Me gusta, me gusta, me gusta Philip Roth


Philip Roth, al inicio de su carrera

Hacía mucho que no me ocurría: descubrir a un escritor en el momento adecuado. Y he empezado al revés, con su extraña autobiografía, Los hechos, después de una fallida incursión enElegía (me dio no sé qué esa portada negra y lo regalé). Sigo con Zuckermanencadenado(muy bien traducido por Ramón Buenaventura para Seix Barral). Me encanta su humor corrosivo –reír a carcajadas–, esos parlamentos de las mujeres completamente enloquecidas (él no lo dice explícitamente, pero se sobreentiende: de deseo. El tío era de joven de lo más guapo, tiene talento, dinero a espuertas y es un escritor famoso. Pieza codiciada, la emancipación femenina tropieza de golpe con el que va a ser el gran escollo mental de la convivencia entre hombres y mujeres: negociar el deseo, la volubilidad, la doble libertad, para descubrir que en esa nueva batalla sigue ganando él).

La madre de Zuckerman es, por cierto, una figura de lo más interesante. Es la mujer perfecta de los años cincuenta, una enciclopedia del saber hogareño. La agresividad de hijo amoroso (tan judío todo) consiste en liarse con una cáfila de mujeres que son su negativo. Evidentemente, la madre no deja de preguntarse, ¿qué he hecho mal? Pero, imagino yo, lo que Roth hace es llenar de líneas, fantasear emborronando esa página en blanco que es su madre, tan limpia y perfecta, con mujeres reales, imperfectas, hilarantemente locas.

Se le reprocha que sea misógino, no sé a quién se le ha ocurrido esa bobada: mis amigas y todas las mujeres a las que trataba antes de dedicarme (es un decir) a la literatura eran así, a lo Roth. Busco mi perfil en su libro, pero no me encuentro y más bien me identifico con él. También a mí me encanta ese momento en que un parlamento histriónico toma vuelo y se desprende de la realidad hasta convertirse en una obra maestra de la publicidad personal.

Yo, a quien en casa prácticamente se le negaba la palabra (y la silla en la mesa, y la existencia toda), era un buen público para esos parlamentos. De hecho, pasé mi infancia y mi juventud intentando que mis amigas (incluyo aquí a los amigos homosexuales; espero que se aprecie la nota sardónica) no se mataran, no se derrumbaran por completo con dosis ingentes de alcohol, sexo sin protección, trabajo a destajo y masivas horas de sueño (el exceso de sueño es fatal para la salud de las mujers, porque hunde las hormonas y qué sé yo) y que no se atragantaran con tantas palabras de autorreivindicación (del tipo: ¿por qué si soy guapo/ estoy superbuena, soy simpático/a, desbordo talento en cada gesto, por qué si gano dinero como para sostener a diez familias etíopes no me ama alguien tan maravilloso como yo?). Presté oídos a sus cuitas, gasté litros de saliva en negar que fueran unas mierdas y tardé (demasiado) en descubrir que el narcisismo es un pozo sin fondo.

De modo que llegó un momento en que la sobredosis de drama, real y fingido, superó la cota de lo soportable y mis antenas dejaron de responder a los muchos matices de la locura histérica.
Vacunada de por vida de dramones sofocantes (creo), decidí que si había que ser infeliz, mejor serlo con un hombre guapo y de pocas palabras. La inteligencia, como de costumbre, ya la pongo yo.

 

 

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