando me resigné a entrar en el sentido del libro por la vía de la interpretación, justo como algo ajeno y no porque le interesara a mi vida, pensé que la novela típicamente bendecida por los popes de la crítica y la edición había renunciado definitivamente a los músculos y era meramente cerebral. El cerebro, ese músculo sobrevalorado.

Wasabi

     Wasabi, la nouvelle donde Pauls narra las andanzas de un escritor en la residencia francesa para escritores de Saint-Nazaire (de la que también escribe Piglia en Prisión perpetua), es ingeniosa y más transparente: el quiste que le crece por debajo de la nuca simboliza eso extraño de uno que atrae morbosamente a los otros, un interés en el que no logramos participar con el fervor requerido porque estamos en proyectos de más envergadura… como escribir una novela, cambiar de ciudad o ser padres. En cambio, El factor Borges bastaría para colocar a Pauls entre los lectores y críticos a seguir, o perseguir, el rastro. En el ensayo se ve aplicado a Borges lo que creo lleva haciendo consigo mismo en sus novelas: desprender a la persona del personaje, del fetiche. Escruta la modernidad volviendo atrás; lo incomprensible que pasaba por enigmático se convierte en claridad, y baja a Borges de la peana instalándolo en un mundo no de estricta erudición sino de deseos y compensaciones en la fantasía: unas obras completas. Le quita el polvo de las lecturas establecidas y Borges vuelve a leerse como nuevo. Brilla. Rejuvenece. Y se ríe, algo que parece pecado en esta narrativa puritana. A carcajadas, abandonándose a la tontería –Loca erudición–, al guiño de un Borges menos aplicado que siempre.

Historia del llanto

     Historia del llanto es una pincelada más en “la gran tarea” de destruir el fetiche. La hombría argentina, la novela política, la narración realista, todo está puesto en entredicho. En una entrevista decía Alan Pauls que la crítica de artes plásticas ha avanzado más en proponer lecturas viables con la modernidad que la crítica literaria, encallada en una suerte de autoridad impostada propia de los años cincuenta del siglo pasado. Ateniéndonos a esta idea, habría que eludir la parte sentimental de la interpretación de su nouvelle y preguntarnos qué dirían un viejo montonero, un travesti, un adolescente independentista que hace sus pinitos quemando contáiners en la Rambla de Barcelona, o una víctima de la tortura.

      A partir de la figura de un niño de cuatro años encantadoramente vestido de Supermán, que llora a cada paso ante su padre divorciado, acompañándolo en su adolescencia, convertido en precoz experto de la literatura marxista, incapaz de derramar una lágrima mientras arde el Palacio donde Allende se ha suicidado, Pauls evoca los años setenta en Argentina. Hay un vaivén de tiempos y sólo una fecha marcada, la de la muerte del efímero presidente chileno. El título parece una inconsciente respuesta a la canción-fetiche: “No llores por mí, Argentina”; una respuesta además nada irónica, porque ¿qué hombre ha hablado nunca de llorar? Sin embargo, es toda una reflexión sobre la vulnerabilidad y el compromiso, sobre las respuestas físicas a los acontecimientos. Las lágrimas tomadas como algo tangible, tan elocuentes como las palabras. El niño silencioso al que todo el mundo toma como oído, sobre el que se destilan todos los venenos del rencor, se pregunta qué uso hacer de ese don.

“A una edad en que los niños se desesperan por hablar, él puede pasarse horas escuchando”. En parte, los dilemas del personaje recuerdan al Javier Marías de Corazón tan blanco, pero en lugar de cómo sustraerse al saber, el niño/adolescente de Pauls evoluciona en su reflexión sobre la sinceridad. Entre la madre joven y divorciada que llora porque cree haber perdido su futuro, y el niño que llora en cuanto el padre le pregunta qué le ocurre, es éste el que saca la conclusión más perspicaz: comprende que su padre se acomoda en lo que admirado llama “sensibilidad”, opta entonces por no llorar más. Al decidir “administrar” su malestar, el niño sabe que está exigiéndole al padre algo más que la complicidad empalagosa de la bondad. Esquivar lo cerca y la náusea de la confidencia para cultivar una inteligencia despierta. “Quien dice dolor dice secreto, dice doble vida.” Como siempre en Pauls, la narración se ciñe obsesivamente al protagonista, trasunto suyo, dejando apenas espacio para otros personajes, y el espacio que les deja siempre es menos enaltecedor que el que ocupa él. Exceptuando aquí el que reserva al extraño soldado de uniforme descosido que vive en la misma finca y que durante varias tardes, mientras la madre parece haber encontrado una relación, lo guarda durante unas horas. Esta línea del relato es la apuesta arriesgada de La historia del llanto por su deliberada ambigüedad, porque el escritor aprieta hasta el extremo la tuerca no de lo verosímil sino de la ideología. Así, el chico que a los trece años contempla el 11 de septiembre de 1973 la destrucción del palacio de La Moneda en Chile, vencido por el golpe de Estado, no consigue manifestar su emoción con lágrimas, no consigue hacer real su identificación con la causa marxista, pese a reunir <>, pese a o por haberse empapado de lecturas y poder discutirlas, cual niño Jesús en medio de los sabios: <XX que pondrían contra las cuerdas a los militantes más experimentados>>. Quizá no pudo identificarse con el fracaso, anunciado por el golpe de Estado chileno. Por momentos, sí, parece que el subtítulo haya de ser “La infancia de un jefe”: cuando un tipo con pinta de oligarca de campo contrapone el alarde de felicidad del chico enamorado con la tortura que él padeció. Si el dolor y la dicha son dos caras opuestas y unidas, parece que el primero sólo es soportable si es el suyo. <<¿Cuando la dicha es tuya no hay sospechas? ¿Cuando el dolor es de otro no lo exhumás?>> Y en realidad, a lo largo de toda la novela, lo que Pauls dice es que el dolor no es una mercancía; de ahí todos los resortes empleados para su extrañamiento. Toda la eficacia y la fuerza de su narración está en imbricar la coherencia sentimental con la coherencia política: el llanto controlado para no establecer una cercanía viscosa con el padre; las lágrimas que no salen cuando Salvador Allende se mata con el “fusil AK-7 que alguna vez le regaló Fidel Castro”; las lágrimas que, en cambio, le sorprenden al descubrir en su revista preferida la imagen de una montonera desnuda ejecutada. Su declarada incapacidad de “dar el paso y entrar en la acción política” a la tierna, imberbe, edad de catorce años, sin poder “apartar los ojos de todo aquello que la celebra” plantean, como testimonio distanciado, la ambigua adhesión de la clase media acomodada a la acción armada en los tiempos de las dictaduras. La erotización de la acción directa. Cerca pero no tanto. Pauls, hablando, dice, desde la inocencia, representa esa doble lectura que hace tan escurridizos políticamente a los hijos de clases acomodadas: se apropian del discurso progresista y hasta radical, pero no lo llevan a la acción. Es una adhesión estética o cerebral, pero no entregada, supeditada siempre a sus necesidades de autorrepresentación. Pauls vendría a decir que las respuestas más sinceras obedecen a registros muy íntimos, secretos. En ciertos casos, el tipo de registro que lleva a un antiguo marxista, pero independiente y educado en colegios de elite, a abandonar un gobierno “socialista” para casarse con una bella dama que se codea con vástagos del franquismo. En otros, el tipo de registro que lleva a un escritor a preguntar lúcidamente desde la literatura para qué sirvió la acción armada y no responder él mismo. Probablemente, porque la única respuesta cabal es la que, con cifras y análisis desapasionados, podría ofrecer un ensayo.

María José Furió
Publicado en la revista Renacimiento (Sevilla) 2008.

2 comments

  1. bel · febrero 9, 2011

    Bien visto Liu! Como siempre, vamos.

  2. Liu · febrero 10, 2011

    Hola, Bel, no se veían algunas de las citas textuales de las novelas. Ahora se puede leer bien!

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