Los muertos, Jorge Carrión


Las editoriales punteras con sede en Cataluña se desentendieron desde finales de los 90 de la narrativa española –concepto por lo demás muy desprestigiado aquí– y tendieron alfombra roja a autores como Roberto Bolaño, Juan Villoro, Fogwill, César Aira, Piglia y Alan Pauls. Otros autores latinoamericanos tienen ya una obra excelente –Fernando Iwasaki; Juan Gabriel Vásquez, Cristina Rivera Garza…–, pero con un proyecto tan esquivo a las modas que no pueden ser utilizados como arma arrojadiza contra la narrativa española. En la última década, el apogeo de las series de televisión USA, internet, los blogs literarios y la importación de la generación X (con el ya mítico suicida Foster Wallace) culminan el cambio de paisaje de una modernidad narrativa en castellano que solo busca sus espejos en América.
     Se comprende entonces que un autor nacido en Cataluña de orígenes andaluces (es decir, ajeno al perfil de la burguesía ilustrada que marca el canon de la intelligentsia catalana), crítico literario y profesor en la Universidad Pompeu Fabra, posea una aguda conciencia del reto que se le presenta para ofrecer un obra literaria solvente dentro del patrón de modernidad en vigor sin renunciar a una identidad histórica heredada. Para protegerse además de los ataques de la crítica que sufrieron los narradores de los 90 (Mañas, Loriga…), los nuevos autores llegan con la crítica literaria incorporada en el texto y un sólido blindaje de erudición. Así, Jorge Carrión (Mataró, 1977) ha publicado crónicas de viajes y ensayos literarios sobre Sebald, Piglia y Juan Goytisolo. Aunque presentados como genios tutelares de su proyecto, Los muertos, según la regla que rige toda primera novela de autor joven, es una impugnación del poder dominante y, expresamente aquí, de la crítica literaria que reniega del mestizaje de géneros y de las nuevas formas narrativas instituidas por las series de televisión y los blogs en la era digital. En palabras de Carrión, la novela refuta la narrativa de Muñoz Molina (realismo del siglo XIX) y pide arraigo en el siglo XXI.
     El argumento refiere la aparición de un joven desnudo en un callejón de Nueva York; recibido a palos por cabezas rapadas y en estado de amnesia, este Nuevo es acogido por un Viejo, Roy, que le instruye sobre la necesidad de acudir a un “adivino” que recordará en su lugar quién es. Tanto Roy como su compañera, una hermosa negra, y el propio Nuevo lucen en sus cuerpos enigmáticas cicatrices y padecen de “interferencias” mentales que entienden como reminiscencias de una vida y una identidad anteriores marcadas por la violencia. La entrecortada historia de los personajes –un anciano elegante que recuerda el apocalipsis de Nueva York; la psicoanalista que pretende ofrecerle una trama coherente; la niña que adopta de inmediato a sus padres; los mafiosos– está inserta en un contexto de confusa amenaza, de corrupción (el Braingate), donde las comunidades de Nuevos vinculados por recuerdos afines se erigen en grupos de presión y peligro potencial. La presidenta afroamericana Hillary Clinton, las figuritas de papel que va dejando a su paso el Nuevo, el paisaje descrito a lo Blade Runner, desconciertan al lector que discurre por un territorio de diálogos televisivos estereotipados hasta el absurdo y de frases minimalistas que, por desgracia, no evocan al Hemingway de “sólo hechos”. El lector no sabe si lo que lee es copia mimética de las retorcidas series y films norteamericanos de hoy, supuestos contenedores de citas del más alto y bajo linaje cultural, o una valiente alegoría del presente –inmigrantes sin papeles, guerras preventivas– que tarda en descubrir sus cartas. De hecho lo hace en la segunda parte, donde se nos descubre que Los muertos es una serie televisiva de culto mediante un sesudo artículo, titulado “Nuestro dolor” firmado por una licenciada en Estudios Audiovisuales en Stanford y publicado por el New Yorker. Carrión se apodera de los fetiches que hoy legitiman y santifican al autor posmoderno: revistas, universidades, editoriales, series televisivas, argumentos narrativos y el continente americano.
     Pero lo hace para ofrecer una formidable lección de teoría literaria, que adrede deja fuera al lector corriente. El libro tiene su fuerza justamente en esta reflexión, donde se nos descubre que esos muertos son personajes de otras tantas series, películas, novelas, dramas teatrales y que, por la empatía que lectores o espectadores establecen con ellos, su muerte genera un duelo que debe sumarse al que provoca la muerte de seres de carne y hueso. Con audacia teórica, Carrión suma y equipara los cadáveres incontables de todas las guerras a la masacre incontada que suman los muertos de toda la producción de ficción en sus diversas formas. Al hacerse eco de la fuerza que hoy tienen las redes sociales y el fenómeno de los fans, que tratan de revivir a esos muertos encarnándolos (nueva versión del Farenheit 451 de Truffaut), Carrión enlaza con el Canetti de Masa y poder, dándole la vuelta: las masas de hoy son también masas gozosas, reivindicativas, reflexivas. Si la crítica más desfasada ve en las nuevas series de tv y en el embeleso ante la pantalla de las nuevas generaciones la prueba de su alienación, Carrión detecta que las pantallas –internet, sms, tv cable, videojuegos– son hoy los contenedores de las grandes narraciones tras el fracaso de las ideologías.
     La tercera parte ofrece la continuación de la serie ficticia, donde hay una pandemia de desapariciones (la gente se disuelve en la nada a la vista de todos y el último ha de apagar la luz) y los personajes ahora remedan a los Soprano en lucha con los Corleone, con cierta guasa sobre las identidades sexuales y de raza. La última parte se cierra con otro sesudo ensayo, “Los muertos o la narrativa postraumática”, firmado por dos popes de Comunicación Audiovisual en la Pompeu Fabra, J. Balló y X. Pérez. Junto a la coquetería de negar que pueda “narrarse la pantalla”, el texto defiende el valor de esta “narrativa postraumática”: la escrita por los nietos de quienes vivieron el trauma de las masacres del s. xx. Las referencias eruditas para vincular la serie con lo más in de la cultura posmoderna –desde Lynch a Lovecraft– no delata tanto un temor a la orfandad al renunciar a la tradición española como el temor a defender una condición bastarda del propio trabajo. Y la abrumadora lluvia de nombres propios como credenciales de Los muertos –Dante, Joyce, Homero, Grossman, Semprún– no esconde que Carrión está reivindicando todo el poder para el autor (los de la serie no hacen concesiones al éxito) y el hermeneuta, esto es el crítico, el profesor, sobre el hombre de acción, el MacClane o Tony Soprano al que “lo salva su intuición, no su inteligencia”. Carrión, sin embargo, no puede ignorar el desequilibrio entre sus dotes como ensayista y sus débiles logros como novelista, pues el lector echa de menos aquí ese goce en el narrar, esa exuberancia verbal y la hondura en el trazo de los personajes que define a los grandes autores que él presenta como avales de su texto.
Publicado en la revista Turia.
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