Si yo fuera detective…


Dick Tracy
Hace años un amigo me dijo que por mi carácter sólo podía ser o detective o escritora. No recuerdo exactamente por qué lo dijo, creo que acababa yo de atar cabos en algo y descubrir algo suyo, nada sórdido, no sé qué de un video suyo que no había firmado o un viaje del que había vuelto y solo yo entendí por dónde había desaparecido, ese tipo de cosas. En cierta ocasión, y porque en todas las vidas hay aspectos chuscos y más vale darles de comer abiertamente que permitir que inunden toda tu vida por la espalda, respondí a un anuncio de una agencia de detectives muy importante de Barcelona, situada en la calle Aribau, que pedía un redactor. Yo había dejado mi trabajo en la televisión y buscaba trabajo desesperadamente después de que me fallara una editorial, algo así. Estaba segura de que por mis credenciales me responderían y que serían mucho, pero mucho, pero mucho más serios que cualquier editorial a la hora de valorar mi trabajo, mis adjetivos y mis ironías. Efectivamente, me respondieron por carta una semana después exponiendo las condiciones de mi “función”. Se trataba de redactar los informes de los detectives de la agencia a partir de anotaciones e informes previos. Imaginé adulterios, niñas fuera de casa, hurtos a empresarios de parte del contable, abuelitas envenenadas, y algún crimen junto a una alcantarilla. Imaginé chaquetas ajadas, mucho humo de tabaco, fluorescentes, carpetas con casos abiertos, llamadas de teléfono y risotadas confidenciales con la policía, secretarias viejas y a una detective machota y fumadora con los dedos amarillentos por el tabaco que se la chupaba a un confidente. Era antes de 1992, nada de sicarios aún, de maletas con dinero aún, de políticos cambiando de chaqueta y de chequera. Sólo me echó atrás el horario. Sabía de Dashiell Hammet, detective de la Pinkerton, y sabía de Dustin Hoffman y sus colegas que trabajaron en oficios imposibles antes de que la varita de la fama les diera en la coronilla. Era un trabajo para mí. Pero me daba vergüenza pasar de los departamentos de dirección de la CCRTV (Audiencia y Prospectiva de Estudios de televisión) con ordenadores, moqueta y máquinas de escribir electrónicas, convenio colectivo y pagas dobles a un despacho con tufo a desgracias urbanas. Pasar de los despachos donde se tramaban adulterios, espionaje político (la secretaria que se enamoró del conseller de PSC y le pasó información de CIU, que el otro utilizó en la reunión de consellers de los martes), acoso sexual y otras alegrías al despacho donde alguien quería saber lo que nunca vale la pena saber.

to be continued…

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