“Hace mucho que vivimos entre la mierda y el descaro”. No me consultes sobre la reforma de la Diagonal de Barcelona

La frase, genial, “Hace mucho que vivimos entre la mierda y el descaro” salió de boca de un chico cubano, que ha ido a integrarse en uno de los grupos que según relata el diario Cubanet, están aflorando, grupos de adscripción a los ritos afrocubanos, abakuá. Se les exige ser “hombre y no pasar una”. La mayoría son jóvenes, negros, entre 16 y 21 años. La policía los para y los interpela, amparándose en la ley de peligrosidad social pre-delictiva (luego hay quien se rasga las vestiduras por la nueva ley que pretenden imponer en Arizona contra los mexicos, cuando la policía cubana, como en su momento la de Franco, y como el Tom Cruise de Minority Report, tiene la facultad de vislumbrar el crimen o la fechoría por cometer, e intervenir para detener lo que no ha ocurrido. La prosperidad, los horizontes, para empezar).
Los chicos se rebelan contra el sistema –o, por decirlo mejor, contra la falta completa de sistema– y entran en estas hermandades que les proporcionan un sentido de pertenencia y de identidad.
En el lado opuesto, se supone, estamos en Barcelona. La ciudad opulenta. La ciudad rica de  la que mana a todas horas leche y miel. Pero no es cierto, no estamos ahí.
Para no perder las coordenadas, pienso en los que viven hacen mucho entre la mierda y el descaro. Y por eso no acudo a votar a consultas burlonas como la que Hereu se sacó de la manga para jugar al Trivial-Democracy con los barceloneses.
Va a ganar la tercera opción, la que significa un corte de mangas a nuestro rubicundo alcalde, de apellido tan rossinyoliano. Cunde el mosqueo porque los intereses de la empresa privada del tramvia están detrás de la consulta y porque se multiplican los temas por los que querríamos que se nos hubiese consultado.
Mientras las novelas de nuestros muchachos posmodernos se llenan de ovnis, extraterrestres, zombies, remedos dickensianos y otras criaturas y situaciones alienígenas, aquí en la Tierra vale la pena denunciar cómo la democracia y sus mecanismos (partidos, libre mercado, libertad de costumbres, publicidad, protección de menores) aparentan cubrir nuestras necesidades de ciudadanos cuando en realidad nos predisponen, nos aleccionan, para reconocernos sólo en un conjunto de necesidades predeterminadas.
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