Crítica en frío

Fairouz, cantante libanesa (1935)
http://www.youtube.com/watch?v=iE9_Guv0D3E&NR=1

Nilo de noche – Foto: Francisca Rivera
http://frivera.ojodigital.net/displayimage.php?album=28&pos=14

Escucho a Fairouz, Misk Kaya Hayek T’Koun, cantante libanesa nacida en 1935. Es el tipo de música adecuado para poner una distancia y no ceder a la fuerza centrífuga que tienen determinados “debates”. No termino de creerme el giro que está tomando el debate entre Fernando Aramburu e Ignacio Echevarria en El Cultural de El Mundo. Recibo las newsletters del suplemento, picoteo en los distintos apartados, y, en medio del asombro, me pregunto si no estará decidido de antemano que tal día haya una escalada para subir la temperatura del enfrentamiento y así conquistar a más lectores. No parece.
Sondeo un poco en las opiniones de blogueros. Todos en bloque a favor de Aramburu. Sin embargo, yo creo que quien tiene razón es Ignacio Echevarria. El problema principal de este debate es que se han puesto a dialogar o a discutir dos personas cuyos discursos no tienen posibilidades de coincidir nunca, a pesar de hablar los dos en fluido castellano y ser de la misma generación. Aramburu pasa por defender la postura de la sensatez, de salvar todos los muebles y todos los habitantes de la casa amenazada, pero lo cierto es que está representando a esa mayoría que se ha diluido en la nada absoluta de la insulsez cotidiana. Últimamente no estoy nada de acuerdo con lo que dice IE, pero me resulta imposible atacarlo en bloque o descartarlo como veo que hacen otros porque, fríamente, constato que ninguno de los que lo critican le llega a la suela del zapato.

Un ejemplo: Aramburu evoca a la lectora de Murakami cuyas experiencias, que ella es incapaz de expresar, encuentran un reflejo intenso en las novelas del japonés, de tal modo que el escritor vasco se siente desarmado para atacar los defectos de construcción de la novela. Como novelista, me parece interesante de qué manera lee una persona sin formación intelectual y que se relaciona emocionalmente con el mundo que la rodea, ya que su forma de leer es un rasgo más de la persona que la crea como “personaje”, precisamente. Si nos quedáramos en la postura de Ignacio, un libro y una película como El lector no podría ni arrancar. La carcelera analfabeta de la SS que pide a las que van a ser sus víctimas que le leean, el valor que ella otorga al saber leer, el analfabetismo y la férrea obediencia como abismos que se colman a través de ese perfeccionamiento del alma que es la cultura, clásica además. Y, sin embargo, lo que dice IE es justamente lo que ilustra la trama de esta obra: que leer no basta. Leer no nos hace buenos. Leer es otra cosa.
En la última sesión, Aramburu habla directamente de ofensa y le recomienda a su adversario emigrar o estar lejos de sus insultos. Nada más y nada menos. Repasa el panorama cultural español y constata con razón que muchas cosas han mejorado. Pero todo eso ha sido a costa de unificar las personalidades que acceden a una visibilidad, o incluso a un nombre, a un cargo. El mismo malentender lo que IE dice refleja la pérdida de una imagen interior trascendente, la renuncia a dignificar la palabra como agente de construcción personal, de transgresión real, de subversión. La cultura actual, derivada de la movida, es el sucedáneo de esa transgresión real. Y, porque ellos hablan de ETA, compárese lo que escribe del terrorismo el propio Aramburu en Los peces de la amargura con lo que dejó dicho Pasolini sobre los años de plomo, sobre el enfrentamiento entre la clase rural destinada a ser policía y jóvenes universitarios que corrían delante de la policía, ese pueblo al que decían pretender liberar . No hay color.
IE ha escogido una retórica equivocada, me parece, desde que dejó El País. Se centra mucho en las ideologías, en las ideas, pero no presta atención a los gestos entendidos como imágenes, la parte icónica de los comportamientos y así deja de ver aspectos muy interesantes de la vida de hoy. En estos momentos, resulta más revelador, más demoledor, el Barthes de Mitologías que toda una generación de críticos posmodernos. En los años sesenta escribió lo que pasa hoy.
Tengo mi propia idea de lo que ocurre en la crítica literaria española: le falta lujo y le falta goce. Holgura y derroche, de ideas, de expresión literaria, le falta despreocupación, sensualidad y desmelene. Y documentación, ya de paso. No digo que las reseñas deban congregar todos esos ingredientes; pero lo habitual es que ninguno de ellos esté ni por asomo.
En el derroche de sí hay más humildad personal que en el tipo de reseña obligada por los suplementos. Muy al principio de mi colaboración en la sección de Libros, Sergio Vilasanjuán me dijo que tenía que escribir las reseñas para el “senyor Pep”, un señor normal, lector de La Vanguardia. Mi idea de ese senyor Pep correspondía a un botiguer que llevaba las cuentas con gran escrúpulo, hombre de bien, poco leído y más o menos putero, que compraba ese diario por las páginas de contactos. De manera que nunca escribí para el senyor Pep sino para ponerle notas al pie o al dorso a mi propia vida. No hay que escribir crítica literaria para el senyor Pep, hay que escribir todo, incluida la lista de la compra, contra ese senyor Pep en el que pretenden convertirnos a todos.

Guardar

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s