Duda categórica: ¿pero de verdad hay que leer a Michel Houellebecq?

La madre de Houellebecq. Las malas madres siempre arrebatan el protagonismo

He conseguido vivir sin leer las novelas de Houellebecq y ahora resulta que si no comulgamos con las tesis de este rencoroso imbécil no merecemos ser considerados… ni personas. Llevo los últimos años dedicada a resistir a la marea de narcisismo infantiloide que dictamina que todo lo que no nos mimaron nuestros padres es una deuda y una herida abierta eternamente y que esa deuda impagada exige que nuestro auténtico deseo es regresar al útero (literal) de mamá.
El daño que han hecho personajes como Lucía Etxebarria y Michel Houellebecq con sus pataletas algún día quedará tasado y medido. La pena es que, como parecen tan entretenidos, atraen mucha atención y han acabado convirtiéndose en el rasero de medir el perfil del novelista contemporáneo. Pero solo parecen vivos en sus pataletas, nunca en las soluciones.
El diario argentino Perfil publicaba en 2008 una “desopilante entrevista” con la madre del escritor francés. http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0259/articulo.php?art=7310&ed=0259
Está muy visto que las madres ultrasexuadas castran a los hijos/as, pero no conseguí pasar de las primeras páginas de su novela Las partículas elementales con su caterva de perdedores. Si ahora todos parecemos perdedores es porque, por desgracia, se publican demasiadas novelas y se emiten demasiadas series, entrevistas, y realitys donde se cuentan las tropelías sufridas, pero nunca se cuenta cómo se resiste, cuáles son nuestros puntos de fuga o cómo se responde a la inevitable tentación de avasallarnos que manifiestan “los otros”… (que no siempre están muertos).
Madame Ceccaldi arguye: “ah, no, no metan a Freud en esto”.
Me quedan lejos estas batallas, ahora no sé si fortalecen o solo distraen de lo fundamental.
Ah, sí, cuando me tocó la desgracia de vivir estos argumentos, me pertreché, muy joven, de mis sesiones de psicoanálisis; era la única manera de distanciarme de las provocaciones. Aunque esto no te libra de la autoridad más o menos despótica del psicoanalista, al menos no puede creerse, sin ruborizarse por el delirio, que es tu padre. Las sesiones espaciada en el tiempo le obligan a él más que a mí a reconocerme. Esa distancia te permite ver al otro agresor (otra, otros) inmerso y convencido en su fantasía de control y dominación. En general, suelen desdeñar todo lo que signifique una razón objetiva –“¡ah!, no metan a Freud en eso”; o “me cago en los libros” (variante: “me cago en los críticos”) , o (como Sartre) proponen que no se les psicoanalice el inconsciente sino los actos conscientes, la voluntad– estos tiranos persuadidos de que su placer es el “principio de placer” universal. Que su ombligo es el Ombligo Universal.
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