La historia del pelo, de Alan Pauls en revista Turia

Portada de la última nouvelle de Alan Pauls en espera de La historia del dinero

La causa montonerista y sus fantasmas componen el trasfondo de la novela de Pauls

  La lucha armada durante los años setenta en Latinoamérica vuelve a la mesa de novedades de las librerías españolas, pero ahora desde una perspectiva crítica con sus logros, una condena abierta de sus métodos. Así aparece en El arte del asesinato político ¿Quién mató al obispo?, crónica del periodista y novelista Francisco Goldman, de origen guatemalecto como también lo es Rodrigo Rey Rosa, que acaba de publicar El material humano; también es crítica La historia del pelo o Las teorías salvajes, de los argentinos Alan Pauls (1959) y Pola Oloixarac (1977). La reactualización del tema parece de un lado relacionada con la emergencia de gobiernos de izquierdas en países del Cono Sur: Brasil, Bolivia, Venezuela, con la presidencia de los Kirchner en Argentina, y con la consolidación de instituciones democráticas en Guatemala: regímenes más o menos populistas que han mostrado en la práctica el déficit democrático de esos liderazgos. De otro lado, con la moda de los años setenta que llega de la mano de las promociones de estudiantes nacidos en esta década, adiestrados en el análisis de la cultura contemporánea con las teorías de Deleuze, Foucault y demás gurús estructuralistas, usados en irreverente promiscuidad.

Como la crítica a la lucha armada procede de autores de prestigio consolidado –salvo la novel Oloixarac–, se la recibe como un ingrediente más de la narración o de la crónica, y en España, donde la acción de los maquis ha sido la última épica contemporánea, el tema se suma distraídamente al de las múltiples violencias del área latinoamericana. No pretendo entonar un intempestivo canto a las guerrillas sino señalar que las novelas de Pauls y de Oloixarac también son, a la vez que una crítica corrosiva al montonerismo, una constatación del fracaso político generacional por las razones que dentro de sus novelas vienen a resumirse en una palabra: volubilidad.

Alan Pauls (1960) continúa en Historia del pelo la radiografía del “ecosistema” ideológico de los años setenta, iniciada con Historia del llanto y que terminará con Historia del dinero. Si la primera describe el carácter sentimental de la educación ideológica de su clase y su búsqueda de una autenticidad de las adhesiones, en Historia del pelo ofrece un recorrido más profundo al despojar al protagonista de las trazas de héroe, al no implorar del lector ninguna simpatía como sí hizo en el Llanto con el niño confidente. Sí comparte este “maníaco del pelo” con el pequeño protagonista de la novela anterior su condición de antena sensible a los malestares de la época. Y, una vez más, es un grupie precoz e imposible de la moda radical.

Pauls escribe una comedia en apariencia truculenta riéndose de la sempiterna conciencia desdichada de la burguesía: “Empiezan los años setenta y miles y miles de hijos de la clase media y media alta (…) abdican de la mañana a la noche de los tronos que les corresponden por nacimiento (…) Y se mudan a vivir a villas miseria (…) donde se mimetizan y aprenden las reglas de vida de las clases explotadas cuyo destino se proponen cambiar”. El protagonista, por entonces de apenas once años, solo puede ofrecer su cabello rubio y lacio en el altar de la solidaridad con este proletariado de segunda mano que encuentra en los Panteras Negras y el pelo afro de Angela Davis la quintaesencia del radicalismo-chic. Desde ahí, la esclavitud al pelo y sus significados, con la connotación política ineludible, y no solo: un mechón subastado de Che Guevara y también el mechón rubio cortado al poco de nacer el protagonista son pequeños trofeos históricos; la moda del rapado de los años noventa (¿se acuerdan de Iván de la Peña?) sugiere sin estrépitos a todos los rapados vergonzantes, locos y reclusos de campos de concentración incluidos. De qué modo aparece claro entonces que su mata de pelo excesiva también es un exceso de vida. Su coqueteo con lo afro en la adolescencia contrasta con el forzoso rapado de su amigo, Monti, detenido por desvalijar un cupé Torino. La neurótica búsqueda de un “corte perfecto” simbolizaría la persecución de un compromiso político idóneo, en diálogo con las derivas personales del amigo Monti a lo largo del tiempo. “Es el pelo nefasto de los años setenta, el que atraviesa toda la década y la humilla y la calcina como un cometa ignominioso. No el pelo bueno de los militantes (…) Es el pelo de la cultura de la imagen”. En este periplo de forcejo con el pelo, con su repaso sarcástico a las modas y la constatación de que es residuo como las uñas o la mierda, que es materia sobrante, muerte, conoce a Celso, peluquero excepcional y pícaro de tomo y lomo que lo conecta con el veterano de guerra –hijo de un famoso guerrillero perdido en la selva–, momento en que la novela reniega de toda complacencia y descubre que está hablando de los espectros de la lucha armada.

No es nuevo que Pauls construya pequeñas bombas literarias, donde las frases se engarzan musicalmente; en Historia del pelo hay, además, personajes fuertes aparte del protagonista, sobre todo este Veterano de guerra, heredero de algunos trofeos de la lucha, que se siente en Argentina atrapado en un inagotable déjà-vu.

“Nada menos que la peluca de Norma Arrostito”, la mítica militante montonera que participó en el asesinato del general Aramburu, punto de inflexión en la historia argentina de los 70, irrumpe aquí como un fantasma de época, un vínculo confuso pudriendo el presente del veterano. Esta reliquia de la mártir montonera contrasta con el pelo vivo del personaje inconformista de Pauls, lúcido al diagnosticar el mal de época –¿qué compromiso asumir?– y perspicaz al defender, como respuesta idónea hoy, el compromiso privado. Pier Paolo Pasolini estaría de acuerdo con el escritor argentino, no en vano publicó en 1973 un artículo “Contra el pelo largo” (recogido ahora en Escritos corsarios), donde arremete contra las melenas como falsa expresión de izquierdas. Al descubrir que quienes las lucen en países subdesarrollados, como Persia en 1972, y diríamos también en la Argentina y la España de entonces, son “estudiantes, hijos de gente enriquecida” concluye que su auténtico significado (como ironiza Pauls) es de derechas: “Conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses, y nuestro pelo largo proclama nuestra modernidad internacional de privilegiados!”.

María José Furió, en revista Turia, noviembre 2010

La película de Agnès Varda dedicada a los Panteras negras es la espina dorsal de las transformaciones estéticas que acomete el chico protagonista de Historia del pelo. La película conserva su impacto y su enorme tensión narrativa. Las décadas transcurridas no la han convertido, como tampoco a los Panteras, en bochornosos documentos de  ingenuidad política o cinematográfica.

One comment

  1. Liu · febrero 20, 2012

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