La cara del asesino, cuando el periodismo quiere ser ficción

El concejal filipino que tomó la fotografía está en el punto de mira del pistolero

Uno de los tópicos que nadie somete a dos minutos de reflexión antes de dejarlo escrito es éste de algo que es ´como una película´. Otro tópico, que no sé si se discute suficiente, es que el periodismo ha pasado a desdeñar la realidad y a considerar que su dignidad descansa, en la medida que puede atraer a más lectores, en su parecido con las estructuras narrativas de la ficción.

En la noticia de hoy, las agencias de Filipinas nos cuentan que el fotógrafo, un concejal que tomaba una foto de recuerdo de su familia en Noche Vieja, pudo ver a su asesino porque el disparo del arma coincidió con el clic de la cámara.

Dice el periódico ´Lo ocurrido en Manila da para un taquillazo de dos horas protagonizado por Denzel Washington o Matt Damon.´

Es mucho decir, y sin desmerecer a Denzel Washington ni a Matt Demon, lo llamativo es que el periodista, o el periódico o la agencia de noticias, crean que basta con señalar la coincidencia casual de dos disparos de diferente índole y que los dos capturen a su presa, también de manera distinta, para que la ´historia´ ya esté realmente sugerida en la mente del espectador. Está la anécdota y nada más. Es muy interesante, en cambio, la imagen, que debería pasar a la historia de la fotografía –por cierto que la del presidente chileno Piñera acompañado por los 37 mineros con los ojos cubiertos por gafas de sol me parece a mí la foto del año 2010…– porque el coche, que ocupa una pequeña parte de la imagen es protagonista, tema, o por qué no, antagonista en la historia.  El pistolero es, siempre según el periódico, un ladrón de coches al que el concejal-fotógrafo envió a chirona. Una vez de vuelta a la calle, optó por la ley de las pistolas y, acompañado de dos guardaespaldas, uno de ellos sería el chaval del torso desnudo y el otro queda fuera de plano, decidió que el honorable político no iba a averiguar si la crisis mundial terminará en 2011 –salvo que, según la lógica del diario o de la agencia de noticias,  el buen señor se convierta en un espectro, tal cual en otra película, la de Apitchapong Weerasethakul, donde El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, y desde el más allá decida intervenir en la situación –como en esa película de Demi Moore, Ghost, o en aquella otra con Andy García en que es una especie de ángel que, a través de sueños, logra salvar a no sé cuántisima gente que está a punto de perecer en las gélidas aguas invernales de un río que tiene la mala leche de cruzarse en la trayectoria del avión al que esos modélicos señores están a puntito de subir durante toda la película –siempre son modélicos y entrañables los señores, señoras, azafatas y párvulos que viajan en aviones siniestrados, como si se diese por hecho que, a punto de enfrentarse al severísimo Juicio Final, el código civil o penal o… nada tiene que arrostrarles–.

Cuando el periodismo recurre a las muletas de la ficción para indicar lo interesante que es algo se está moviendo, en realidad, en el déjà-vu. Y entonces ocurre que el lector-espectador pide innovación. Cuéntame algo nuevo, exige. Ups, deglute saliva el periodista. No se me ocurre, confiesa, pero mira que se fue al otro mundo cazando a su asesino.

Hombre, le ayudamos, en realidad la historia a tu manera está terminada en la fotografía. O vas hacia atrás en plan CSI, o vas hacia adelante, tipo la caza al pistolero y a sus colegas.

–O te pones en plan Antonioni, que es otra película, y tienes BLOW-UP.

–Aaaayy, pero si hoy mismo el diario dice que unos chavalines se han cargado el cine gafapasta en un plisplasplás de dos cortometrajes y medio, repone el periodista, que no pierde comba de las páginas culturales–. Cómo voy a citar ahora a Antonioni…

–Tienes que salir del atolladero, cabeza de chorlito. Tú mismo has dicho que la historia es buenísima, digna de Hollywood. –le espeta el lector, con la autoridad que le dan su enfado, su condición de asiduo y devoto lector de El País , y su atrabiliaria bilis cinéfila. –Por lo pronto, como ya se conoce al asesino, el detective te sobra. Si tuvieses instinto comercial, al menos dirías el  nombre de la cámara para que le aproveche al fabricante en Reyes.

–Pueeees…. –el periodista se estruja la melena y por fin se le ilumina su hermoso rostro juvenil, más hermoso porque las escasas ideas que aloja holgadamente en su cerebro no le arrugan la cara con expresiones cambiantes–. Te vale que él mismo, ya muerto, en un gesto mecánico aprieta la tecla de enviar del móvil y así la foto le llega a todos su contactos, con la felicitación de Happy New Year…

–Madre de Dios –exclama el lector, solidarizándose de sopetón con los filipinos, que son católicos.

–Como en la película Buried… –alega el periodista con las orejas gachas como perro pachón.

–Anda guapo, que el que estará contento en su tumba, buried y bien buried, es Ryschard Kapuscinsky, maestro de periodistas.

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