Hypnos y Morfeo o el sueño del traductor: Baudelaire entre Poe y De Quincey

Fumadores en una casa del opio. Grabado en “The Ilustrated London News” del 20 de noviembre de 1858.
http://www.museo-oriental.es/ver_didactica.asp?clave=46&loc=0

Del texto de JL Cornille, cuya traducción se publica en el último número de Vasos Comunicantes:

I. Cuando el joven Charles Baudelaire-Dufays publicó en 1846, con su propio nombre, una primera nouvelle titulada Le Jeune Enchanteur [El joven hechicero], añadió este subtítulo:Historia extraída de un palimpsesto de Herculanum. Nadie advirtió que en realidad se trataba de una historia extraída a su vez de otra, que era la traducción, libre y en ciertos puntos errónea, de un librito de un tal Rev. Croly, que había sido publicada en inglés diez años antes: The Younger Enchanter — From a papyrus of Herculaneum , una obra breve que se ofrecía también como la traducción aproximada de un antiguo texto en latín. La cuestión del origen se encuentra por lo demás en el meollo del argumento del opúsculo: en el curso de unas excavaciones en Nápoles, se descubrió un gran fresco, cuyo motivo causó gran sorpresa, pues en él se veía a un grupo de ninfas con la mirada vuelta hacia una figura principal, detrás de la cual “un joven Cupido inclinado con galantería, parecía susurrarle al oído algún misterio” (OCI, 523). ¿Qué podía significar exactamente “el gesto pronto y presuroso del pequeño susurrador” (OCI, 523)? Veinte años más tarde, un papiro que fue posible abrir gracias al “excelente proceso de desenrollamiento”, inventado entonces, desveló del todo el misterio: la historia de amor que se podía leer en él, a pesar del estado bastante deteriorado del rollo, estaba ilustrada con el mismo motivo que el fresco. Sorprendentemente, de ese mismo modo el subterfugio de Baudelaire, impenitente plagiario, fue descubierto más de un siglo después, cuando el pequeño Keepsake de Croly volvió a la superficie gracias a las investigaciones de W.T. Bandy. La figura del susurrador, destacada por Baudelaire, ¿no indica de entrada que el texto era prestado, que de algún modo el reverendo inglés se lo había susurrado al oído? Observaremos, además, que en modo alguno se menciona en el título del original inglés de un palimpsesto (es decir –como recordará De Quincey en sus Suspiria, que Baudelaire traduciría trece años más tarde–, de un antiguo texto sobre pergamino que tape un texto más antiguo), sino de un simple papiro: al añadir esta capa suplementaria de sentido, Baudelaire traicionaba en realidad por anticipado la desaparición del nombre y del texto del otro. Pero ¿es que no es eso lo que sucede siempre en toda escritura, sea o no de naturaleza abiertamente translativa?

Encontramos palimpsestos en todas partes y no escribimos sino eclipsando lo que reescribimos. En suma, traducir sin decir que se traduce, sin confesar su fuente, es plagiar a medias, puesto que uno ha puesto algo suyo cambiando las palabras de su propio idioma contra las de otro.”

La versión completa de mi traducción en:

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