Vercoquin y el plancton, de Boris Vian

Boris  Vian, músico, y típico
Zazou (fuente: Wikipedia)

LOS EXTRAVAGANCIALISTAS DE VIAN

En el Culturas

Vercoquin y el plancton, primera novela de Boris Vian, se edita en España por fin en castellano (hubo una edición argentina), casi siete décadas después de escrita y de su publicación por Gallimard. La versión que Impedimenta ofrece con una excelente traducción de Lluis Maria Todó nos devuelve a la modernidad que hunde sus raíces en el surrealismo y se ramifica en la obra de Raymond Queneau, el fundador en 1960 del Oulipo/Taller de Literatura Potencial, y en el Colegio de Patafísica de Alfred Jarry, que tuvo a Vian como Presidente de la Subcomisión de Soluciones Imaginarias.

El París de Vercoquin es el inverso del París de la Ocupación alemana, época en que transcurre la acción de la novela: el grupo de población joven (de 20 a 25 años) vive entregado a organizar fiestas sorpresas cuya evolución natural es la orgía, culminada en el baisedrome (follódromo) luego de trasegar dosis ingentes de alcohol y excelente jazz programado para estimular a los invitados, que bailan al son de canciones como Cham, Jonah and Joe Luis Playing Monopoly Tonight, o Until my Green Rabbit Eats its Soup like a Gentleman.

Como la juventud es ingenua y proclive a enamorarse, el Mayor, ante su inminente mayoría de edad (21 años), que supone ingresar en el mundo adulto, desea seducir a Zizanie (Zizaña) de la Houspignole y desposarla. El lugarteniente del Mayor, oportunamente llamado Antioche, es responsable de organizar la fiesta y de pedir la mano de la bella a su tío y mentor, Miqueut, para lo cual debe introducirse en la CNU (Consorcio Nacional de la Unificación), donde el Subingeniero principal ejerce. El CNU es un organismo público dedicado a la laboriosa tarea de reunir fascículos que “pretenden regular todas las modalidades de la actividad humana”, llamados Nothons. Aspiran a planificar la producción y proteger a los consumidores, a lo que éstos se resisten. En esta organización de tintes kafquianos los personajes actúan como el Charlot de Tiempos modernos.

Estos “modernillos” en versión de Todó eran los zazous en la vida real, grupo de jóvenes inconformistas que durante la Ocupación de París se enfrentaban a los soldados alemanes, osaron lucir la estrella amarilla cuando se decretó la ley racial que señalaba a los judíos y se dejaban el pelo largo como provocación frente a la ley de Vichy que dictaba recuperar el cabello de las peluquerías para fabricar zapatillas. Se dice también que solían llevar paraguas sin abrirlos nunca. Quizá por esto en el París de Vercoquin es siempre verano y en febrero están en “plena canícula”.

Unos subversivos que empleaban la semántica como arma no podían someterse tampoco a formas literarias naturalistas y así lo aclara Bison Ravi (!) en su inútil preludio: “cuando uno se ha pasado la juventud abrigándose con periódicos viejos para calentarse en algún banco helado que te sirve de dormitorio, de vivienda y de cama” y “cuando te has alimentado de plancton, te has ganado el nombre de escritor realista”. El plancton, que estudiosos de la obra de Vian identifican como el mundo adulto que vive confundido con su medioambiente, no tienta a nuestro autor, que siempre ha dormido “en una buena cama”.

El tono y el ritmo alocados de la acción tienen mucho del cine mudo y el conjunto destila la comicidad del slapstick:  no en vano, Vercoquin… es una autobiografía bufonesca. Los diálogos disparatados recuerdan al inefable Groucho –los mejores títulos de los Marx Brothers se estrenaron entre 1935 y 1945 justamente–, con su misma anarcoide capacidad de hacer saltar por los aires las convenciones y la estereotipada seriedad adulta, que tenía en la Ocupación alemana su plasmación más letal, aunque no fuera la más aburrida.

VERCOQUIN Y EL PLANCTON, Boris Vian, Editorial Impedimenta,
septiembre 2010, novela, 216 págs. Traducción de Lluís Maria Todó.

* “extravagancialistas” es la guasona definición que una amiga de Vian, miembro del grupo  de  asiduos a las caves de Saint Germain-des-Prés, ofreció en respuesta a la pregunta: ¿qué somos? La prensa los llamaba también “los trogloditas existencialistas” en alusión a la localización y aspecto de las caves o bodegas parisinas: como cuevas situadas  bajo los edificios de apartamentos del barrio.

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