Edmund Wilson – El eslabón perdido de la moderna crítica literaria

Nueva York, territorio de actuación de Wilson

Caricatura estupenda de Edmund Wilson: —David Levine/Kathy Hayes Associates

EDMUND WILSON – OBRA SELECTA
Editorial Lumen, 2008, varios traductores
De entrada, produce cierto desconcierto encontrar en un artículo fechado en 1928, cuando Edmund Wilson tiene 33 años, titulado El crítico que no existe, una frase que suena extrañamente familiar: “De lo que carecemos en [Estados Unidos] no es de escritores ni de grupos literarios, sino sencillamente de una crítica literaria rigurosa”. Y: “cada uno de estos grupos [de críticos de ideologías diversas] genera la crítica suficiente como para justificar o explicar su labor, pero, en general, me atrevería a afirmar que no se comunican entre sí y que sus opiniones realmente no circulan. Resulta sorprendente que, a pesar de la enorme producción de periodismo literario, el ambiente literario en Estados Unidos no sea un conductor de la crítica, sino todo lo contrario.”

Es inevitable sonreír y lanzar un suspiro adivinando que se avecina esta doliente conclusión: “Al revisar la inmensa producción actual del periodismo crítico en Nueva York, uno se pregunta por qué nuestras reseñas continúan siendo tan pueriles”.

Tenía yo la sensación de descubrir una especie de “eslabón perdido” de la crítica literaria a medida que leía su Obra selecta, recopilada por Aurelio Major. Porque, de algún modo, nos hemos acostumbrado a creer que la verdadera crítica literaria es la que empezaron a hacer los franceses –no, como dice Wilson, en la época de Valéry, sino más tarde, con el estructuralismo, Roland Barthes, Derrida, etc., con lejanos ecos de Benjamin– y asumieron las universidades norteamericanas traduciéndose en la creación de los actuales Estudios Literarios con sus departamentos dedicados a los discursos de género, poscolonial, etc.

La edición de esta recopilación de artículos y reseñas no tiene, sin embargo, un valor arqueológico porque desentierra los textos de un crítico célebre pero pasado de moda para ilustrar a lectores curiosos. Tiene valor porque leyéndolo parece diáfano qué es lo que en los últimos años parece haber perdido la crítica literaria publicada en los grandes medios. No ha perdido peso social -hablar a fondo de libros siempre ha sido cosa de pocos–, ni las ganas de influir, ha perdido convicción humanista y perspectiva histórica. La pérdida es abrumadora cuando comparamos De leyendas y lecciones, de Claudio Guillén (Crítica, 2006) con Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig. Sin llegar a tanto, cuando leemos a dos autores brillantes como Martin Amis en La guerra contra el cliché (Anagrama, 2003) y a Terry Eagleton en Después de la teoría (2003), por detrás del humor típicamente made in Oxford asoma el combate de ambos contra la tontería, contra el lugar común y la mansa mediocridad, pero delatan su connivencia con un contexto intelectual ya in-trascendente y atomizado y con los mecanismos de exposición de los grandes medios de comunicación. El brillante Martin Amis no vacila en ser sarcástico; sin embargo, lo que divierte de sus artículos es que su inteligencia y su lengua desinhibidas van parejas con la convicción de ser un niño mimado de la intelectualidad británica: es la casta lo que le da derecho a ser tan irreverente y épatant como esperamos. Esa ventaja dilata su capacidad de arremeter contra los malos libros allá donde a otro reseñista se le daría una patada en el trasero sin más finiquitos.

En La guerra contra el cliché, precisamente, Amis dedica buenas páginas a Vladimir Nabokov, el gran amigo de Edmund Wilson, a Evelyn Waugh y a Dickens, entre otros autores de los que también habla Wilson. Compararlos sirve para advertir que un buen crítico necesariamente coincide con las opiniones de otro buen crítico. En este sentido, es pasmosa la coincidencia en los comentarios de ambos sobre, por ejemplo, Retorno a Brideshead. Pero no sé si es también sorprendente (o sólo lógico) que en los últimos años, Amis se haya dedicado a criticar la fascinación que el comunismo ejerció entre los intelectuales ingleses, un tema –el del desengaño de la Rusia soviética y el espejismo que fue la revolución– recurrente en Wilson.

Entonces, si Amis se presenta con la ventaja de una inteligencia chispeante y libre de puritanismos morales, tan afín a los lectores modernos, ¿por qué la compilación de artículos de Edmund Wilson resulta más importante y preferible? Porque con Amis tenemos la impresión de que sus comentarios literarios son secundarios respecto de la actividad principal, la narrativa, y que su lectura es técnica, típica cocina de escritor. En último extremo, sirve para corroborar que Wilson ofreció un proyecto a largo plazo y fue un pionero en un contexto histórico estimulante.

Edmund Wilson (1895-1972), miembro de la clase alta neoyorquina y educado en Princeton, experimenta con la Gran Depresión tras el crack del 29 el verdadero revulsivo que le lleva a considerar el socialismo como el único horizonte político posible. Según dice Aureli Major: “la intensidad del efecto político [de la Gran Depresión] en el marco de la triunfante revolución rusa, acendraron su convicción en los años treinta de que la crítica literaria ejercida desde el periodismo era higiénica para las clases instruidas a las que se dirigía, pero que ese empeño, de modo esencial, debía asimismo formar el gusto literario de sus lectores”.

Pero no es la idea de responsabilidad lo relevante sino como ésta se conjuga con una voluntariosa elegancia en la forma, la hondura en el análisis psicológico y una franqueza sin concesiones en su juicio. Todo esto resulta más interesante porque Wilson luchó siempre contra una tendencia heredada a las enfermedades nerviosas, y parece que luchó a brazo partida para que no fuera la enfermedad la que escribiera los artículos en su lugar. Publicó en las revistas más punteras de la época, desde The New Republic a The NewYorker y defendió sus ideas y sus ingresos sin pelos en la lengua.
Interesa el nexo que traba en sus reflexiones entre lo que los autores narran y el material que la realidad brinda como experiencia. Wilson vivió el crecimiento de Nueva York como polo cultural de Occidente –sustituyendo a París– y tuvo su protagonismo en ese cambio. Era consciente de que mucho de lo novedoso era digno de tenerse en consideración, y así en 1944 escribió ¿Por qué la gente lee novelas policiacas? para aseverar que esperaba no leer nunca nada más de Agatha Christie y que El halcón maltés “nos parece hoy no muy superior a esos fotogramas diarios, en los cuales se siguen día a día las subidas y caídas de un héroe de recia mandíbula y una endurecida pero bella aventurera”. Más clarividente parece hoy su lectura de MacCain y de Steinbeck y muy iluminador cuanto dice de los escritores del Oeste.

Sin sensacionalismos, realiza una durísima crítica de la especulación inmobiliaria en Nueva York, de su crecimiento desmesurado y de la explotación que soportaban los obreros empleados en la construcción de los rascacielos. En modo alguno eran superficiales sus convicciones socialistas, no formaba parte de una izquierda chic, como se desprende de su correspondencia con Dos Passos, entre otros, y esa convicción en el socialismo le supuso, como a Gide, una profunda decepción tras su viaje a la URSS, contando unos 40 años. Se sabía acompañado en su rechazo a la política soviética, que se tradujo en una crítica metódica de los excesos estalinistas y, especialmente, de la represión y represalias padecidas por intelectuales y poetas sospechosos de disentir, y en cualquier caso nunca bastante sumisos a las directrices del gobierno soviético. Lo cuenta en Camarada príncipe. Una semblanza de D.S. Mirski, de 1955; lo destaca en cartas a Nabokov con comentarios sobre determinados personajes típicos de los cuentos de Chejov: “me pareció sobre todo interesante en relación con lo que ha sucedido en Rusia, pues muchos de los tipos a los que se aplica –campesinos que han mejorado su posición, empleados incompetentes e insatisfechos– son los mismos que luego ocuparon la cima de la sociedad”. Y sin duda le da raíz a su amistad con Nabokov.

Sin embargo, si algo queda claro (y nos consuela) al leer a Wilson es que un crítico excelente nunca es infalible y puede sufrir un ataque de miopía ante los apuntes del gusto futuro que encierran determinadas novelas. Puede no ver cómo el gusto popular usurpa muchas veces figuras y modos de la literatura de vanguardia para crear sucedáneos que luego se esgrimirán como si fuesen auténtica literatura de vanguardia. En este sentido es divertida y premonitoria la torpeza con que él y su ex mujer, la escritora Mary McCarthy, leen una novela de Nabokov que sólo puede ser Lolita y el incidente en 1938 con Trópico de cáncer y la réplica de Henry Miller en El crepúsculo de los expatriados, que es un avance de lo que hoy son las relaciones entre la crítica establecida y los novelistas radicales (¡malditos críticos, he vendido miles de ejemplares!, etc.).

Los patinazos de Wilson no los dicta la mojigatería, pues demuestra sobradamente que no cojea de ese pie al reseñar la falsa autobiografía de Gertrude Stein y su novela Things As They Are, donde se pregunta “si miss Stein se había dado cuenta de que hablaba del amor entre mujeres”, o cuando se queja de lo aburridas que son las perversiones de Sade o cuando defiende una nueva biografía de Wilde porque devuelve la honorabilidad a los padres de éste y establece que la sífilis fue la causa de que Wilde se inclinara por la homosexualidad.

No, lo relevante de Wilson es la actitud: cosmopolita, apasionado, curioso, erudito, dialogante –su ingente correspondencia lo prueba–, atento a tendencias políticas y filosóficas, a novedades como la fotografía, y tan coherente en sus convicciones políticas como firme en su defensa de la alta literatura. Él estableció lecturas de escritores como Hemingway, Joyce o Scott Fitzgerald, que décadas después nos permiten reconocer valores de la época y las heridas que la guerra infligió a quienes la vivieron. En la actualidad, cuando el escritor es un fetiche de la celebridad o del fracaso más que un hombre con un proyecto, sorprende de Wilson cómo disfruta elogiando analíticamente los hallazgos de un autor o descubriéndolos –ocurre con Hemingway, Joyce, Proust, Flaubert y Henry James–. El fin de esta celebración es realizar una radiografía moral del tiempo en que vive, sobre las que en cierto modo proyecta su experiencia. A su modo, y por eso su crítica literaria ha perdurado sobre su obra de ficción, escribe una novela de la narrativa contemporánea con personajes fascinantes y menos, con sorpresas dramáticas, como la muerte inesperada de su gran amigo Scott Fitzgerald, lo que le convertiría en su editor y responsable de terminar la novela El último magnate; o el suicidio de Hemingway o tragedias políticas, como la Gran Depresión o la revolución rusa y sus abismos.

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