La teoría contra la acción

Oliver Chavarin -artista británico - Meeting Foto Barcelona 2010

Últimas fotos de Juantxu Rodríguez

Últimamente me he fijado en el curioso idioma que  habla  el alcalde del partido socialista catalán Jordi Hereu. Suele comparecer ante los medios para anunciar una acción de su des-gobierno o justificar algún desaguisado  mayúsculo como el de la consulta por la remodelación de la Diagonal. Sabe que las armas de la oposición le apuntan más firmes y certeras que los micrófonos y cámaras de los periodistas.  Su tono, ansioso, espasmódico casi,  siempre me parece que delata una cierta conciencia de impostura, por  haber accedido a la alcaldía no a través de las urnas sino sucediendo a Joan Clos (¿quién se acuerda de él?). Pero además me llama la atención porque emplea una jerga de burócrata que encierra una voluntad de transmitir credibilidad mediante la autoridad retórica y técnica del ejercicio del poder, pero esa jerga –construida en los despachos por asesores y publicitarios– ha perdido su vínculo no solo con el idioma –y lo mismo daría que fuese en castellano– sino con la inspiración, con la espontaneidad, con la proliferación verbal que  irrumpe cuando alguien está identificado con el asunto o circunstancia del que habla. Este idioma-otro crea una realidad que no tiene nada que ver con lo que viven y piensan  los ciudadanos, y sirve precisamente para crear esa distancia.  Es una ficción improbable que se sostiene exclusivamente en la combinatoria de palabras y que solo parece idealista porque inspira en los oyentes la necesidad de algo muy distinto.

La jerga artificiosa y vacua de Hereu me ha recordado, por lo contrario, el idioma que hablaba otro alcalde socialista, Enrique Tierno Galván. Sus bandos dirigidos al “pueblo de Madrid”, sus discursos o su simple manera de hablar: cuando el verbo se hace arte. Tierno Galván,  si no me engaño, fue rescatado por Felipe  González para el PSOE –mediante la unión de dos partidos socialistas– y aupado seguramente al cargo para lucir tan vintage como una farola del siglo XIX. Pero a través del idioma y de la capacidad de transmitir una concreta personalidad, una memoria, Tierno Galván logró estar vivo para los madrileños (y no solo).  Las emociones que supo inspirar y los vínculos que acertó a forjar eran fruto de esa manera suya de ser en el idioma.

Y luego seguí pensando en cómo el grupo de Mallo, Vicente Luis Mora o J. Carrión –y etcétera– se han presentado pertrechados con un bagaje teórico tan variopinto como abrumador y más o menos consistente, que contrasta con el uso, bastante pobre y descolorido, del idioma que recoge su narrativa. Unos más que otros, pero flagrante en  los nacidos en Cataluña que escriben en castellano.

Me interesa también destacar de qué modo esa cultura teórica, que procede de la universidad, se esgrime como arma contra autores españoles más “emocionales”, o sentimentales –bien sea Javier Marías o Muñoz Molina, pero también a sus contemporáneos–, como si ellos detentaran un poder del que los segundos carecen por prescindir en  su narrativa de artificios metaliterarios.

Este asunto enlaza con otro hecho: no solo el descrédito de los escritores considerados por ciertos editores, agentes literarios y críticos como un pelotón de ambiciosos sin verdadero talento, populacho se diría con ínfulas culturales, y el de los traductores –carne de cañón de la maquinaria editorial española–, también de los fotógrafos y especialmente de los fotoperiodistas o reporteros.

Yo no sé si en el resto de España también sucede, pero en Cataluña parece consumarse una separación radical entre el teórico y el profesional, es decir entre el intelectual y el hombre de acción. Y lo llamativo, me parece además peligroso, es cómo el teórico está ocupando cargos de representación que deberían asumir quienes conocen el asunto por haber trabajado en él, por haber ocupado sus años en formarse y puesto en riesgo la piel, por haber invertido su dinero, sin subvenciones oficiales, en equipo,  viajes, libros, material y más equipo.

Esto viene también a cuenta del PhotoMeeting que se celebró en julio pasado en la Virreina, en el marco de la muestra Antifotoperiodismo. El comisario era Fran Kalero, editor de Ojo de Pez, y el nuevo director de la  Virreina es Carles Guerra, con interesantes propuestas teóricas pero, en mi opinión, una incontrolable animadversión a los reporteros (especialmente de guerra). Una de las conferencias más interesantes fue la Chavarin y Bloomberg, teoría aliada a la experiencia. Cuestionamiento, que no refutación, de la fotografía de guerra. Pero sus propuestas dependen de que otros pongan los cuerpos.

La teoría,  por mucho que quiera presentarse como verdad revelada, está sujeta a las modas, y mi intuición me dice que, contemplando la situación presente, este apogeo  de la teoría –en buena medida es un revival de teorías pasadas, sobre todo de los sesenta y setenta– y la forma en que los teóricos acceden a puestos de responsabilidad ligados a organismos públicos –incluyendo universidades, oenegés o importantes centros culturales– no sirve para encauzar las acciones de los profesionales sino, al contrario, para neutralizarlas. Para controlarlas y desacreditarlas. Me interesa cómo sus mensajes pasan a ser consignas difundidas oficialmente. Es seguramente una forma perversa de censura.

No defiendo el adanismo teórico militante –ergo, reseñas literarias como las que firma en Babelia María José Obiols–, pero me parece que la teoría solo se convierte en acción cuando consigue galvanizar y aglutinar a un público en torno a ella para intervenir, como una demanda, e incide sobre la realidad. Eso sí sucedió en los sesenta y en los setenta. La reivindicación tal como hoy la presentan de aquellas teorías está, me parece, entre el kitsch y el camp. Resulta sospechoso que  los cuerpos están ausentes.

No puede decirse eso de la experiencia del fotorreportero Juantxu Rodríguez, muerto por fuego norteamericano en Panamá mientras cubría la invasión del país.

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