LA MUERTE ME DA, de Cristina Rivera Garza

México, de Pablo López de Luz

La muerte me da es una excelente novela que remite sin citarlos a los asesinatos de mujeres en Juárez, que ha dado al menos dos libros imprescindible sobre el caso: Huesos en el desierto del mexicano Sergio González (Anagrama) y 2666, de Roberto Bolaño. En Juárez, como se sabe, los crímenes de varios cientos de mujeres jóvenes permanecen impunes aunque las investigaciones apuntan de modo concluyente a las mafias del narcotráfico. Lo que ha sido calificado como “orgía sacrificial de carácter misógino” tiene un contrapunto en la serie de crímenes contra hombres jóvenes “que habían aparecido desnudos y sangrantes sobre el asfalto de la ciudad”, sin sus genitales. Cerca de la víctima, una nota con versos de Alejandra Pizarnik, poeta argentina que se suicidó un 25 de septiembre de 1972. El primer cuerpo — “Cuídate de mí  amor mío / cuídate de la silenciosa en el desierto/ de la viajera con el vaso vacío / y de la sombra de su sombra”, versos escritos con lápiz de labios en una pared– es hallado por una mujer que lleva el nombre de la autora y que, como Cristina Rivera Garza, es profesora de literatura en la universidad y especialista en Pizarnik. Al denunciar el hallazgo da pie a una investigación, en manos de la Detective del Departamento de Investigación de Homicidios, tenaz en todo y especialmente en su vocación de fracaso. Otro personaje femenino, la apocada Periodista de la Nota Roja (“Sucesos”), que dice querer escribir un libro sobre el caso de los Hombres Castrados, introduce una nota enigmática contrariando el tópico del plumilla listo que se adelanta a la policía. Valerio, ayudante de la Detective, y el amante de la Sonrisa Iluminada, son los perfiles masculinos, aunque no por ello aportan la vertiente racionalista o científica a la resolución de los crímenes, sino que extienden el enigma.  En La muerte me da el género policíaco es un pretexto para indagar en las manifestaciones del deseo sexual como pulsión de muerte, como violencia, como castración implícita del otro. La superficie, que parece confusa, pretende atenerse al género policíaco, pero lo que se le brinda al lector también es su concepto inverso, esto es, una reflexión sobre la pulsión de muerte de Alejandra Pizarnik como expresión de un deseo sexual.

Porque el verso completo, que da título al libro es “Es verdad, la muerte me da en pleno sexo”. Corporeidad del texto, plasticidad de las imágenes, porosidad de la novela como género que todo lo abarca; dos indagaciones paralelas que resultan estar imbricadas sin solución de continuidad como un anillo de moebius, da muestra de la sabiduría con que Rivera Garza trenza las necesidades de la intriga, <de ofrecerle algo al lector de policiacos sin perder de vista construir el proyecto de prosa a lo Pizarnik, este homenaje.

María José Furió

Editorial Tusquets, novela, 2008, 354 páginas

Publicado en Culturas-La Vanguardia, 14 de enero de 2009


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