Escuchar, interpretar

«Toda lengua es lengua extranjera. La lengua del otro y su cultura son siempre diferentes a las mías, aún si venimos del mismo país y hablamos la misma lengua. Somos nosotros los que aprendemos una lengua y una cultura cada vez que un paciente nos interpela. Para ello, debemos ser capaces de soportar el sin sentido y de escapar al espejismo de la comunicación y la cultura. No es el paciente el que debe aprender a hablar nuestra lengua, sino nosotros los que debemos saber escuchar la de él: pedir precisiones, repetir las palabras, escuchar y hacer escuchar la resonancia del sentido y del sonido, el ritmo, la cadencia, las escansiones.

Si ignoramos una palabra que utiliza o un rito que realiza no es yendo al diccionario o consultando un libro de Antropología que descubriremos su sentido, sino preguntándole qué quiere decir con eso que dice, con eso que hace. Es él, el que sabe (sin saber).

Bien-decir una lengua exige más bien un esfuerzo de poesía que un dominio de la gramática. Bien-escuchar una lengua solicita la capacidad de dejarse llevar por el estilo del otro, acoger la palabra del sujeto y darle toda su dignidad (condición para que este último sea responsable de su modo de goce), consentir escuchar al otro y no a sí-mismo en el otro, aceptar que nos diga cualquier cosa, consentir ser un terapeuta cualquiera.»

* VALERIA SOMMER, París, Un terapeuta cualquiera. Artículo publicado en la revista Análisis, nº 18, ELP – Sede de Castilla y León.

 

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