LA MUJER TEMBLOROSA, de Siri Hustvedt

Nos recordamos jóvenes y saludables entrando en una habitación donde varias mujeres de edad madura, vestidas y peinadas con esmero, sentadas en torno a una mesa llena de tacitas de café y pasteles charlan de padecimientos, enfermedades graves, operaciones fatales, molestias crónicas, nervios alterados y niveles vertiginosos de colesterol, azúcar o ácido úrico. Nos recordamos saludándolas haciendo alarde, justamente como pide el protocolo, de nuestra salud, es decir, relatando a grandes rasgos nuestros proyectos para esa tarde, para el verano y para el futuro. Y mientras salimos airosamente, tan bien cumplido el papel, escondemos la risa que nos causa ese discurso morboso “de yayas” sobre asuntos de salud. Hay demasiado alborozo en su intercambio de conocimientos prolijos –con qué deleite pronuncia una la palabra “hematocritos”–, demasiada vehemencia en los susurros y avidez al recibir noticias  de ingresos urgentes, como para no sospechar que se trata de uno de tantos discursos de gueto, que funcionan como santo y seña de afirmación grupal.  Ni el prestigioso y apuesto doctor Barnard, pionero en operaciones del corazón, habría sido bien recibido en aquellas meriendas-seminario: la salud de las mujeres es la cara oscura de la luna, materia confidencial. En La Dama de las Camelias se agota al parecer la idea de belleza doliente como sinónimo de erotismo de alto voltaje: una suerte de carpe-diem apremiante. La mujer enferma es en nuestra sociedad volcada en la rentabilidad el ser inútil. Y dentro de las fantasías establecidas sobre la mujer, la enfermedad impone un cortocircuito al deseo. Lo mismo ocurre con los hombres, claro está, y en mayor medida: por eso, la enfermedad suele aparecer en boca de un hombre que se presenta como experto –el Solucionador– o como superviviente que hace partícipe a la tribu de su experiencia: Orfeo regresa a la superficie e instruye a sus compañeros.

De modo que si alguna mujer se atreve a romper este conjunto de ideas propias de la sociedad de consumo, incluido el que restringe su presencia a los libros de autoayuda, será porque de alguna manera corrobora el statu-quo: Susan Sontag en su ensayo La enfermedad como metáfora y ahora Siri Hustvedt en La mujer temblorosa o la historia de mis nervios.  Dos ensayos de dos habitantes de Nueva York, el centro mundial de validación de teorías y significados.

Pero el prejuicio chafaría la posibilidad de leer bien a Hustvedt. La mujer temblorosa no es un ensayo: es una indagación. Conocida como esposa del célebre novelista Paul Auster, el físico y el pasado de maniquí de esta escritora de ascendencia noruega permitían a la prensa presentarla como architópica “mujer de escritor famoso”, esbelta flor que mejora cualquier foto. Con el tiempo, la hija de Auster y Hustvedt alcanza una edad que le permite adoptar poses sugerentes ante la cámara sin que  nadie sea denunciado por incitación a la pederastia y se presenta como cantante de sofisticados textos simbolistas: su progenitora corre el peligro de verse definitivamente postergada.  Salvo que hacia 2003 publica Todo cuanto amé, una novela de más de 400 páginas en torno a dos hombres, un pintor y un historiador, sus mujeres y las complejas relaciones que traban personas de orígenes cruzados (“judíos alemanes, ya nadie es judío alemán”) y elevada formación.  Escrita como si no existieran el cine y la tele, sin hacer tributo a las elipsis o a las modas, pero con enorme aplomo, Hustvedt reflejaba las reflexiones, aproximaciones y distanciamientos de sus cultísimos, bohemios e intensos personajes introduciendo consideraciones sobre el arte moderno, la anorexia, la histeria y otros trastornos psicológicos con tremenda solvencia. A ratos farragosa, desaconsejable para espíritus solares, Todo cuanto amé es seguramente una novela destinada a durar.

En La mujer temblorosa, Hustvedt toma como punto de arranque el temblor que sufrió mientras leía el texto de homenaje a su padre –fallecido tras una larga enfermedad–, y que le afectó a todo el cuerpo excepto la cabeza: “temblaba como si fuera presa de un ataque epiléptico”. El hecho tiene lugar en 2006, dos años después de la muerte del padre, en el campus de la universidad de Minnesota donde aquél fuera profesor de filología noruega “durante casi cuarenta años”. Era un acto de homenaje a su memoria ante unas cincuenta personas, entre colegas y familiares. Sigue una pormenorizada relación de extraños ataques y sacudidas padecidas en distintos períodos de su vida, que sirven como autobiografía menos médica que intelectual: las migrañas que padece la autora desde la infancia motivaron su pasión por el psicoanálisis, los trastornos mentales y la neurociencia, recogida en su obra literaria. El ataque fue descrito por un espectador como un combate entre un enfermo y un paciente, y así puede definirse La mujer temblorosa. Hustvedt se presenta como sujeto del trastorno y autora de su diagnóstico. Apunta que sería un trastorno de conversión, antaño llamado “histeria”. Esto da pie a una reflexión sobre los mecanismos de dignificación de la enfermedad cuando aqueja a un hombre: los síntomas de histeria son los que sufren algunos soldados tras entrar en combate, entonces se los llama “estrés postraumático”. Siri Hustvedt acude a médicos, lee a neurólogos y a psicoanalistas de distintas escuelas y consulta a amigos y a especialistas que no aciertan a definir por qué tiembla; a veces la minimizan como derivado de sus migrañas, otras veces sugieren que  “algo” en su cerebro estaría afectado. Cada visita y cada diagnóstico fracasado es trampolín para nuevas reflexiones sobre el enfoque que en las distintas épocas los dos bloques culturales de Occidente –Europa/Norteamérica– le dan a los trastornos mentales. Un laberinto de lecturas y de teorías, de disquisiciones que sirven de documentación a sus novelas y ensayos. A menudo interesantes, pero perdidas en un texto que parece huir de su objetivo adrede.

Para los lectores que por edad o por temperamento no disfrutamos haciendo acopio de vocabulario e información sobre enfermedades o dolencias raras, y nos decepciona que se soslaye el carácter político de tantas enfermedades mentales padecidas por mujeres (que en contextos menos dramáticos adquiere la forma de Grupo de Señoras hablando de sus Cosas; “Mujeres desesperadas” o “al borde de un ataque de nervios” ) el exhaustivo y erudito recuento de la autora sobre sus padecimientos e hipersensibilidad solo tiene interés cuando apunta a una cuestión clave: ¿qué es el yo?  Ese temblor que delata un desdoblamiento –la mujer aferrada a la palabra es otra que la que tiembla como sacudida por un rayo– está reclamando atención. Si se produce recordando al padre “que solía ser divertido”, o cuando participa en un congreso sobre “la muerte en la literatura” o al suceder en una intervención a un autor de éxito tras pasar por el programa de Ophra Witney y entretanto ha quedado agotada “de exhibir aspectos profundos de mi vida íntima” recordando públicamente al progenitor, es fácil, abandonando las teorías feministas, advertir una colisión entre el deber de recordar y la rebeldía ante la muerte, no del que ya se fue sino del que vive. Y en este sentido, al contrario de lo que sugería el espectador de la primera crisis, podría ser que el médico era el temblor y la enferma era la mujer que continuaba leyendo el texto de homenaje.

Ensayo, Anagrama, Barcelona, 232 páginas

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