Yo confieso: Mis plagios

La de la izquierda soy yo, en la Gran Vía de Valencia, un año antes de convertirme en una delincuente.

Precioso canario versus terrible lagarto.
Pues como me atormenta la mala conciencia con eso de ir de acusica, con la que está cayendo en Gaza, y porque mi gato me ha vuelto a leer la cartilla y me ha soltado eso de “pero es que te has creído que eres Jarol Blum, etc” –un día de éstos le quito el Wiskas y lo pongo a dieta de Friskis y a ver si está tan listo–, y porque desde Granada mi motero favorito me ha leído la cartilla y me ha escrito que deje de “revolcarme en el lodo YA” –esta metáfora sólo podía salir de la cabecita de alguien que se revuelca en el barro, en el lodo y en la nieve cada dos por tres que se cae de la BMW–,
D. tumbado en la nieve
y porque estoy hasta los mismos c** de la gente tan hiperseria que cree ser los pilares de la cultura de elite y de masas, he decidido darme cuatro golpes en el pecho, hincarme de hinojos y confesar públicamente que
YO TAMBIÉN PLAGIÉ
fue una sola vez, pero nunca, nunca voy a olvidarlo. Una maruja de ésas que escriben biografías “psicosociológicas” diría que llevo el plagio escrito en la sangre, pues soy GEMELA. Es decir, ¡que yo misma soy una copia!

Pero aquí van mis argumentos. Tenía yo unos nueve años (mi hermana también más cinco minutos) y la profe de tercero de EGB nos dijo que escribiéramos una poesía sobre los pájaros. Arguyo en mi favor, y sólo ahora en este dramático momento de verdad caigo en ello, que la muy pájara no dijo que lo creáramos ni que lo inventáramos sino que lo “escribiéramos”. Me fui a casa y pasé la tarde como solía a los nueve años, peleándome a muerte con mi hermana, denunciándonos mutuamente la una a la otra por mil daños y quebrantos, llamando a la gata para que se dignara regresar a casa amenazándola con quitarle el precioso lazo rosa que en dos días le había trastornado la personalidad convirtiéndola en una presumida corretejados, pensando en cuándo el árbol de los caquis daría frutos y en cuándo me haría Dios el favor de matar al marido de mi madre. Y como cualquier niña de nueve años, por muy relistísima que sea, no me di cuenta de que los deberes estaban por hacer hasta las ocho de la mañana del día D, y casi a la hora H. Recuerdo que hacía un frío que pelaba, recuerdo que me subí los calcetines, gesto que asocio a cavilar en detalle y nerviosamente, recuerdo que cogí un libro de clase de otro curso –porque en aquella casa aún no había libros inútiles, es decir, de leer– y caí sobre el poema de Lorca “El lagarto está llorando, la lagarta está llorando“.

Me pareció, así a botepronto, una vulgaridad. Ahí había un fallo de cásting: cuánto más bonito si fuesen pájaros. De modo que lo cambié, por no sé qué pájaro: ¿un canario? ¿una golondrina?. A toda prisa.

El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer
su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay cómo lloran y lloran.
¡ay! ¡ay!, cómo están llorando!

se convirtieron en, supongo

El canario está llorando.
La canaria está llorando…
Y para el cole me fui, con la cartera y volando contra el frío. La profe era catalana, en resumen, una imbécil. Y tan pronto leyó los dos primeros versos me los devolvió con asco, que lo había copiado, que eso era de Federico García Lorca.
¡Glups! Hasta yo sabía quién era García Lorca, pues desde pequeña cantaba sus canciones surrealistas en el patio de la escuela de Valencia. Oh, qué bochorno, qué vergüenza, qué mal lo había hecho. Nunca más he copiado –ahora siempre cito “fuentes”–, nunca hago homenajes, ni practico la literatura transversal ni me inspiro libremente.
Ahora soy estrictamente original.

Y muy altruista y abnegada, pues ahora que lo pienso, con la putada que me hizo García Lorca a los nueve años escribiendo poesías famosas, debería alegrarme de que haya quien lo tache de “fascista” y de “hacerle el juego a los fascistas”. Y en vez de eso, voy yo, tonta del c** y firmo el manifiesto en favor de García Montero.

Es que soy estrictamente original.

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