La teoría literaria pija: Afterpop o bailando quieto sobre una baldosa

Eloy Fernández Porta; la universidad Pompeu Fabra
como corte aristocrática: el apellido familiar pesa
Estoy leyendo Afterpop del “crítico más influyente de su generación”, Eloy Fernández Porta. Acabáramos: no es teoría literaria. No es tampoco crítica de la cultura contra-pop. Es un manual de autoayuda para chavales modernos –entre los 13 y los 35 años, tal y como van hoy las cosas– que informa acerca de qué se debe pensar de la vida que les rodea  y sus personajes. Cómo ser pop y after-pop.  Cómo ser moderno (de una manera que haría que  Rimbaud se enrolara en un carguero rumbo al Pacífico sin antes escribir un solo verso). Cómo haberlo leído todo, cómo saberlo todo, cómo enviar a la mierda la cultura. Toda.
Tengo ganas de escribir algo más acerca de este pseudo movimiento literario que en realidad es una simple agitación sobre una baldosa, pero ahora mismo solo anoto lo que más me sorprende y lo que mejor define al pijerío catalán (el pijerío catalán tiene una vertiente sui-generis y proliferante que es  la del pijo de izquierdas): se pueden dedicar capítulos enteros a analizar el modus vivendi, las neurosis, mitos, iconografía y expresiones varias de los nerds norteamericanos, y no dedicar ni una sola línea a analizar la presencia, actitudes, mitos y lenguaje de las chonis, los subalternos, o las clases medias  proletarizadas españolas.  No analizar para nada lo que de verdad escuece. Operar un “execrable juego de exclusiones” (las fórmulas entre comillas son de  Fdez.Porta).
Afterpop y Las teorías salvajes son dos libros hermanos, no de sangre sino de leche.  Brillantes a ratos, superdotados, exquisitos y elitistas en todo momento,  apabullantes como acróbatas en el  circo y tarantinianos. Ni el propio Fernández Porta ni Oloixarac están exentos de los rasgos caricaturescos que, según dice Porta, definen a la alta cultura, a saber: “el fárrago, el gran estilo, la pesadez”. (p.  246, Aft.).
Porque contienen ecos muy identificables de la “alta cultura de siempre” , los dos han sido rápidamente aceptados, integrados en el circuito de referencias modernas del hiperrestringido círculo de la “literatura moderna canónica”.  La iconoclastia de sus argumentos es un barniz que apenas cubre la voluntad de incorporarse de lleno en la gran corriente de la literatura occidental: Lyotard y toda la pesca él; Nabokov, Céline, ella.
Lo paradójico y lo que me provoca recelo es que su vanguardismo está aprendido en la universidad y regresa a la universidad, es hijo del ocio y del tiempo libre del estudiante universitario, de la hiperproductividad capitalista, del relumbre de los nombres propios, no de la desocupación, de la desolación, del proletario.  No es reactivo. Es discursivo. Es reaccionario.
No entronizo al proletario, pero su ausencia es tan flagrante.
Y otra suspicacia: se trata de un vanguardismo… de segundo grado. Esa demolición de la cultura “seria y pomposa” –que EFP hace con mucha gracia en la primera parte del libro– le correspondería a mi generación. De hecho, se hizo en parte a través del punk y la movida. Los hermanos pequeños de Mayo del 68. Pero literariamente a nosotros nos la hurtaron y pasó a la generación de Porta como un juguete mecánico. Es gracioso  porque van a favor de todo lo que el mercado pide: la rápida caducidad de los objetos. ¿Qué mejor que un experto que dictamina que todos los movimientos literarios están obsoletos? No. Yo sigo creyendo que la verdadera crítica literaria, la que haría más pupa, es la que recogiera los temas  de la crítica poscolonial.
En realidad, Afterpop es la enésima operación de matar al padre.  Al héroe resistente en la historia del franquismo. Como Las teorías salvajes mata a los padres izquierdosos y al heroico montonero.
Realmente, a cada cual sus problemas!
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