Los críticos literarios: como islas en la corriente

Hace poco protesté por lo que entiendo como una apología de la autoridad, una idea que no comparto ya y que dejó de interesarme hace años, hoy me apetece comentar lo mucho que me han gustado los dos últimos artículos de Ignacio Echevarria en El Cultural.  La razón no es, ni de lejos, porque los temas puedan entenderse como ¿menores? ¿femeninos? ¿blandos?, o quizá inofensivos en relación a los debates sobre el “campo literario”, español o latinoamericano que en los últimos meses ha copado tantos artículos y blogs.  La razón es porque, al escapar de ese debate imposible que no puede resolverse en tan pocas líneas semanales como ofrece un suplemento, me parece que IE se libera no solo de un debate (de un enfrentamiento, de un rifirrafe) que es en sí mismo tramposo sino sobre todo de la tiranía de una imagen establecida en su trayectoria anterior como crítico literario. No quiero santorales literarios ni que me empujen a la perorata política airada pero intrascendente. Lo que espero de un crítico literario es que sea personal, que se arriesgue y llene de contenido su posición. En las últimas semanas sí me ha parecido que IE pasa a ocupar el verdadero papel determinado por la independencia de una posición que no está tutelada por ninguna cabecera de diario, cátedra universitaria o dirección de suplemento.

Sobre el traído y llevado no-debate,  que es fácil creer que pierde el que no acepta batirse en duelo, es tan tramposo como mucho de lo que se está diciendo últimamente. El que  lo plantea busca menos contrastar opiniones que derrotarlas; la elección de sus oponentes responde a una necesidad de derrocar a las figuras establecidas de la crítica literaria, de un lado, y  de la novela moderna de otro para erigirse como Joven Crítico Pope.  El fondo es tópico: la mítica pelea entre el boxeador novel y el veterano y castigado púgil.  Pero un debate sobre “lo literario” o sobre “la crítica” no puede ser monopolizado por un par de figuras y el “aspirante”, es al contrario un tema que debe mover a todos los que se interesan en el tema. Además, hay algo perverso en el crítico que cree que su condición de profesor universitario es la garantía de la inteligencia o la validez de sus lecturas. A mí me parece que el Homo accademicus, como lo llama Bordieu, es junto con el (fantasma del) mercado el principal enemigo de la crítica literaria.

Lo que me ha interesado de pronto, y convencido, en los asuntos que trataba IE es el cambio de tono, la iluminación de rincones distintos de los habituales –la canción o la voz interna dentro del texto crítico, que está modulada por una experiencia intransferible, la que sea; la sinceridad y el amor como mutua refutación, asuntos de la literatura clásica y hasta hoy mismo– sin que ello suponga rebajar el nivel del pensamiento sino, al contrario, ir a la médula de todo lo que puede decirse sobre el éxito y la legitimación de concretas propuestas literarias: el vínculo directo que tienen con la clase social, con las mismas expectativas de clase pero, inserto en la exploración de ese artículo, una política de la experiencia.

Me explico: la posibilidad o la capacidad de llegar más lejos o quedarse más cerca de la actualidad está determinada por una experiencia que sucede fuera del texto.

La verdadera resistencia que un crítico independiente puede oponer a las fuerzas centrífugas o centrípetas de lo que se llama “mercado” está en su fidelidad a una experiencia que, al final, nunca de manera transparente, va a dictar dónde se detiene o dónde necesita ponerse para expandir su libertad de decir.

Me ha gustado redescubrir la libertad del crítico. Confirmar que la libertad es un movimiento propio, no una inercia, no un truco.

La crítica que a mí me interesa y me provoca es la que se convierte en otra cosa, la más híbrida. La que va hacia otro lugar. Se mueve hacia la teoría; o hacia la novela y deviene ficción: Eloy Fernández Porta en Afterpop;  hacia la poesía: el Pauls de El Factor Borges. O hacia la sátira de costumbres.  Infinitas posibilidades

El último apunte sobre Amor y sinceridad me hizo pensar que no estaba del todo de acuerdo. A veces conviene decir la verdad, el núcleo duro de la verdad, sobre todo para desmentir a otros. Lo que Canetti  dijo en El suplicio…:

“De nada sirve decirse la verdad, siempre la verdad. La verdad que no se  transforma en nada es horror y devastación”.

Sí, me gusta que seamos o podamos los críticos ser como islas rebeldes, agitando la corriente.

Foto: Isla de Capri

PS: next time hablaré del “complejo de castración” al que se refiere Lacan. No se hagan ilusiones: no es un tema tan burdo para que se relaman los de siempre, no estoy  por aquí cortándole  la cola ni las coletas a nadie.

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