QUANTUM OF SOLACE. Por qué fallaste esta vez, Daniel Craig

Daniel Craig y Olga Kurylenko salen de una emboscada
en el desierto de esta guisa
Cartel de promoción.
El espía que dejó de ser elegante
Me extrañó que la nueva de Bond, Quantum of Solace, no diera pie a tantos artículos como Casino Royale. Me olí que no era buena. Y tardó en llegar a las casas de video. Uuum, muy mala señal.
La vi hace un par de semanas y me aburrió mucho, pero además de aburrida me sorprendió por algunos detalles, el más importante era que ni Bond ni Judi Dench, ni el actor francés, muy sobrevalorado en mi opinión, Mathieu Amalric, estaban bien. Por si eso fuera poco, las chicas Bond no tenían demasiado gancho, y los malos –además de Amalric– eran no caricaturescos, desmesurados, paródicos, como en los viejos buenos tiempos de Bond, sino ridículos.Admito que no he pasado todos estos días reflexionando en el por qué del evidente fracaso de Quantum. Por casualidad he dado con un libro que habla de Bond: Sí, porque tan lejos como en el año 2000, Cahiers du cinéma celebraba la reedición en dvd de los clásicos de James Bond, y en apenas tres páginas, Nicolas Saada apunta las razones del prestigio que la serie se labró entre cineastas-autores tan dispares como Bresson o Fellini. Queda claro, entonces, que la época dorada de Bond fue antes de los setenta –es, obviamente, un antihippie, pero el estilo tiene destellos de lo que será el cine de esa década y se contamina del compromiso de los directores/autores–.

Y termina señalando: “Es ese juego entre el vacío absoluto y la gracia desconcertante lo que hace de las películas de James Bond una experiencia regocijante”.

Cuando habla de vacío se está refiriendo a la ausencia de autoconciencia… y de mala conciencia. De ahí, el énfasis en cierta naturalidad como producto –como la publicidad, en cierto modo– supeditada a su fin primero: la acción, el entretenimiento.

Casino Royale, que fue una vuelta a esos orígenes, con una hábil mescolanza de producto publicitario y guión de autor, presentaba una dosis equilibrada del idealismo y la profundidad de las películas de los setenta y el cinismo de los años noventa y el presente. En Quantum of Solace prima el cinismo –el producto para un público mayoritario envuelto en una dirección de escena tan cara como se quiera–, y el trabajo sobre los personajes es una falsificación, que ni siquiera guarda relación con la edulcorada serie protagonizada por Pierce Brosnan.

Estuve pensando en qué no funcionaba y la lista es larga:

  • No funciona el personaje Bond: el pretexto de vengar la muerte de Vesper, con la duda de si ella lo traicionó, es una excusa vaga para un festival de violencia. Craig es guapo, pero tiene algo patibulario y de golpe en golpe parece que hemos ido a dar a otra película.
  • Las escenas de acción, repetidas, demasiado largas, puntúan a un ritmo monótomo el avance de la trama. Por si fuera poco, no hacen gracia, no son divertidas, no son bufas. Gangas de las nuevas tecnologías.
  • Madame M. No funciona la reconstrucción del personaje. Como las niñas no tienen peso dramático suficiente, los guionistas descargan sobre la Jefa el peso de una supuesta hondura. Pero es un vaivén entre la dureza pragmática de la mandamás del espionaje británico y la matrona que no quiere que le rompan la cara a sus retoños.
  • No funcionan los malos. Amalric no tiene la gestualidad que pide una gran producción; el dictador, zafio violador de niñas, es risible, tópico, de opereta. El español, Guillén, ufano y superficial. Los contrincantes en las peleas por no tener no tienen ni cara. Simples muñecos saltarines.
  • No funciona el pretexto político: la crítica a los falsos ecologistas es demagógica y, por qué no, reaccionaria. Fingen estar de parte de Evo Morales y el nuevo orden geopolítico, pero no.
  • Las chicas. Una rusa de ojos azules que (no) pasa por boliviana. Su historia recuerda demasiado la que Tarantino le atribuye a mi prima Lucy Liu en Kill Bill 2. Y la inglesa, que resulta ser una secretaria de segundo rango, está para poner la nota erótica… y morir en el intento. A saber, como un remedo de Goldfinger, la chica aparece muerta con todo el cuerpo embadurnado no de oro… sino de petróleo. Pero es un autohomenaje que no funciona porque, llegados a este punto, el goce cinéfilo se ha disipado en el estereotipo. Las clásicas “chicas Bond” están por encima del dolor; representan la paradoja del fantasma de un goce adulto y sin culpa, algo de lujo, algo de misterio y una absurda habilidad con toda suerte de artilugios mortíferos. Las niñas Bond de Quantum son personajes mal concebidos. Definitivamente, es un error poner a una chica de veinte con un tipo de cuarenta.

Por si todo eso fuera poco, falla…

  • El color. Las escenas, especialmente de interiores, están diseñadas en tonos monocromos. El resultado es excesivamente frío, desapasionado. Si eso no lo calienta un buen diálogo, un buen primer plano, se perdió la batalla.

Parece mentira, pero fueron cuatro los guionistas: Joshua Zetumer (uncredited), Paul Haggis, Neal Purvis, y Robert Wade. Y eso es todo lo que consiguieron cuatro cabezas y un montón de dinero en publicidad.

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