Festival de Cannes 2010 Palma de Oro contra el Alzheimer (o cómo estar à la page)

Así cantaban los 7 enanitos: Apitchapong Apitchapong


No es esnobismo, queridos, no prentendo dar lecciones de cinefilia (aunque podría…), no pretendo (solo) reírme (una vez más) de Carlos Boyero y su exhibida y asoldada estulticia cuando se trata de negarle a un film (perdón: película) capas de profundidad, ecos de tradiciones para él desconocidas, costumbres literarias nada desusadas (los títulos largos de las novelas americanas, muy populares en el siglo XIX, por exem). No, esta vez el jurado del Festival de Cannes 2010 (a lo que se ve) se ha decantado por la salud del orbe occidental (con África no hay ná que hacer, deliberaron ya que entre el sida y los condones (que no usan) y las miles de lenguas que platican, el riesgo de llegar a padecer alzheimer es ínfimo) y ha galardonado el remedio perfecto contra el Alzheimer: un apellido impronunciable y un título de peli muy largo.

Es eficaz, pero trivial (se lamentó Víctor Erice, y el hindú Shekar Kapur asintió). Es trivial, pero eficaz  (corrigió Tim Burton, y Benicio del Toro asintió.)

El alzheimer era el tema, tan ligado a la cinefilia: porque el cine es memoria y rescate de la historia. Y mientras visionaban las películas a concurso y tantas otras promos y pronunciaban los nombres de sus directores –:”Godard dice que tiene una crisis griega”; “De González Iñárritu me gusta más el quevedesco 21 gramos [polvo seré, mas polvo enamorado] que Biutiful“, “Takeshi Kitano está de katana caída”–, comprobaron que había un apellido verdaderamente difícil, que se les enredaba en sus lenguas renuentes: Apichatpong Weerasethakul, el director de Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives.
Repitan: Apichatpong Weerasethakul. Diez veces: A-pit-cha-pong-Wee-ra-se-tha-kul. No es difícil. De niños ya aprendieron aquello de esternocleidomastoideo y cantaron supercalifragilísticoespialidoso… Ahora, veinte veces más. Apitchapong… Ensayen delante del espejo, hasta conseguir una expresión natural. No es difícil, insisto. Cualquier apellido vasco es MUCHO MÁS difícil: Aguirresarobe, ¿qué tal éste? Zufiarre Bengüeitia. ¿A qué tiene lo suyo? Y también entre los vascos hay fantasmas por los bosques, con pistolas y no se sabe tampoco si vivos y muertos. Lo mismo sucede en Jamaica, se dice, pero están tan lejos…
El jurado, después de fallar por la époustouflante [pasmosa] interprétation del estupendo Javier Bardem –crónica de Le Figaro (diario de la derecha francesa)– y futuro oscar 2010 (¡hagan apuestas!), llegó a la conclusión evidente de que debían conceder la Palma de Oro a aquel director que mejor contribuía a impedir la disolución de la memoria, la peste del siglo. Y se volvieron a mirar a Tailandia: Apitchapong Weerasethakul.

Después de repetir 30 veces el nombre del director tailandés del momento, vuestra capacidad neuronal habrá multiplicado su potencia por 300. Si para impresionar al auditorio à la page necesitáis aumentar el potencial memorístico, incluid los siguientes nombres, además del japonés Takeshi Kitano: Hou Shiao sien, Wong Kar Wei, Abbas Kierostami y Tsai Ming liang. Pronunciadlos como si nada.
Javier Bardem con un premio
Ver sus películas resulta más arriesgado: no siempre se encuentran.
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2 comments

  1. Anonymous · mayo 27, 2010

    De Carlos Maiques, vía mail:Me ha gustado, mejor, me ha divertido mucho, tu último comentario mnemotécnico: A-pit-cha-pong…Wee-ra-se-tha-kul…300 veces…Eficaz, trivial y puede que no definitivo contra las enfermedades, pero animado (soy más de Hou Shiao Sien o los muchos Takeshis, pero A-pit-cha-pongexpialidoso casi me gusta tanto como Tran Anh Hung y sus veranos llenos de papaya verde) Lo del personaje de Carlos Boyero sobre todo es una lástima, pero no porque sea vieja o retaguardia, más que nada por el número de páginas que quita a ltodo aquel que pretenda hacer un trabajo decente en lugar de hablar de "sus cosas". Al menos, en la sección Dioses y monstruos habla de lo que quiere como desea, sin las tremendas molestias del desplazamiento, el aburrimiento infernal como condena durante el visionado (le salió rana decir que no había visto completa una película que después reseñó) de un film, o las molestias de cualquier obstáculo inesperado en su vida. Cómo se echa de menos a Guarner o Fernández Santos.Nunca está de más recordar que en Inglaterra y otros países hablan de Paydroh Ahlmahedoubahr y su “Vólvehr” con idéntica dificultad.Algo más seria, también he disfrutado con tu penúltima entrada. Y el espacio vacío que señala, las posturas que se toman alrededor de lo que pasa en torno a los días. Muchas posibilidades, todo un abanico. La opción rebelde, la opción supuestamente “vendida” y conformista. El limbo.No es casual, creo, que estén las páginas (y las pantallas) repletas de muertos y fantasmas que se comunican con o sin problemas con los vivos. Los necesitamos, parece, para estar en el momento. No estar para servir al futuro. Un saludo bajo un sol no de justicia,CarlosPS: En otro cuento, esta vez una película muy desigual, que vi anoche por casualidad, Viktor Frankenstein le dice a su mujer, o a su cadáver renacido, “say my name”, para que no se vaya con el monstruo que le acecha. No creo que tenga nada que ver con tu libro, por ser una expresión de uso habitual, pero me chocó oírla…PPS: Y me has recordado un artículo de hace varios años, que conecta de algún modo con el idealismo de los proyectos, y las camisas de fuerza con que someten a los individuos.Viento del Este, de Félix de Azúa, te pongo el enlace y sus últimos párrafos:http://www.elboomeran.com/blog-post/1/257/felix-de-azua/viento-del-este/

  2. LIU · mayo 27, 2010

    Bueno, Carlos, por párrafos:Yo no echo de menos a Fernández-Santos. Creo que en los últimos años se copiaba a sí mismo; no estoy segura de que viese hasta el final todas las películas que criticó. No me interesa ese momento en que la firma del crítico vale más que el contenido de sus palabras. Guarner me "suena", pero no lo tengo muy presente.Respecto a Say my name: es una fórmula habitual pedir a alguien que puede estar sufriendo una conmoción cerebral que diga su nombre. Pedirlo al revés: Di mi nombre, es pedir otra cosa. Al decir el nombre de otro, se sale de sí mismo para entrar o volver al circuito de las realidades compartidas. Y sobre las páginas y blogs llenas de muertos y fantasmas, qué decir? Es tan típico en tiempos de crisis volverse hacia los extraterrrestres o hacia la ultra-vida… Pero, cada cual elige qué páginas visitar y en qué discusiones participar. No me verán por ahí.

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