Un adúltero americano, de Jed Mercurio en Letra Internacional

NUESTRO HOMBRE

Tenemos a alguien que no ha cumplido los cuarenta años con formación de piloto y de médico decidido a escribir una novela, un serial de televisión o una obra de teatro. Apostamos por que tiene en mente un best-seller donde ese conocimiento especializado manejado con deslumbrante seguridad le permita ocultar las deficiencias narrativas, previsibles en su condición de parvenu de la literatura. No sé si Jed Mercurio (Inglaterra, 1966) concibió sus obras anteriores, Cardiac Arrest, el “rompedor drama médico para la BBC” o Bodies, su primera novela que también pasó por la BBC “con enorme éxito”, con esas premisas, pero Un adúltero americano es una novela ambiciosa, que sin duda merece mejores lectores que los que se acerquen atraídos por conocer las andanzas eróticas de John F. Kennedy. El carismático líder político del siglo XX, cuya sonrisa se convirtió, como la sopas Campbell de Warhol, en icono de la estética y las ilusiones de una década, ha inspirado tal catarata de tópicos que recurrir a cualquiera de ellos puede colapsar una narración. Resulta estimulante descubrir que Mercurio utiliza algunos –la fama de mujeriego de Kennedy y el peligro que sus continuos escarceos podrían suponer para la seguridad nacional en plena Guerra Fría– para componer un retrato inusual de JFK: el de un hombre de cuarenta y pocos años, seductor y resuelto a la promiscuidad, de mente privilegiada, pero también de precaria salud por las secuelas de las heridas sufridas en la guerra y las consecuencias del tratamiento agresivo y oportunista al que lo somete un pequeño batallón de médicos. Un Kennedy con una lesión en la espalda que a menudo le impide moverse; un hombre seriamente enfermo y sometido a dosis ingentes de anfetaminas o testosterona que le inyectan sus galenos para robustecer su ánimo o su musculatura, que da por resultado un exacerbamiento de su excitación sexual: el presidente es un sátiro por mera necesidad de descargar los conductos oprimidos, uno de los efectos secundarios del cóctel de fármacos.

El cuerpo médico es dentro de la novela una fuerza militar/política, el uso de la medicina para manipular y controlar la energía del individuo y el retrato de un Kennedy hipermedicalizado remiten intensamente a nuestra sociedad posmoderna.

Parece una coartada y una desmitificación del personaje: el atractivo del conquistador se desmorona si la promiscuidad no expresa un jovial autoderroche sino una agobiante compulsión fruto de la enfermedad. Pero Mercurio acierta a componer así una tragedia, un radical contrarreloj donde la muerte en el atentado de Dallas llega justo a tiempo para salvarlo del doble desplome de su imagen como hombre pletórico de salud y como modélico marido de una refinada beldad con la que comparte la crianza de los hijos. Y por debajo, ofrece un retrato de la insoportable banalidad de nuestro presente cuando lo que empezó entonces con el caso Profumo es una plaga diaria: la intromisión de los medios de comunicación en la vida privada, no solo de personas de pública relevancia, para levantar escándalos sobre la base de hechos más o menos demostrados, con objeto no solo de despojar de toda dignidad a nuestras flaquezas sino de convertir a lectores y a protagonistas en hipócritas y estupidizados guardianes de una moral que se presenta como democrática porque iguala a todos por abajo.

El argumento de Un adúltero americano refiere los años previos a ocupar la presidencia de Estados Unidos y a lo largo de ella hasta la muerte en Dallas. El narrador arranca con un “Nuestro hombre” (en inglés “the subject”) que lo reduce a lo esencial de su posición: “Es un alto cargo en el gobierno, casado y padre de una familia joven, que opina que la monogamia rara vez ha sido el acicate en la vida de un gran hombre”. Aunque no posee las dotes líricas de Don de Lillo, Un adúltero americano probablemente no existiría sin Libra…. El autor divide su atención entre la cara privada resumida en los aspectos salud-sexo-familia y la cara política, con la peripecia fracasada de la Bahía de Cochinos, la presión del sector militar para intervenir primero en Cuba y después en la URSS, lo que da pie al empeño de Kennedy en las negociaciones por un tratado de prohibición de armas nucleares y a sus memorables discursos ante la nación o en Berlín.

Dedica, en cambio, escaso espacio al contexto social del momento, que sintetiza diciendo que el país estaba manga por hombro –los años sesenta/setenta conocieron los peores índices de violencia del país y de corrupción policial, amén de la presión sobre la población negra— y señalando que “la raza” era uno de los conflictos más graves que aquejaban al país, para relatar cómo se opuso a “la ilegal política de segregación local” que impedía a un brillante estudiante negro matricularse en la universidad de Missisipi. El texto peca de sentimental cuando aborda dramas familiares como la muerte prematura de dos de los hijos de Kennedy, o el internamiento de una de las hermanas del clan, en un estilo de melodrama televisivo para clases medias.

Sin embargo, las bazas de la novela están en presentar el relato como una ingeniosa combinación de informe reservado –minucioso y exhaustivo recuento top-secret de las actividades privadas del presidente–, y de Manual del perfecto adúltero en un tono propio de revistas sofisticadas como Squire destinadas a instruir a varones de buena posición en tics y estrategias de conquista.

No es una bobada: toda la definición del personaje Kennedy se sustenta en la conciencia de su poder y en describir el atractivo que ejerce un hombre poderoso en las mujeres. No falta la comicidad cuando lo caracteriza como típico macho-alfa que al competir por la atención de unas prostitutas con Frank (Sinatra), tan generosamente dotado por la naturaleza, debe admitir su derrota. Mercurio no narra las aventuras con jóvenes becarias y prostitutas de lujo que le suministra Tapadera ni los altibajos con la Primera Dama como escenas placenteras ni como episodios de vida galante sino como un ejercicio físico tonificante y de autoafirmación masculina. Estamos a principios de los años sesenta y la revolución feminista apenas alborea.

Uno de los alicientes es el prescindir de la compasión ante el desenlace fatal para enfatizar la explotación sexual que impone a sus amantes más jóvenes. Mercurio no tiene piedad con el mito sexual de la época, Marilyn Monroe, que fantasea con ocupar el lugar de Jackie y solicita “menesterosamente” la atención del presidente, intensamente unido a su amante Mary Meyer, la mujer que mejor le refleja y con la que debería estar casado si el matrimonio no fuese un juego de espejismos. La Primera Dama, el personaje pintado con luces más favorables por Mercurio, aprende a manejar su frustración castigándolo con gastos desorbitados en sastres y decoradores.

Las reflexiones que el autor atribuye a JFK son una solapada adaptación de las leyes que Maquiavelo dictó al Príncipe para defender su poder y por ahí se revela la ácida crítica a la vulgaridad de los medios de comunicación de masas, que empiezan entonces a extirpar los ideales políticos o humanistas del retrato de la sociedad justo cuando lo político se deshumaniza al extremo con la amenaza nuclear. Es del juego de equilibrios a que debe someterse el líder para satisfacer los dos polos de su naturaleza de lo que habla Mercurio. El ambiente obsesivamente glamouroso –escenas de interior en la Casa Blanca, en las lujosas villas de fin de semana, aviones, y hoteles, fiestas y recepciones donde capta a sus conquistasparece buscar el perfil intelectual del personaje, escindido entre su condición de representante del país y sus pulsiones.

Es un extraño enfrentamiento de Eros y Thánatos el que personifica “nuestro hombre” en esta peculiar novela, que resultaría más vigorosa si no enfatizara tanto la serialidad de los encuentros. La paradoja es cómo al humanizarlo desde la mirada perversa posmoderna –sexo y enfermedad–, su empeño en ofrecer un legado trascendente al país y a sus hijos adquiere un carácter heroico.

María José Furió/Liu

Letra Internacional, num. 109, invierno 2011

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2 comments

  1. bel · enero 15, 2011

    Felicidades por la reseña!

  2. Liu · enero 15, 2011

    Gracias, Bel. curiosa novela.

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