Galería de enormidades 1 – (San) Jaime Gil de Biedma


Fotograma de Simón del desierto, de Buñuel

Enormidades, las que ha pronunciado un productor de cine harto conocido, Andrés Vicente Gómez, descalificando a Juan Marsé, al que, una vez más, no le ha gustado una adaptación al cine de un texto (más o menos) literario. El cónsul de Sodoma: tengo que admitir que el título es brillante, aunque es uno de esos títulos que parecen haberlo contado todo de entrada. Como Nuestro hombre en La Habana, como mínimo tiene la obligación de sorprenderte con algún personaje vendiéndote aspiradoras que hará pasar por misiles. Yo me entiendo. Las palabras de A.V. Gómez reflejan muy bien no la mentalidad de nuestro tiempo sino la inercia de la provocación ridícula y la descalificación mezquina. Aquella en la que se incurre cuando alguien está convencido de que el gran público es el depositario de viejos prejuicios burgueses y que, por lo tanto, descubrirá consternado que el hoy famoso escritor fue chico pobre y de barriada. Como si Marsé lo hubiese mantenido en secreto, jaja.

Simón del desierto, protegiéndose de la tentación carnal
La perla de A.V. Gómez, reproducida por El País y con firma de A. Intxausti: “Juan Marsé está dolido porque se muestran aspectos de su vida personal. Él conoció a Jaime Gil de Biedma cuando era un pequeño escritor empleado de una joyería y se casa con la criada de una marquesa. Eso aparece en la película y la influencia que tuvo el poeta en su novela Últimas tardes con Teresa. Ver en imágenes esos aspectos de su vida le ha parecido terrorífico“.

“Pequeño escritor”, “Se casa con la criada de una marquesa”… ¡Terrorífico! ¿se puede concentrar en menos frases los propios prejuicios clasistas? Y presume Gómez (aristocrático apellido donde los haya) que el lector ha de compartirlos. A falta de poder interesar al público con la calidad y el rigor de una propuesta cinematográfica, se lo busca por el morbo y, como dirían los viejos puritanos, las bajas pasiones. Pero ¿en qué quedamos? ¿No somos, lectores de El País, exquisitos señorones que despreciamos a la plebe que alterna con criadas? ¿Por qué iríamos entonces a ver una película que trata de la cochambre?

Portada del libro dedicado a Jaime Gil de Biedma, de Miguel Dalmau


Retrato del poeta con mascotas- Fotógrafa: Colita

Cielos luminosos del atardecer de enero. Allá donde, nos decían, residen los santos y los ángeles. Hoy, en periodismo, es necesario primero santificar a la persona/personaje: San Jaime Gil de Biedma, señorito y mártir, expulsado neonato del PC. Luego, derribarlo de la peana: porque no era asceta, porque no era casto, porque no era Simón el Estilita. A golpe de piedras, ensuciar la efigie con boñigas.

Como poeta, Gil de Biedma no me entusiasma. El personaje nunca me ha entusiasmado: sus diarios me parecen excesivamente calculados y construidos. Pero de los poetas creo que deben hablar quienes saben de poesía. Decía, por ejemplo, Max Aub, en 1969, en un listado de los poetas jóvenes interesantes, tras dedicar varias exhaustivas conferencias a los del exilio español:

Jaime Gil de Biedma (1929). Es, sin duda, el más complejo de estos jóvenes poetas y de los que más se puede fiar, como lo demostró cumplidamente en Según sentencia del tiempo (1953), Compañeros de viaje (1959), En favor de Venus (1965), Moralidades (1966)”. Poesía española contemporánea. Ediciones Era, México, 1969, p. 239.

Ay, seguimos viviendo dentro de una película de Buñuel y de Berlanga.
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