ÁGORA, o el sueño gay de Alejandría, digo de Amenábar

Imagen reciente de Alejandría: de www.viajeaafrica.com

Salgo de ver Ágora, la aclamada película de Amenábar. Dios mío, creo que no había visto una película tan gay desde La reina Margot, de Patrice Chereau. Como suele ocurrirme en las películas de Amenábar he estado a punto de salir, de escapar, del cine antes de terminar, con esa sensación de hastío, con ganas de preguntarle: “oye, guapo, por qué no haces ya esa película gay que te debes a ti mismo y nos dejas en paz a los que creemos de verdad en el cine y en todo lo que la vida puede ofrecernos de bueno?”. Bueno, la Hipatia de Amenábar es una auténtica pava, sin nervio, sin garra, pensando en sus elipses mientras prefectos macizos, bellos esclavos y otros maromos beben los vientos por ella. Pobre Rachel Weisz. No sé si irá a los oscar, puede ser, sí, claro, por qué no, creo que los judíos quedan bien en el filme, sí, es verdad, lapidados por los malísimos cristianos, pobres judíos, qué listo es Amenábar. Sí, pobres judíos, ah, sí, un oscar para el mariconcente de Amenábar.
Es que son demasiados iconos: el faro de Alejandría, su biblioteca, el Egipto feliz, la sabiduría antigua, manoseados en un contexto de cartón piedra.
Lo siento, bueno, no, no lo siento mucho. Siento más lo mal que quedamos siempre las mujeres en las películas de Amenábar. Qué adolescente resabiado, qué fastidio. Cuánto tonto junto para aplaudirle. Entre él y David Rocha, (y sus palmeros) van a acabar con el buen cine español.
Más en serio: invito al espectador de Ágora a encontrar las claves freudianas de las distintas pulsiones que mueven a los personajes. Hágase un listado de todas ellas y extráigase un modelo de comportamiento de los personajes protagonistas de las pelis de Aménabar. Y tendremos todo lo que usted quería saber, y más de lo quería saber sobre las pulsiones misóginas de nuestro más reverenciado cineasta.
Sigamos, piensen en todo lo que se ha escrito sobre el antiguo Egipto, sobre sus hermosos dioses y sus no menos hermosas creencias, sobre el elogio de la feminidad (traduje justamente Las egipcias, un bonito texto del ínclito Christian Jack) que traslucen todos los frescos del arte egipcio, sobre la profundidad que revelan sus creencias, su religión y sus tradiciones, su ciencia incipiente; súmese todo el cuarteto de Alejandría, de Durrell, toda la tradición literaria europea volcada sobre África, y réstese todo eso de Ágora para discernir de qué carece este encumbrado muchacho.
No. Yo no creo que tenemos el cine (o la literatura, o el sexo, o la vida) que nos merecemos. Al contrario, no nos merecemos que Aménabar pase por ser un genio.
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