Esto no es una reseña: Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac

Vladimir Nabokov por Siegfred Woldhek

Entretenida por mis cuitas, no había caído en la cuenta de que no he hecho aquí el comentario prometido sobre la novela Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, hasta que leí anteayer una de tantas reseñas españolas sobre el libro.  Me pareció que la autora está harto promocionada en nuestros lares y el artículo que le dedicó Luis Vicente Mora en su blog vale por el resto. La recepción periodística a Oloixarac casi ha rayado en la histeria, al punto que dudo que la Segunda Llegada del Mesías anunciada por los Hijos de Israel provoque semejante apoteosis.

Si los periodistas se han rendido al filón de una escritora que da bien en las fotos, y que, por ende, “dicen” que escribe bien, las reseñas –descartando las de los amiguetes blogueros que conforman la tela de araña generacional Nocilla and Baires/Latinoamérica– han sido obsequiosamente corteses (El Cultural) recelosas, melifluas (la del argentino J.Ayala-Dip, en BABELIA), negativas, distraídas y hasta un pelín ponzoñosas (Culturas).

Lo más llamativo es, claro, las reseñas de literatura que comentan el fenómeno y apenas lo literari). Me reí mucho con el primer párrafo –salía yo de los senderos enrevesados, lóbregos y tan dócilmente metaliterarios dejados por Los muertos de Carrión–, que contiene toda una declaración de principios. La autora sabe que está rompiendo el himen de su anonimato, cortando la cinta de meta que la lleva al podio de los vencedores–: cuando habla de los ritos de paso de tribus/comunidades ignotas de remotos rincones africanos está hablando de ese rito de paso de publicar.  Este manifiesto de autoconciencia irónica me hizo soltar la carcajada: “algunos mueren en el curso de las ceremonias”. Superado el ritual, devienen miembros de pleno derecho de la comunidad facultados para amedrentar a otros novatos. Entonces, participarán en congresos y en mesas redondas, se los invitará a participar en “rigurosos concursos” de narradores en estricta desigualdad de condiciones con inéditos iniciados y a escribir en revistas punteras y pintureras.

Y no será gratis.

Pues “regresan ya no como presas sino como predadores, gritando la misma fórmula que habían escuchado de labios enemigos”. (p. 11)

Cómo no reírme. Cómo no continuar leyendo.

En la reseña que no es este post, quería apuntar algunos detalles :

* Pola O. insiste en hablar de Nabokov como referencia central del estilo, de la voz de la narradora, sin que los críticos se hagan eco de esta pista: la voz de Las teorías… es la voz reelaborada del Nabokov de “Ada y el ardor”.  Es una elección estética y, probablemente, ideológica. Le da aire al pensamiento con sus frases largas y un marco estrictamente literario que convierte a la filosofía en lo que es aquí: otro personaje de la trama.

* El Nabokov erudito, pedante, anti-freudiano, cazador de mariposas tiene su alter-ego en la narradora coleccionista de orquídeas que persigue a un plomizo profesor y, como femme-fatale con ribetes cómicos, es un personaje clásico del  autor de Lolita.

* No es influencia nueva: el cubano José Manuel Prieto, autor de Rex, es otro nabokoviano sobresaliente.  De haberse leído con atención, hará cosa de diez años, tantas obras cubanas salpicadas de chispas de Borges y de intrusiones históricas o filosóficas –pienso en  Radamés Molina y en Rolando Sánchez Mejías–, la “receta Oloixarac” no les parecería tan original.

* El título Las teorías salvajes evoca en el lector corriente Los detectives salvajes de Bolaño, pero le conviene más, como sinónimo, la definición de “interpretación salvaje” definida por  Freud. Toda la novela es una interpretación salvaje (silvestre, anti-rigurosa) de los años setenta y de la lucha armada. Quiere ser una provocación, es una búsqueda.

* En la  hilarante presentación de los padres de la no-heroína Kamtchowsky, Oloixarac se carga a Freud y toda la novela se declina “en clave Deleuze”. Lo malo es que luego no se puede recurrir a Freud para desarticular el icono  del montonero como figura hiperatrofiada de  la virilidad setentera.

* No funcionan las parodias de las cartas que la guerrillera escribe a MooMao. Son hirientes. Contrastadas con las cartas que Rodolfo Walsh, “en el fragor del combate” escribió a su hija y a sus compañeros, quedan en chiste de pésimo gusto y la convierte en la mejor candidata a una beca de la derecha militar, argentina o no. Quizá de la CIA, quizá de James Bond.

* En esas cartas, se alude a una marca de pantalones: “Los aparecidos”.  En este punto, los militares probablemente le renovarían la beca a la autora. Al chistecito no le vi la gracia, por mucho que  recuerde la polémica que  el italiano Oliviero Toscani provocó en esa misma década al publicitar la marca de pantalones “Jesús“: culo a toda página embutido en tejano de la marca y el lema: “Quien me quiere me seguirá”.  Pasolini, quién lo duda, le dedicó uno de sus certeros artículos, hoy recogido en Escritos corsarios.

* Las dos parejas –los feos y los guapos– o cómo venir de La conjura de los necios y llegar al Todd Solondz de Storytelling, historia también de campus con una misma fauna de profesores amargados, alumnas seudo-sofisticadas y joven aquejado con parálisis cerebral, que tiene su equivalente en el chico-Down de Las teorías… En “Los cinco mitos de la economía sentimental friki”, de Afterpop, Fernández Porta analiza y describe el “drive masoquista” de la heroína de Solondz, reconvertida en estrella porno, un itinerario similar al de  la Kamtchowski de Oloixarac,  mártir además de la vanguardia audiovisual…

* a la que no ahorra humillaciones: el discurso lacaniano, parodizado torpemente, sobre la violación por parte del padre de K. como explicación a la deriva de la inefable protagonista. El ataque tiene su brillo: el psicoanálisis debería vestir no desnudar, defender y no vulnerar.

* La novela está empedrada de huellas literarias: desde Céline a Virginia Woolf,  al imprescindible Pynchon.

* Tiene un bloque brillante desde todos los puntos de vista: el dedicado a la seducción y humillación del montonero, con el divertidísimo ataque del lumpenproletariado en el parque por medio. Logra no sucumbir a la tentación del chiste y es prometedor,  muestra en todo el capítulo un aplomo y una madurez que no parece tomar prestados de nadie.

* Las teorías como crítica de los setenta y diagnóstico de la primera década del XXI: la imposibilidad de la acción. Arremete contra la guerrilla armada de la generación de sus padres, pero sus coetáneos optan por una guerrilla más patética: la de los hackers de internet. El desenlace es decepcionante : la crítica se disuelve en la  inacción. Es una generación que se contenta y vanagloria del poder –falso– que proporciona la red.  Capaces de describir, de señalar –el programa de Google Earth con los derrumbes del orbe–, pero no de resolverlo.

* La revisión crítica de los mitos de los setenta está de moda en Argentina: en La historia del pelo, Alan Pauls hace un repaso de múltiples acordes a la época. Se nota que lo vivió –como yo: aún recuerdo las noticias de chavales que en Barcelona caían misteriosamente por la ventana al llegar la policía a sus casas de madrugada–, escoge iconos, mitos, trayectos para desintoxicar el presente.

En la reseña del Culturas, Isabel Núñez reprocha a Oloixarac:  “nada le ha ocurrido, nada la ha sacudido”, por eso el libro es feroz y adolescente. Es una acusación absurda, incluso estúpida. Según esta premisa, sólo habrían de ser considerados novelistas los más sufrientes. Luego vendrán las proporciones, las jerarquías en el dolor. Átame esa mosca por el rabo.

Yo diría que a Oloixarac sí le ha pasado algo: le ha pasado la escritura, el talento, la ambición, la oportunidad y la moda.

___

PS: Referentes históricos inesperados de Las teorías salvajes: los Situacionistas. Éste podría ser un título alternativo para la novela de P.O.

En noviembre de 1966, los situacionistas de la Universidad de Estrasburgo publicaron De la miseria en el ambiente estudiantil considerada en sus aspectos económico, político, psicológico, sexual sobre todo y de algunos medios de ponerle remedio


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